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Artigos: Mundo
Obama entre el sheriff y el predicador PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Lunes, 23 de Junio de 2014 12:02

Por CARLOS ALBERTOMONTANER.-

Barack Obama llegó a la Casa Blanca decidido a terminar con el injerencismo norteamericano. Se largaría de Irak y de Afganistán. Cerraría la cárcel de Guantánamo. Ignoraría el espasmo imperial de Putin o los exabruptos de Chávez y sus cómplices del Socialismo del Siglo XXI. Su divisa era “ mind your own business’’, ocúpate de tus propios asuntos.

Seguramente, le parecía ingenua la pretensión de George W. Bush de sembrar la democracia en el Medio Oriente. ¿Con cuáles demócratas? Obama formaba parte de esa extensa zona de la sociedad norteamericana que no comparte la idea de que Estados Unidos es un país excepcional, sino otra nación más, con intereses, virtudes y defectos, como les dijo a los mandatarios latinoamericanos cuando se reunió con ellos en Trinidad-Tobago, advirtiéndoles que los dejaba a la buena de Dios.

Hace pocas fechas, sin embargo, Obama anunció que desplazaba de nuevo 300 consejeros militares a Irak ante el embate de los yihadistas suníes contra el gobierno chiita de Maliki. Washington, a su pesar, no puede lavarse las manos e ignorar lo que allí sucede. Obama no va a desplegar tropas de infantería, pero sí expertos en la búsqueda de inteligencia para utilizar la aviación y los drones no tripulados en contra de estas tropas de ultrarradicales.

Los presidentes norteamericanos no tienen cómo ni dónde esconderse. A veces tienen que actuar como el sheriff del pueblo, y, a veces, como el predicador. La excepcionalidad del país no viene dada por un designio divino, sino por algo mucho menos misterioso: su tamaño, peso económico, militar, científico, demográfico, y su sentido de la responsabilidad.

Es muy sencillo: si, durante la Segunda Guerra, Estados Unidos hubiera sido, realmente, neutral, no habría habido Pearl Harbor (los japoneses atacan por el boycott norteamericano al petróleo), y Adolfo Hitler y sus aliados habrían controlado buena parte del planeta, al menos por un tiempo.

Si, tras el fin de ese conflicto, Harry Truman no hubiera montado la estrategia de contención, la URSS habría ganado la Guerra Fría, no se hubiera desintegrado, y todo el mundo, incluido Estados Unidos, hubiese pagado un alto precio por el aislacionismo americano. La pesadilla marxista-leninista continuaría vigente.

Incluso, la inhibición americana a veces genera consecuencias inesperadas y terribles. El 25 de julio de 1990 Saddam Hussein convocó a su palacio a la embajadora norteamericana April Glaspie para hacerle una pregunta clave: qué haría Estados Unidos si Irak invadía a Kuwait.

En esa época las relaciones entre Bagdad y Washington eran razonablemente buenas. Estados Unidos le había proporcionado armas y ayuda a Hussein durante la larga guerra que el país sostuvo contra el Irán de los ayatolas.

La embajadora, que sabía que Irak había trasladado cien mil soldados a la frontera con Kuwait, le respondió que, de acuerdo con sus instrucciones, ése era un asunto entre dos naciones árabes limítrofes que no involucraba a su nación. Hussein pensó que Estados Unidos estaba autorizando la invasión y una semana más tarde dio la orden de ataque.

Craso error. El 16 de enero de 1991, Estados Unidos, al frente de una coalición de 34 países, espoleados por Arabia Saudita, que se sentía en peligro, lanzó la Primera Guerra del Golfo, recuperó Kuwait y destruyó el aparato militar de Saddam Hussein.

Sólo que esa guerra sería el prólogo de una segunda, desatada en marzo del 2003, encaminada a encontrar armas de destrucción masiva, que nunca aparecieron, y a derrocar a un tirano que no era, por otra parte, cómplice de los terroristas de Al Qaeda.

¿En qué va a parar esta renovada (aunque limitada) presencia de soldados norteamericanos en Bagdad? Obama las utilizará para lanzar operaciones comandos o dirigir drones contra los enemigos, porque se ha aficionado a ese tipo de acciones, pero todo puede salirse de sus manos.

Por estas fechas, hace 100 años, comenzó la terrible Primera Guerra Mundial, y nadie puede explicar con total certeza por qué el asesinato de un oscuro príncipe austriaco en Sarajevo provocó la mayor matanza que había conocido la historia.

