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Artigos: Mundo
Victorias del califato PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Viernes, 22 de Mayo de 2015 11:05

Por: Lluís Bassets.-

El tedio y la costumbre son un enemigo peligroso y destructivo. Con Ramadi son ya tres las capitales de provincia, dos en Irak y una en Siria, que caen en manos del Estado Islámico (EI). Una vez en sus manos la capital provincial, la entera y extensa provincia sunnita de Anbar, en las puertas de Bagdad, está al alcance de los yihadistas, incluida la ya ocupada refinería de Baiji.

Dentro de pocos días se cumplirá un año de la caída de Mosul, la segunda ciudad iraquí, y de la proclamación del califato, y nada parece alterar el pulso y la sangre fría de la comunidad internacional. A los jeques del Consejo de Cooperación del Golfo que asistieron la pasada semana a la reunión en Camp David con Barack Obama no les preocupan los avances del Estado Islámico en Irak y Siria sino el peligro que representa un Irán con industria nuclear y sin sanciones occidentales. Lo que preocupa a los países europeos mediterráneos son las oleadas de refugiados que llegan a sus costas desde Libia. Y lo que quita el sueño a los de la Europa septentrional son las amenazas de Putin y los avances de sus hombrecillos de verde en la cuenca ucrania del Donbas.

Sí, hay una coalición de 60 países alrededor de Estados Unidos, unos para actuar solo en Irak, otro solo en Siria, algunos en ambas partes, con el objetivo de parar los pies al Estado Islámico. Pero de momento casi todo se limita a bombardeos desde el aire, de efectividad muy limitada a la hora de frenar el avance terrestre de las tropas del califato terrorista. Quizás sea cierta la noticia sin confirmar de que Abubaker Al Bagdadi, el califa autoproclamado, se halla herido gravemente y solo puede grabar mensajes de voz, pero tendría todos los motivos para hacer como Lenin en octubre de 1918, cuando arrancó a bailar sobre la nieve, admirado de que la revolución llevara ya un año de vida.

El Estado Islámico ha sufrido muchas derrotas. Perdió la ciudad de Kobane, junto a la frontera turca. Ha perdido Tikrit hace pocas semanas. El pasado viernes sufrió el ataque fulgurante de un comando aerotransportado estadounidense en Siria, en el que perdió la vida su ministro del petróleo. Pero puede exhibir lo que más le diferencia de Al Qaeda, la organización matriz que ahora es también su competidora en la atracción de los yihadistas: mantiene e incluso administra un territorio con varias ciudades, tiene una cabeza visible a la que presenta como califa de todos los musulmanes, ha conseguido la obediencia de numerosos grupos yihadistas de todo el mundo y además resiste, dura, persiste.

Incluso sus derrotas confirman el acierto político más que militar de su estrategia. Ha sido el ejército sirio de Bachar el Asad quien acaba de frenar al EI en las puertas de Persépolis. Solo las milicias chiitas, quien sabe si comandadas directamente desde Teherán, pueden frenarle en las puertas de Bagdad. El califato de Al Bagdadi se ha convertido en la punta de lanza sunnita de la guerra abierta contra los chiitas, en la que no hay ni un solo país sunnita, sea Egipto, Turquía o Arabia Saudí, que consiga disimular y ocultar a favor de quien apuesta en esta sangrienta y trascendental partida.

EL PAÍS; ESPAÑA

 
¿Necesitamos más científicos? PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Domingo, 10 de Mayo de 2015 14:11

Por

Facebook nos hizo replantearnos nuestra noción sobre la privacidad. Gracias a Google nos preguntamos si tenemos derecho al olvido. Ahora llega la tecnología móvil a nuestras muñecas, un reloj puede analizar nuestra última carrera o las calorías que acabamos de quemar y Estados Unidos se pregunta si las humanidades se han convertido en un estudio irrelevante o son más necesarias que nunca.

La tecnología nos ha impuesto todo tipo de “métricas” para asuntos que en realidad no se pueden medir, argumenta Leon Wieseltier, editor cultural de la revista The Atlantic. Wieseltier ha sido una de las últimas voces en desatar la polémica al hacer un llamamiento en defensa de la educación en humanidades frente a la oleada de campañas para educar y reclutar científicos en EE UU. Sin filósofos, políticos ni pensadores, alega, ¿quién va a redefinir los límites morales y éticos que sigue rompiendo el avance de la tecnología?

