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Cataluña en su laberinto PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Jueves, 04 de Enero de 2018 20:09

Por MIGUEL SALES.- 

El jueves 21 de diciembre el 80% del electorado catalán acudió a las urnas para votar de manera tranquila y ordenada, en unas elecciones autonómicas realizadas con todas las garantías democráticas, aunque caracterizadas también por algunas anomalías.

De los cabezas de lista de los principales partidos, uno estaba en prisión preventiva (Oriol Junqueras, de Esquerra Republicana de Catalunya) y otro se encontraba prófugo de la justicia en Bruselas (Carles Puigdemont, de Junts per Catalunya). Ambos están acusados de haber proclamado la República Catalana el pasado 27 de octubre, cuando presidían el Gobierno autonómico, saltándose la legalidad vigente y vulnerando la Constitución Española.

El meollo de la cuestión, como se viene planteando desde hace algunos años, es la posibilidad de separar a Cataluña del Reino de España y constituirla en república independiente. En la configuración actual del Estado español, en el que Cataluña es una comunidad autónoma sujeta a las leyes y la Constitución de 1978, esa secesión es imposible. El ordenamiento jurídico vigente garantiza la integridad territorial del país y el concepto de soberanía nacional implica que no bastaría el voto mayoritario de los residentes de una región para que ésta pudiera independizarse.

Ni siquiera una mayoría abrumadora de votos locales podría privar al resto de los españoles del derecho a decidir sobre el conjunto del territorio nacional. Un señor de Ayamonte o una señora de Gijón tienen los mismos derechos a decidir sobre Cataluña —una parte de España, que es su país— que los que tiene cualquier vecino de Badalona a decidir sobre Huelva o Asturias. De modo que solo una reforma constitucional que autorizara el desmembramiento del país mediante un referéndum nacional vinculante podría abrir el camino hacia un divorcio pacífico. Y ningún gobierno, ni de la izquierda ni de la derecha, parece estar dispuesto a acometer un proceso así, que fácilmente podría terminar con la secesión de otros territorios (País Vasco, Galicia, Valencia), la caída de la monarquía borbónica y la desaparición de un país que tiene más de 500 años y que ha desempeñado en el mundo una función histórica y cultural de enorme importancia.

Ante esa situación, los partidos separatistas catalanes decidieron en 2017 oponer a la legalidad constituida una presunta legitimidad constituyente. El problema con que han tropezado es que esa legitimidad que invocaron no era suficiente ni siquiera para reformar el Estatuto de Autonomía y mucho menos para proclamar la independencia. En respuesta, el Estado español aplicó el artículo 155 de la Constitución, destituyó al Gobierno regional y convocó las elecciones que acaban de celebrarse.

El resultado de los comicios era previsible y ha sido muy similar al de años anteriores. Algo menos de la mitad de los votantes apoyó al separatismo y un 52% se inclinó por el constitucionalismo. Inés Arrimadas, cabeza de lista del partido centrista Ciudadanos, ganó en número de sufragios y escaños, pero difícilmente podrá formar gobierno, porque los partidarios de la independencia, al unir fuerzas, cuentan con una exigua mayoría parlamentaria.

Como viene ocurriendo desde hace muchos años, alrededor del 45% de los residentes en Cataluña no quieren seguir siendo españoles. Fue ese sentimiento, azuzado desde el Gobierno autonómico por Puigdemont, Junqueras y sus colaboradores, lo que condujo al referéndum ilegal del 1 de octubre y a la posterior proclamación unilateral de independencia, que terminó anulada por los tribunales y la acción del gobierno central.

Pero entre el fallido referéndum separatista de octubre y la aplicación del artículo 155, ocurrieron tres acontecimientos que no fueron obra del gobierno de Mariano Rajoy y que los independentistas no habían previsto, al menos en la escala en la que efectivamente sucedieron: 3.000 empresas se marcharon de la región, la otra mitad de la población de Cataluña, que se siente tan catalana como española, salió a la calle en dos ocasiones para manifestarse masivamente contra la independencia, y todos los Estados europeos respondieron con una negativa al intento de secesión.

Este baño de realidad desmontó las falacias del relato separatista y, sin embargo, no ha propiciado la solución que el Gobierno esperaba de las urnas.