Cuando terminó el conflicto llegó el momento de los predicadores. Surgió la Liga de las Naciones, pero hicieron las paces de tal manera que dos décadas más tarde comenzó la Segunda Guerra. Entonces aparecieron los sheriffs a poner orden.

Es un cuento que nunca se acaba.

Periodista y escritor. Su último libro es Otra vez adiós.
EL NUEVO HERALD

 
El derecho a decidir PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Sábado, 31 de Mayo de 2014 21:28

Por Pedro Corzo.-

En Estados Unidos y quizás en otros países, hay quienes con frecuencia acusan de intolerantes a aquellas personas, entidades o gobiernos que en defensa de sus convicciones y valores, rechazan a quienes pretenden imponer principios, creencias y gustos, contrarios a sus inclinaciones naturales.

Son muchas las ocasiones en que los derechos de unos entran en confrontación con los de otros, y esto no siempre sucede en asuntos transcendentales como las creencias religiosas o los conceptos ideológicos, ocurre también cuando la música del vecino se escapa de sus paredes o cuando el estacionamiento está ocupado por un vehículo extraño.

Pero es interesante apreciar que la mayoría de las personas son más propensas a confrontar esos abusos, que rechazar enérgicamente las intromisiones intangibles que pueden alterar los fundamentos sobre los cuales se desenvuelve su existencia.

Con frecuencia se reacciona enérgicamente ante situaciones de menor cuantía, pero las más de las veces se es indiferente o negligente ante circunstancias que pueden alterar de forma definitiva los conceptos más fundamentales  y la calidad de vida.

Cierto que la convivencia y el respeto empiezan por aceptar el espacio físico y ético del otro, sin que ninguna de las partes atente contra la otra individualidad, pero la realidad es que tampoco se debe aceptar la imposición de normas  y valores que no se comparten.

Es un derecho inalienable pensar y actuar de acuerdo a las propias convicciones,  siempre y cuando, parafraseando a Benito Juárez, se respeten los derechos del prójimo.

La defensa de los valores y creencias no es en ningún modo intolerancia, sin embargo la intransigencia si hace acto de presencia cuando un sector pretende imponer una religión, pensamiento o tipo de conducta determinada, a aquellos que no comparten sus convicciones o costumbres.

Lamentablemente muchas personas por actuar en el marco de lo que algunos denominan políticamente correcto evitan o rechazan oponerse a lo que le disgusta. Callan o se abstienen, según el caso, sin percatarse que sus derechos son marginados y la agresividad de la otra parte reduce cada vez más las oportunidades de actuar en base a sus propias normas de conducta,  cultura o creencias religiosas.

Es un deber ser consecuente con las propias convicciones, aunque eso genere críticas entre aquellos que piensan de manera diferente. Defender los derechos,  las opiniones que se tenga,  es obligación de todo ciudadano aunque se encuentre sometido a un régimen autoritario,  porque de no hacerlo, su espacio vital será cada vez más reducido.

En las sociedades donde existe un control político estricto es muy difícil disentir. Rechazar la intromisión del estado o sus representantes en los aspectos en los que el individuo es soberano, puede implicar represalias de parte de las autoridades, pero aun así se debe hacer, porque las alternativas son perder la identidad y vivir en una doble moral.

Defender la identidad no significa estar contra la diversidad u oponerse a lo diferente, sino estar a favor de los valores que componen los propios referentes existenciales y anteponerlos a los ajenos, lo que no significa exclusión o veto de lo foráneo.

Los progresos en las comunicaciones y el transporte, la intensificación del comercio mundial, o para ser más preciso, la globalización, son condiciones que favorecen la relación entre lo "diferente", pero también los conflictos, por lo que los factores extremistas de cualesquiera de las partes en contacto, tienden a promover situaciones que afectan la estabilidad de una familia, de la comunidad nacional y hasta mundial.

Personalidades tan contrapuestas en cultura e ideologías como el presidente de Rusia, Vladimir Putin y John Howard,  quien fuera Primer Ministro de Australia, coinciden en defender los valores y tradiciones de sus respectivas naciones sin temor a críticas o demandas públicas. Por ejemplo el mandatario ruso expresó, “todos los países deben tener fortaleza militar, tecnológica y económica, pero no obstante lo principal que determinara el éxito es la calidad de los ciudadanos, la calidad de la sociedad, su fortaleza intelectual, espiritual y moral”.