“Se asignan valores numéricos a cosas que no pueden capturar los números. Conceptos económicos inundan ámbitos no económicos. ¡Los economistas son nuestros expertos en felicidad! Donde antes quedaba la sabiduría, ahora reina la cuantificación”. El ensayo de Wieseltier, Among the Disrupted, publicado por The New York Times y en el que comentaba una obra del escritor Mark Greif, ha sido interpretado también como una crítica a la tecnología. Las palabras del intelectual vibran con intensidad en un momento de debate en EE UU sobre lo que muchos consideran como un énfasis excesivo en la educación científica frente a las artes y las humanidades.

El carácter de nuestra sociedad no puede quedar determinado por ingenieros”

Leon Wieseltier

“Para aquellos que piensan que todo lo que necesitamos son programas de ciencias, les recomiendo que miren a los lugares donde se ha hecho así anteriormente”, afirma Deborah Fitzgerald, decana de la Facultad de Historia y Ciencias Sociales del Massachusetts Institute of Technology (MIT). “En esos países ahora hay generaciones de licenciados sin preparación para ser políticos ni jueces, que no confían en el pensamiento crítico para resolver problemas humanos”.

El MIT de Boston, donde el 100% de sus alumnos estudian grados científicos, obliga a los estudiantes a tomar un cuarto de sus asignaturas en el ámbito de las ciencias sociales o el arte. Fitzgerald, profesora de Historia de la Tecnología en el MIT, asegura que el último empuje de los estudios de humanidades surgió a principios del siglo XX “en reacción al enorme abrazo que se había dado justo antes a las ciencias”. La decana lo describe como un “péndulo” que va y viene a lo largo de la historia.

El estallido intelectual y romántico en la Inglaterra del siglo XVIII, dice Fitzgerald, fue una respuesta a la oleada de migrantes rurales al Londres de la revolución industrial, cuando la población de la capital se multiplicó dos veces y media en solo 100 años. La reubicación de la población, explica Clay Shirky en su obra ‘Cognitive Surplus’ sobre la creación de conocimiento colaborativo, donde también hace una parábola entre aquel momento y el actual, que provocó tanto la destrucción de los modos de vida antiguos como la creación de un nuevo modelo urbano.

El MIT, donde el 100% de los alumnos estudian grados científicos, obliga a los estudiantes a tomar un cuarto de sus asignaturas en el ámbito de las ciencias sociales o el arte

Si lee este texto en una pantalla digital, está viendo un ejemplo de cómo la última revolución tecnológica es la que ya ha introducido dispositivos electrónicos y móviles en casi todas nuestras actividades diarias. Los institutos enseñan a los alumnos a escribir el lenguaje de los ordenadores y el código HTML, PHP o JavaScript se suma a las asignaturas de idiomas. En EE UU, la tendencia ha cobrado tintes políticos.

El senador republicano y candidato a la presidencia en 2016 Marco Rubio bromeó recientemente si “merece la pena tomar un préstamo de 40.000 dólares para licenciarse en Filosofía Griega, ya que el mercado para contratar a filósofos griegos es muy competitivo”. Rubio no es el único que ha rechazado la importancia de subvencionar la educación en humanidades. Su compañero de partido y gobernador de Carolina del Norte, Pat McCrory, declaró en 2013 que no quiere “subvencionar una licenciatura que no vaya a garantizar un empleo”.

Los defensores de la importancia de las humanidades se muestran preocupados también por el énfasis que ha realizado la Administración Obama en programas conocidos como STEM (Science, Technology, Engineering and Mathematics) y cuyo objetivo es aumentar el número de estudiantes de ciencia y tecnología en los institutos, pero no incluye más recursos ni más horas para las clases de humanidades.

Obama ha vinculado estas iniciativas con la demanda de ingenieros e informáticos que ejerce el sector tecnológico, siguiendo las líneas de líderes como Steve Jobs o Bill Gates. El fundador de microsoft declaró ante el Congreso que EE UU sufre “la escasez de científicos e ingenieros con experiencia para desarrollar la próxima generación de inventos revolucionarios”. Sin embargo, voces como el columnista de The New York Times Nicholas Kristof alertan de que por cada licenciado en filología inglesa en EE UU, ya hay siete en una rama de negocios.

Wieselter lidera las voces que recuerdan que toda tecnología “ha sido utilizada antes que comprendida completamente” y que esa comprensión llega desde el conocimiento de las humanidades y el arte, no sólo la tecnología. “Siempre hay un hueco entre la innovación y el entendimiento de sus consecuencias. Ahora vivimos en ese paréntesis y es el momento adecuado para reflexionar”.

Puedes juntar a todos los Zuckerberg del mundo pero si los aíslas y no los combinas con el por qué de lo que están haciendo, tendríamos un mundo muy difícil de manejar”

En la actualidad, 1.5 millones de estudiantes de primaria en EE UU no reciben clases de música y otros 4 millones tampoco participan en lecciones de artes visuales, según datos del Centro Nacional de Estadísticas de Educación. El 100% de los estudiantes de escuelas públicas, un total de 23 millones, nunca tienen una clase de danza ni de teatro.