Cuando el Senado aprobó la aplicación del artículo 155 para hacer frente al golpe separatista que estaba en marcha en Cataluña, Mariano Rajoy tuvo en sus manos la herramienta que le hubiera permitido solucionar el problema, al menos para los próximos decenios. Antes de celebrar nuevas elecciones hubiera sido preciso desarticular la red clientelar que el separatismo había implantado mediante prácticas de corrupción, malversación y prevaricación, intervenir los medios de comunicación a su servicio, sanear el sistema educativo que se había convertido en una máquina de adoctrinamiento nacionalista, purgar el aparato de seguridad, instrumento de los partidos catalanistas que han ejercido el poder durante casi 40 años y, de ser posible, cambiar la ley electoral que privilegia al voto rural, en las zonas donde los separatistas son mayoría. Entre otros fines, esas medidas hubieran permitido que, mientras tanto, los tribunales juzgasen e inhabilitasen a los culpables de la trama golpista, y que la estabilidad política frenara la fuga de empresas y la recesión que amenazaba a la región.

Pero una tarea así habría requerido una intervención prolongada del poder central y la adopción de medidas impopulares. En su lugar, Rajoy optó por la aplicación efímera y homeopática del 155: cesantía de la cúpula gubernamental y convocatoria inmediata de elecciones autonómicas. Para que el nuevo Gobierno se ocupara de acometer la labor que él no quería o no podía realizar.

En la medida en que, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Europa Occidental ha avanzado hacia la integración y la formación de una entidad supranacional que consolide la paz, la democracia y el desarrollo en el continente, el empeño separatista de una fracción de los catalanes constituye un esfuerzo antihistórico. Como quedó demostrado en octubre, ningún Gobierno europeo apoyaría la independencia unilateral del territorio de un Estado miembro, simplemente porque cada país de Europa contiene en su interior una o varias cataluñas. Si el precedente de una Cataluña independiente se hiciera realidad, Córcega, Padania, Baviera o Bretaña podrían plantear mañana reivindicaciones similares. (El caso de Escocia, que durante siglos fue un reino soberano y luego se unió a Inglaterra por voluntad propia y mediante un tratado revocable, no tiene casi nada que ver con la situación de los otros aspirantes).

Por eso, en el hipotético caso de que la secesión se produjese, Cataluña llegaría a ser exactamente lo contrario de lo que auguraban los dirigentes independentistas: un país dividido y empobrecido, fuera de la OTAN, del euro y de la Unión Europea. Y, como queda explicado, las consecuencias para el resto de España serían aún peores.

Una parte del electorado catalán, cegado todavía por el fervor nacionalista, votó el 21 de diciembre por mantener el pulso al Estado. Los demás, la mayoría, optaron por seguir siendo catalanes, españoles y europeos. Un voto histórico y una lección de democracia. Pero también la prolongación de un conflicto sin perspectivas de solución ni a corto ni a medio plazo.

DIARIO DE CUBA

Última actualización el Domingo, 28 de Enero de 2018 16:58
 
Un tercer partido en Estados Unidos PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Miércoles, 08 de Noviembre de 2017 14:35

Por Jorge Hernández Fonseca

Aparentemente, las bondades del bipartidismo han comenzado a agotarse. Si bien un escenario político de demasiados partidos es poco funcional, la presencia de un tercer partido fuerte en el escenario político norteamericano vendría a constituirse en una especie de fiel de la balanza.


Un tercer partido en Estados Unidos

Jorge Hernández Fonseca

1 de Junio de 2017

 

El fenómeno Donald Trump en la política interna de EUA, independientemente de la simpatía o no que podamos tener con su proyecto político, pudiera sin embargo destrabar un aspecto importante de la política doméstica norteamericana: la excesiva polarización y la ausencia fatal y creciente de diálogo entre los dos partidos tradicionales, el Demócrata y el Republicano.

 

La política bipartidista norteamericana ha demostrado con creces sus ventajas para la estabilidad del panorama político. Sin embargo, en el último cuarto de siglo ha venido demostrando cierto agotamiento al hacer inviable aspectos tan simples como el nombramiento de un funcionario. La aprobación de los presupuestos anuales es el terreno donde más evidente es la pugna bipartidista, amenazando más de una vez con “paralizar al gobierno”, algo grave.

 

Aparentemente, las bondades del bipartidismo han comenzado a agotarse. Si bien un escenario político de demasiados partidos es poco funcional, la presencia de un tercer partido fuerte en el escenario político norteamericano vendría a constituirse en una especie de fiel de la balanza.

 

Hay desde luego otros partidos en EUA fuera de los dos grandes, sin embargo, estamos hablando de un tercer partido tan fuerte como los dos existentes y eso solamente es posible si se da en EUA una situación como la actual: un presidente electo, sin el apoyo de ninguno de los dos partidos tradicionales. Nada más indicado entonces que Donald Trump cree su partido.