Howard, dijo, “Aceptamos sus creencias y sin preguntar por qué. Todo lo que pedimos es que Usted acepte las nuestras, y viva en armonía y disfrute en paz con nosotros.”

Lo más constructivos es enfatizar las creencias y valores que conforman la identidad personal o nacional, sin que eso signifique xenofobia. Por otra parte también hay que estar dispuesto a asimilar lo exótico, mientras sea provechoso y útil para los paradigmas sobre los que se fundamenta la conducta y las aspiraciones del individuo y la sociedad a la que pertenece.

Defender las propias convicciones e intereses no es victimizar a las minorías,  tampoco lo es rechazar el proselitismo que estas puedan practicar, simplemente es el derecho de pensar y actuar libremente sin temer a coacciones de cualquier género o procedencia.

 
La primavera de la Iglesia PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Domingo, 27 de Abril de 2014 11:35

Por Juan José Tamayo.-

Pocos días después de la elección de Francisco comenzaron las comparaciones del papa argentino con Benedicto XVI y Juan XXIII: con el primero, destacando las diferencias; con el segundo, los parecidos, que han vuelto a manifestarse con motivo de la canonización de Juan XXIII y de Juan Pablo II el próximo 27 de abril. Se refieren a la cálida y espontánea corriente de comunicación de ambos con el público. La campechanía de Juan XXIII rompía con el hieratismo de su predecesor Pío XII. La sencillez de Francisco contrasta con el gusto por el protocolo de Benedicto XVI.

El parecido se aprecia también en la avanzada edad en el momento de la elección papal de ambos: 77 años, que, no obstante, se disimulan por la vitalidad, la creatividad y los gestos llenos de humanidad poco acordes con los títulos que ostentan: sumo pontífice de la Iglesia universal, vicario de Cristo, santo padre, sucesor del príncipe de los apóstoles, soberano del Estado de la ciudad del Vaticano, etcétera. A ello hay que sumar su permanente capacidad de sorpresa. En la Navidad de 1958, Juan XXIII, recién elegido papa, visitó el Hospital del Niño Jesús para niños con poliomielitis y la cárcel Regina Coeli, junto al Tíber, donde abrazó a un preso condenado por asesinato que antes le había preguntado si había perdón para él. Se reunió con un grupo de personas discapacitadas y con otro grupo de chicos de un orfanato. Luego se encontró con el arzobispo de Canterbury, Geoffrey F. Fissher, y recibió a Rada Kruchev, hija del presidente de la URSS, y a su esposo.

Francisco no ha dejado de sorprender desde que abandonó su Buenos Aires querido y fue elegido papa con gestos significativos: renuncia a vivir en el Vaticano; cese de obispos por llevar una vida escandalosamente antievangélica; auditoría externa para investigar la corrupción del Banco Vaticano; disponibilidad a revisar la normativa sobre la exclusión de la comunión eucarística a los católicos divorciados y vueltos a casar; viaje a Lampedusa y grito indignado de “¡Vergüenza!” como denuncia por los cientos de inmigrantes muertos y desaparecidos ante la indiferencia de Europa; respeto a las diversas identidades sexuales, etcétera. Recientemente nos ha vuelto a sorprender al celebrar el día del “Amor fraterno” en un centro de personas discapacitadas de diferentes continentes, religiones, culturas y etnias, donde se ha arrodillado y lavado los pies a 12 de ellas. El ejemplo no es baladí: queda fijado primero en la retina, luego en la mente y debe traducirse en una práctica compasiva y solidaria, si no quiere convertirse en rutina.

Bergoglio es igualmente consciente de estar viviendo un tiempo nuevo

Pero, a mi juicio, las semejanzas entre Juan XXIII y Francisco van más allá de su talante y de sus gestos. La sintonía se manifiesta en su espíritu reformador del cristianismo con la mirada puesta en el Evangelio desde la opción por el mundo de la exclusión y el compromiso por la liberación de los empobrecidos. Juan XXIII y Francisco coinciden en la necesidad de construir una “Iglesia de los pobres”. El papa Roncalli fue el primero en utilizar esta expresión en un mensaje radiofónico el 11 de setiembre de 1962: “De cara a los países subdesarrollados, la Iglesia se presenta como es y quiere ser: la Iglesia de todos, y, particularmente, la Iglesia de los pobres”. La idea apenas tuvo eco en el aula conciliar, pero se hizo realidad en las decenas de miles de comunidades eclesiales de base que surgieron en América Latina y otros continentes, y en la teología de la liberación, que la convirtió en santo y seña del cristianismo liberador.