Zakaria denuncia que el estudio de las artes y las humanidades es percibido como “un lujo costoso” y que el énfasis en las asignaturas de ciencias se debe a una “malinterpretación” de los datos que pone a EE UU “en una vía muy peligrosa”. El autor de ‘En defensa de la educación progresista’ pide la creación de un sistema educativo que promueva la creatividad y el pensamiento crítico. Y cita a Steve Jobs, fundador de Apple, quien aseguró en la presentación del ipad en 2007 que en “el ADN de Apple no es la tecnología, sino su combinación con las artes y con las humanidades, lo que nos aporta el resultado”.

“Puedes juntar a todos los Zuckerberg del mundo pero si los aíslas y no los combinas con las razones, el por qué de lo que están haciendo, tendríamos un mundo muy difícil de manejar”, dice Dave Csyntian, presidente de la organización See The Change, que aboga por la inmersión en programas de ciencias a edades más tempranas. “El pensamiento crítico es imprescindible”.

Csyntian reconoce que la idealización de creadores como el fundador de Facebook puede atraer a muchos adolescentes hacia la tecnología, pero puede ser un arma de doble filo. “La tecnología nos ayuda a responder el qué con aparatos en nuestra muñeca, nuestro reloj, nuestro teléfono… pero nos estamos perdiendo el por qué”. Esa cuestión, afirma, depende del pensamiento crítico de los alumnos como de los ciudadanos, y “si sacamos esa parte de la ecuación, nos estamos perdiendo algo fundamental”.

“La industria demanda cualificaciones científicas e informáticas, pero son el arte y las humanidades las que lo unifican todo”, dice Edward Abeyta, asesor del decanato de la Universidad de California en San Diego. Abeyta argumenta que no se puede obviar cómo un estudiante de música aprende a trabajar en equipo en una orquesta, adquiriendo cualidades que va a necesitar en el futuro. “Somos una nación de creadores e innovadores. Sin el arte, sin el diseño, lo perderíamos”.

En la actualidad, 1.5 millones de estudiantes de primaria en EE UU no reciben clases de música y otros 4 millones tampoco participan en lecciones de artes visuales

El último presupuesto de Obama destinó 3.100 millones de dólares a programas de educación pública, sin que la tendencia haya mejorado significativamente el nivel de los estudiantes ni resolver la falta de profesionales especializados que demanda el mercado. EE UU sigue atascado en el puesto 29 del informe PISA en matemáticas y el 22 en ciencias, por detrás de países como Estonia, Taiwan, Singapur, Suiza y Holanda.

Según Csyntian, una de las razones es que los estudiantes no reciben clases de física o matemáticas hasta una edad más tardía que en Europa o Asia. “Lo entendemos como un catalizador para que los alumnos puedan tomar mejores decisiones de cara al futuro”. Esas decisiones dependen para Csyntian de que los adolescentes entren en contacto con el conocimiento científico desde una edad temprana. “Sea en el campo que sea, les ayuda entender cómo funciona el mundo que nos rodea”.

Para Wieseltier, “el procesamiento de información no es el máximo al que puede aspirar el espíritu humano, como tampoco lo es la competitividad en una economía global”, dice en respuesta a la filosofía de compañías como Google. “El carácter de nuestra sociedad no puede quedar determinado por ingenieros”.

Diversas campañas como la impulsada por el presidente Obama han ayudado a concienciar a la población de que EE UU necesita más profesionales en el ámbito de las ciencias y la tecnología. Sin embargo, asegura Csyntian, todavía no se ha comprendido del todo que lo más importante es el contacto de los alumnos con esos contenidos a una edad más temprana para que puedan elegir mejor.

“La innovación no es solo un asunto técnico sino de comprensión de cómo funcionan las personas y las sociedades, lo que quieren y lo que necesita”, escribe Zakaria. “América no va a dominar el siglo XXI haciendo chips sino reimaginando cómo interactúan los ordenadores y otras tecnologías con los seres humanos”.

 
Una mirada a la geopolítica sin ideología PDF Imprimir E-mail
Escrito por Tomado de INFOBAE   
Lunes, 23 de Marzo de 2015 20:00

Por Alberto Asseff.-

Por debajo de la invocación de la libertad,  por un lado, y del contrastante autoritarismo, por el otro, lo que existe en el planeta, si lo describimos descarnada y crudamente, son intereses y de los grandes. Lo cierto es que el mundo tiene más avatares y conflictos– infinitamente más – que los de la Guerra Fría. Y padece de inenarrablemente más inestabilidad que en ese sombrío período de posguerra hasta la caída del Muro en 1989.