 

El partido que crearía Trump no solamente sería el abanderado de su ideología política, diferente como se sabe de la tradición republicana y de la demócrata, sería además el partido que lideraría en algunos casos, o apoyaría a uno de los otros dos partidos en pugna, en otro, papel que ahora no es desempeñado por nadie y que resulta necesario en un momento de la historia norteamericana donde el bipartidismo tradicional da muestras de total disfuncionalidad.

 

 

Artículos de este autor pueden ser encontrados en http://www.cubalibredigital.com

 
¿Es posible otra guerra civil en Estados Unidos? PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Lunes, 21 de Agosto de 2017 15:54

Por CARLOS ALBERTO MONTANER.- 

Un sociólogo amigo, Jorge Riopedre, con buen juicio político y gran experiencia en el análisis de los conflictos (se les llama polemólogos), teme que sí, que ocurrirá. Incluso, en un arriesgado juego literario aporta una fecha para el inicio de las hostilidades: 2052.

La polémica marcha de blancos supremacistas provocó violentos enfrentamientos en Charlottesville, Virginia, Estados Unidos. (EFE)

Y una fecha para el final: 2055. Apenas tres años. El pleito sería el resultado de un desencuentro étnico entre algunas minorías resentidas y la desdeñosa mayoría relativa que hoy es el mainstream o corriente central de la sociedad norteamericana.

Última actualización el Sábado, 02 de Septiembre de 2017 13:34
 
La guerra de los mundos PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Jueves, 13 de Abril de 2017 12:10

Por ANTONIO NAVALÓN.-

El lenguaje corporal es el más revelador en la comunicación humana. Antes del ataque a Siria, tras los ojos entornados del presidente estadounidense, Donald Trump, y los genéticamente rasgados del líder chino, Xi Jinping, se libra la batalla más importante del momento. El enfrentamiento ya no es ideológico. Ya no es racial. Ya no son las armas. Ahora consiste en el dominio tecnológico y en las reglas del juego que se impongan.

La reciente reunión de ambos líderes en Mar-a-Lago, la lujosa propiedad de Trump en Florida con sus campos de golf y con los enormes gastos que implica trasladar la Casa Blanca hasta Palm Beach, no ha disfrazado ni ocultado la verdad del diálogo profundo entre los dos mandatarios, que abarcó desde el déficit comercial y la futura relación entre Washington y Pekín hasta el programa nuclear norcoreano.

No hace falta ser un genio para comprender que Trump, experto en el arte de la componenda, quiere hacer con China lo mismo que hizo con los bancos que cometieron el error de prestarle dinero: devolver lo menos posible. Pekín es el mayor acreedor de la deuda pública de Estados Unidos. Por lo tanto, si el imperio del Norte quiebra, el gigante asiático también.

El enfrentamiento ya no es ideológico. Ya no es racial. Ya no son las armas. Ahora consiste en el dominio tecnológico


En ese contexto, Trump, que es un hombre antiguo que tiene instinto pero no conocimiento, no ha comprendido todavía que el poder moderno no solo se basa en la fuerza y en el dinero, sino que se sustenta en el control del software. China ya dio su gran salto hacia adelante, ya no es un país de esclavos, ha dejado de ser un país de manufacturas para convertirse en un país de inteligencia. Y ha usado el dinero que ganó para comprar Occidente por las buenas, creándole unas grandes necesidades de consumo, y por las malas, imitando su enorme capacidad de corrupción para ayudarle a corromperse más y mejor.

Deng Xiaoping escapó de la gran matanza de la Revolución Cultural cuando desarrolló un plan maestro para hacer de la República Popular china la primera potencia que sacudiese al mundo. Tuvo el cuidado de estudiar las mejores prácticas de Occidente y, además, le tocó presenciar cómo se prostituía y la manera en la que la lujuria y la codicia sin límite usaban a los auditores para robar a los incautos accionistas. Aprendió lo bueno y lo malo del capitalismo. China tiene una debilidad estructural, no es una democracia, pero se ha convertido en el principal talón de Aquiles del imperio del Norte.

Trump quiere hacer con China lo mismo que hizo con los bancos que le prestaron dinero: devolver lo menos posible

El tercero en discordia, Vladímir Putin, consiguió a través del “hackeo” y la tecnología poner en apuros la maquinaria política estadounidense. En ese sentido, hay un gran defecto y una gran ventaja. Y es que el poderío tecnológico chino no está en manos de representantes del mundo libre porque está al servicio de Pekín.

Mientras que, en EE UU, los que de verdad hoy controlan el mundo moderno, como los Zuckerberg o los Gates, solo son responsables ante sí mismos, y el hecho de no haberse quitado las Nike y no haber tenido necesidad de aprender el oficio del poder, ha provocado que existan grandes fortunas sin un proyecto social ni político, dando origen a un mercado que se puede “hackear” y destruir no sólo imponiendo al presidente de Estados Unidos, sino controlando todo su software.