Francisco expresó el mismo deseo en una rueda de prensa multitudinaria con periodistas que habían seguido el cónclave, a quienes contó algunas interioridades del mismo. Cuando hubo logrado los dos tercios de los votos, el cardenal Claudio Humes, arzobispo emérito de São Pâulo, le abrazó, le besó y le dijo: “No te olvides de los pobres”. Tras esta confesión y en un arranque de sinceridad, les dijo a los periodistas: “¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!”. Adquiría así públicamente un compromiso que le obligaba a hacer realidad aquel deseo. ¿Lo hará?

Juan XXIII era consciente de que la humanidad estaba viviendo un cambio de era y la Iglesia católica no podía volver a perder el tren de la historia, sino que debía caminar al ritmo de los tiempos. Era necesario poner en marcha un proceso de transformación de la Iglesia universal en sintonía con las transformaciones que se sucedían en la esfera internacional. Francisco es igualmente consciente de estar viviendo un tiempo nuevo, lo que le exige dejar atrás los últimos 40 años de involución eclesial que pesan como una losa y activar una nueva primavera en la Iglesia en sintonía con las primaveras que vive hoy el mundo: la primavera árabe, el movimiento de los indignados, los Foros Sociales Mundiales, etcétera. Bergoglio tiene un compromiso con la historia que no puede eludir: ¡primavera eclesial, ya! ¿Lo cumplirá?

EL PAÍS; ESPAÑA

Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid, y autor de Invitación a la utopía (Trotta, 2102) y Cincuenta intelectuales para una conciencia crítica (Fragmenta, 2013).

 
Debate: Pobre Rusia: ¿de verdad? PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Viernes, 25 de Abril de 2014 15:28

Por José Ignacio Torreblanca.-

Tal y como anunciaba, rebato aquí los argumentos plasmados en mi columna “Pobre Rusia” en la sección impresa del Diario ELPAIS de hoy viernes 25 de abril y doy a los lectores la palabra.*

“Las acciones de Rusia no son más que la respuesta legítima y, por cierto, sumamente contenida, a las constantes humillaciones sufridas por ese país desde que en 1991 decidiera abandonar el comunismo. Depuestas las armas por el eterno rival ideológico y seguro de su supremacía económica y militar, Occidente se ha dedicado a someter y humillar a Rusia de tal manera que nunca pueda volver a resurgir”.

Es posible que Occidente se haya equivocado en muchas cosas, especialmente en lo relativo a los pasos iniciales del proceso de liberalización de la economía rusa. Sin duda que en esos errores pesaron mucho la ideología y los prejuicios. Pero Rusia no ha sido una excepción; el programa liberal y liberalizador estándar del FMI, el Banco Mundial, la OCDE, etcétera (que por entonces se llamaba “Consenso de Washington”) se ha aplicado a decenas de países (desde Bolivia a Polonia, pasando por España y Grecia, en una versión “europeizada”, más recientemente). En la práctica, tanto el FMI como la propia Comisión Europea ayudaron con créditos y programas de asistencia financiera y técnica a Rusia. Véase por ejemplo, el programa TACIS de la UE, al que se destinaron 2.700 millones de euros entre 1991 y 2007. Si esos programas no funcionaron, o funcionaron defectuosamente, no es como resultado de la mala fe, sino de la ignorancia y los muchos errores cometidos.

“Este programa se habría ejecutado valiéndose de una doble pinza formada, en primer lugar, por instrumentos económicos como las inversiones occidentales en los sectores clave de la economía rusa (materias primas e hidrocarburos), pero de forma más profunda y dañina aún mediante la imposición por parte del FMI de un programa de privatizaciones que habría destruido el estado social ruso, socavado las perspectivas de una democracia real y creado una clase de oligarcas corruptos sin más principios que el enriquecimiento personal y el servilismo a Wall Street y la City londinense”.

Es cierto que las privatizaciones y la emergencia de una clase de oligarcas ha sido y es sumamente dañina para Rusia y, también, que Yelstin los encumbró. Pero Yelstin dejó el poder en 1999 [corregido]: Putin ha tenido sobrado tiempo de cambiar el rumbo del país y no lo ha hecho. Sólo ha destruido a los oligarcas que intentaron hacerle competencia política, dando paso a otros más fieles. Este paper de Sergei Guriev (“Dictadores y oligarcas: una teoría dinámica sobre el conflicto en torno a los derechos de propiedad”) lo explica con pelos y señales. ¡Esto sí que es una élite extractiva!

Por lo demás, Rusia tiene un impresionante problema de modernización económica pues no quiere abrirse a la inversión extranjera y prefiere seguir considerando decenas de sectores como “estratégicos”. En lugar de invertir en un estado social de derecho que conceda derechos estables de propiedad a las empresas y derechos ciudadanos a los individuos, Putin se ha dedicado a centralizar el poder, construir una economía exclusivamente basada en las rentas del gas, petróleo, aluminio y otras materias primas y a invertir esos recursos en un impresionante programa de rearme militar. Resultado: la esperanza de vida de Rusia (70 años),  es inferior en diez años a la media de la OCDE, a la altura de Bangladesh. Pero para los varones (64 años) está entre las cincuenta más bajas del mundo (76 años es la media para las mujeres).

“En paralelo al sometimiento económico, Occidente habría seguido una lenta pero inexorable política de aislamiento geopolítico de Rusia. En lugar de disolver la OTAN, que hubiera sido lo lógico teniendo en cuenta la disolución del Pacto de Varsovia, Occidente no cejó hasta que logró que todos los exsocios europeos de la URSS, desde Estonia hasta Rumanía, se integraran en la OTAN. La ambición de la UE no habría sido menor, pues inmediatamente después de la caída del muro absorbió a nada menos que 16 países, muchos de ellos históricos aliados de Rusia o tradicionalmente neutrales, como Austria o Finlandia, creando un mercado interior de 500 millones de habitantes inmensamente rico desde el que imponer las normas y estándares que Rusia debe cumplir si quiere participar en la economía mundial. Y para rematar la jugada, Occidente no sólo machacó al único aliado ruso en la región, Serbia, sino que se dedicó a promover las llamadas “revoluciones de colores” en todo el espacio exsoviético, desde Ucrania hasta Kirguizistán, con el objetivo de lograr aún más aliados para su causa de mantener a Rusia rodeada y sometida”.

¿No tenían derecho los países que recobraron su libertad en 1989-1991 a solicitar su adhesión a la OTAN y a la UE? Fue Rusia, recuérdese la que disolvió la URSS, con toda razón, no Estados Unidos ni la OTAN. Es cierto que, todavía hoy, muchos países especialmente los Bálticos y Polonia se sienten inseguros como vecinos de Rusia. De ahí que busquen el apoyo de la OTAN: ¿pero de quién es la culpa? Francia y Alemania se han reconciliado, si las elites rusas no ven a su país como un miembro más de la comunidad democrática de naciones, ¿qué debemos hacer? Rusia ha tenido todas las oportunidades de asociación con la OTAN y la UE que ha querido, pero las ha rechazado. ¿Por qué? Porque ni la actual élite política ni los oligarcas estarían en el poder si Rusia fuera una democracia de verdad.

“Lo visto en Ucrania estos últimos meses no sería sino el último hito en esta perversa estrategia. ¿Qué más hace falta para unir con una línea recta los tres puntos que constituyen la oferta europea de un acuerdo comercial a Ucrania, el ensalzamiento como héroes a los reaccionarios derechistas del Maidan y el engaño a Yanukovich por parte de los ministros de exteriores de la UE, que le prometieron una transición mientras por detrás organizaban un derrocamiento? ¡No es de extrañar que Putin haya dicho basta! ¿De qué nos sorprendemos? ¿De que los demás pueblos del mundo también quieran un trocito de dignidad?”

En estos meses ha proliferado la especie de que la UE alentó el Maidan y el derrocamiento de Yanukovich con su torpe oferta de un acuerdo de asociación. ¡Pero se obvia que fue Yanukovich el que pidió ese acuerdo! (probablemente porque sus oligarcas veían más posibilidades de corrupción en la apertura a Europa que en la apertura a Rusia - ¿fue la Eurocopa una buena prueba de esto?). Acusar a la UE de incitar una ruptura con Rusia es sencillamente falso. Y menos de conspirar para derrocar a Yanukovich: fueron los ucranianos quienes hicieron la revolución, ahora como en 2004, frente a un régimen corrupto y, al final, asesino. Rusia no tiene interés en una Ucrania democrática, eso nos ha quedado claro. Si es una víctima lo es de la alianza de Putin con los oligarcas sobre la base de una materias primas que deberían servir para construir un estado moderno, no una plataforma de poder basada en la nostalgia de unos y el afán de lucro de otros.