Seguramente en los siglos XVIII, XIX y XX la democracia era el mejor sistema y el más estable. Pero ahora en el siglo XXI, en el que la guerra de las galaxias empieza a parecerse a un cuento de los hermanos Grimm, el control del Estado mediante el poder tecnológico es la única garantía de la estabilidad del sistema. En este momento, Occidente tiene una desventaja frente a Oriente porque tanto China con su estructura, como Rusia con su ambición, dominan todos y cada uno de los centros del poder tecnológico, mientras que Estados Unidos sólo domina la competencia y puede ser anulado, prostituido y vencido desde las deficiencias del Estado.

La balanza comercial no es lo importante entre Xi Jinping y Donald Trump, lo importante es comprender y aceptar que el siglo XX vino por el Atlántico y el siglo XXI se está yendo por el Pacífico.

 
Atentado en Londres: ni ansias de justicia ni reparación moral PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Viernes, 31 de Marzo de 2017 13:59



Por Martin Guevara.-

Al Qaeda consolidó su presencia en Estados Unidos y Europa durante el comienzo del siglo XXI a través no sólo de atentados sanguinarios, sino de una preocupante llamada casi obsesiva a todos sus efectivos a atacar en suelo apóstata, pagano o "zindiq". Osama Bin Laden, el jerarca y autor intelectual de la organización terrorista, pertenecía a una familia acaudalada saudí con estrechos lazos comerciales petrolíferos con el mundo occidental.

Al Qaeda no llegó a dominar territorios, no tuvo "patria" o Califato, ello contribuyó a que hiciese hincapié de manera permanente en los ataques en Occidente allí donde se presentase la mínima posibilidad de causar daño. En cambio, el Estado Islámico sí llegó a consolidar un territorio donde ha practicado las peores aberraciones con sus habitantes, y los ataques a Occidente en la sustancia y la estrategia continuaron siendo igual de importantes que para Al Qaeda. Pero en los hechos el llamado a derramar la sangre exclusivamente en Occidente disminuyó al tener que repartirse en los terrenos de su propio califato. Sin embargo, nunca han abandonado la vía del terror en Europa y Estados Unidos; de hecho, se ha recrudecido la amenaza en los últimos meses.

Por otro lado, con la desaparición de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y el escaso nivel de amenaza que significaban el narcotráfico y los militares díscolos como el panameño Noriega, la industria armamentista necesitaba "como agua de mayo" un chivo expiatorio lo suficientemente creíble como para producir la cantidad de armamento que sostiene gran parte de la economía occidental. Ello coincidiendo con la gran frustración de las sucesivas guerras en Afganistán, primero, contra fuerzas soviéticas y el apoyo norteamericano en armamento a los muyahidines y los estudiantes del Talibán, y luego, contra las fuerzas norteamericanas y de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), así como las ingentes matanzas en la segunda campaña bélica en territorio iraquí. Estos ingredientes dieron como resultado un cóctel de alta peligrosidad y de gran efecto en ambos extremos para dotar de una explicación presentable a las bajezas surgidas en el umbrío confín de las mazmorras de lo más ruin del espíritu humano.

Estos actos abominables, el terrorismo en suelo occidental, las acciones bélicas y los daños colaterales en tierra "hereje" no se explican por ningún ansia de justicia ni de reparación moral. Son movidos por la bajeza de la especie, son pergeñados en el vertedero de los desperdicios de lo peor de la especie humana.

Los terroristas saben dónde dirigen el ataque, como en las Torres Gemelas de Nueva York, en el maratón de Boston, en Atocha, en Madrid, en París varias veces, en Londres, en Berlín, así como en los numerosos atentados en sus propias tierras, en mercados, plazas, congregaciones públicas. Dan en la diana de lo que consideran su enemigo a muerte: la gente trabajadora, libre, en paz, a los que su familia espera en casa. Los anónimos constructores cotidianos de la vida.

Nos toca a nosotros defender con nuestra actitud el corazón de las libertades y la civilización. De ahí lo oportuno de manifestar rotundamente: "Este es nuestro modo de vida, es el que todos preferimos, es la esperanza del mundo, seguiremos construyéndolo, no nos llevarán a su redil, viviremos como hemos elegido vivir".

Y a quienes quieran usar nuestro dolor o nuestra indignación para sus beneficios les decimos que cualquier desmedida escalada de locura sólo se sana de una manera: con una gran espiral de cordura.

INFOLATAM

 
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