EL APÍS; ESPAÑA

Última actualización el Viernes, 25 de Abril de 2014 15:30
 
La economía mundial bajo la lupa PDF Imprimir E-mail
Escrito por Tomado de INFOBAE   
Jueves, 10 de Abril de 2014 14:45

Por Darío Epsen-

La economía mundial está saliendo airosa tras la gravísima crisis 2008-2009 que llevó al mundo a una inédita recesión. Pero el crecimiento global sigue siendo demasiado débil para ser optimistas. Se deberán aumentar las reformas estructurales, como así también el dinamismo propio de las economías en vías de desarrollo, para encaminarse hacia un crecimiento más rápido y sostenible. Aún queda por completar el programa de reforma del sector financiero; los elevados niveles de deuda de muchos países no ceden; y persiste un fuerte desempleo: Europa tuvo un incremento del cual le ha sido muy difícil encarar una vuelta a la normalidad tal como ocurrió parcialmente en EE.UU.

Por otro lado, hay riesgo incipiente de un nivel demasiado bajo de inflación, con riesgo de deflación tanto en EE.UU. como en Europa que pueda inhibir la demanda, la actividad económica y el empleo. La volatilidad de los mercados también es un tema importante a monitorear debido a la salida del programa de expansión cuantitativa en EE.UU. en un contexto financiero externo menos benigno con una suba esperada de tasas de interés que parece más próxima que lejana a juzgar por las declaraciones de algunos miembros de la Fed.

Otro factor de riesgo a la economía mundial que vemos son las tensiones geopolíticas, que podrían opacar la recuperación vista hasta ahora, en especial por el caso de Ucrania y las represalias económicas a Rusia. Es un hecho que la actividad económica en las economías avanzadas, como EE.UU., la Eurozona y Japón, está mejorando, aunque a diferentes velocidades.

El FMI publicó recientemente su informe semestral Perspectivas Económicas Globales (WEO), con más luces que sombras a nuestro entender. Veamos las estimaciones: la economía global crecería en 2014 un 3.6%, y un 3.9% en 2015, cifras con una ligera corrección a la baja con respecto al pronóstico anterior de enero, lo cual implica una mejora frente a 2013 cuando la expansión global fue de 3.0%.

¿Quién da el impulso? Los mercados emergentes son responsables de más de dos tercios del crecimiento mundial. Pero coyunturalmente, el impulso viene dado por los países desarrollados, a que las economías emergentes y en desarrollo enfrentan nuevos riesgos: las economías avanzadas crecerán en 2014 2.2%, frente al 1.3% del año pasado. Destacamos el buen desempeño de Alemania, que explica en gran parte la fortaleza del Euro actual. EE.UU. crecería al 2.8%, mientras que la eurozona pasará de una contracción del 0.5% en 2013 a una expansión de 1.2% este año.

En cuanto a los países emergentes, las tasas de crecimiento se encuentran como siempre entre las más altas del mundo, en especial las de las economías emergentes de Asia. África subsahariana sigue siendo dinámica pero las condiciones son más complicadas en los países árabes en transición envueltas en un difícil contexto sociopolítico. El FMI redujo su pronósticos de crecimiento para los países emergentes y en desarrollo desde un 5,1% estimado en enero a 4.9%.

Las perspectivas de mediano plazo se han deteriorado aún más para Argentina en un escenario macro que está sujeto a una alta incertidumbre: crecería apenas 0,5% este año y 1% en 2015. Otros países con políticas heterodoxas hoy deben aplicar medidas de corte netamente ortodoxas por las consecuencias en sus economías. Un ejemplo es Venezuela, que experimentaría una caída del 0,5% este año y -1% en 2015. Venezuela cerró 2013 con una inflación minorista del 56,3% y se estima 50,7% de incremento para este año.

tabla art infobae 10 de abril 2014 (1)

Como en muchos otros países, hay cada vez menos margen para aplicar políticas macroeconómicas de apoyo, por lo que las reformas estructurales adquirirán más relevancia de ahora en adelante. Si la economía mundial no se integra, será difícil generar más expectativas. Sanciones a Rusia, problemas climáticos en el hemisferio Norte y continuo desempleo le ponen diversos grados de restricción para alcanzar los objetivos y reforzar la recuperación que se inició en 2010. En la última reunión del Grupo de los 20, se reconoció que mediante la aplicación de medidas de política correctas por parte de los países y la cooperación correcta entre ellos sería posible elevar el crecimiento mundial más de 2% a lo largo de los próximos cinco años.


Última actualización el Jueves, 10 de Abril de 2014 14:48
 
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