Miremos un poco. Europa – a pesar de los esfuerzos de Alemania – vive de zozobra en zozobra, preocupada por el  desempleo, el retroceso del proceso integrador, la xenofobia, la inmigración no deseada, los embates rusos y las amenazas que vienen del sur del Mediterráneo – que es igual que decir Magreb. Para colmo, el resurgimiento de la guerra explícita, como pasa en Ucrania, contribuye a enrarecer el clima político.

Estados Unidos vive una recuperación económica, pero también una puja política doméstica que pareciera pasarse de la raya que el patriotismo norteamericano siempre trazó, precisamente para neutralizar cualquier situación capaz de lesionar a sus intereses vitales. Hoy no se ponen de acuerdo cómo lograr ordenar el Oriente Cercano – un área que sigue siendo clave. Para la Casa Blanca, ese objetivo se obtiene balanceando y contrabalanceando, por ejemplo potenciando a Turquía y a Arabia Saudita o a Israel e Irán – para que se compensen mutuamente y no configuren una acechanza, sobre todo para los norteamericanos. En el medio de esto, dos notas importantes: Egipto, a pesar de su escaso potencial relativo, está duplicando la capacidad operativa del Canal de Suez, lo cual elevará sus ingresos de 5 mil millones a 13 mil millones de euros anuales y además tiene un plan para atraer 20 mil millones de inversiones en una nueva zona franca que generará un millón de empleos. El otro dato: ¿hasta cuándo Arabia Saudita irá contra sus intereses económicos manteniendo alto el nivel de producción de petróleo? Es real que con ese nivel hiere en el ala a Rusia e Irán, pero el costo es fuerte.

Obviamente el llamado Estado Islámico o Califato no es una anécdota, sino una bomba nuclear para cualquier plan estabilizador del Medio Oriente. Si se demoniza al Islam en bloque, las perspectivas de solución son negras. El Califato podrá segarse si existe claridad acerca de qué es y cómo tratar al Islam. Cualquier error de visión o de concepto será letal. En esta línea, el diálogo interreligioso, en el que la Argentina es vanguardista, es un buen ayudante.

EEUU aspira a solucionar el añejo y laberíntico entuerto del Oriente Próximo para poder dedicarse al Lejano, ese que le quita el sueño. Moscú, Pekín, Nueva Delhi, Tokio y Washington pugnan por modelar el Asia. Con una particularidad, tres de ellos – Rusia, EEUU y China – enlazan el asunto con Europa para imaginar un enorme espacio, Euroasia. Por eso los chinos establecen una nueva Ruta de la Seda que los conduce al Viejo Vontinente, Rusia dirime gran parte de su influencia en la lucha por Ucrania y los norteamericanos buscan amurallar – para contenerla – a China con su alianza con Tokio y la novedosa coalición con su contendiente de los setenta, Vietnam.

En la última cumbre Asia-Pacífico, China mostró sus metas: deshielo con Japón y Vietnam, libre comercio con Corea y acuerdo gasífero de enorme magnitud con Rusia. Paralelamente, hace esfuerzos para mejorar su compleja relación con la India.

En África se produce una explicable paradoja: los países han crecido a horcajadas de los buenos precios de los productos primarios, pero no se han desarrollado, aunque emerge una clase media en casi todo el continente. Esa contradicción se ahonda por la perfecta balcanización que dibujaron los europeos al ‘independizarlos’. Se formaron tantos países como fueron necesarios para garantizar la debilidad de todos y cada uno de ellos. El más fuerte de los de color – Nigeria – padece de fundamentalismo, terrorismo y separatismo, un cóctel indigerible que oscurece el futuro de ese país. Libia- de extensa y rica superficie – se ha tribalizado peligrosamente, Egipto tiene demasiados problemas a cuestas como para erguirse – no obstante lo antedicho sobre su gran herramienta, el Canal- y Sudáfrica sigue siendo prometedora, pero aún no ha logrado una influencia decisiva para imprimirle mejor rumbo al continente vecino.

Nuestra América tiene tres – quizás cuatro y hasta cinco – países  capaces  de contribuir a su articulación. Porque a esta altura del acontecer global un objetivo insoslayable es vertebrar, unir, todo lo contrario de exacerbar localismos arcaicos, esos, por caso, que se agitan en algún sector montevideano para darle una funcionalidad desenfocada al bello país oriental del Plata.

Esos países son Brasil, la Argentina y México, engrosados por Colombia y Venezuela. Empero, ¿cómo andan? Brasil, inmerso en una formidable e inopinada crisis – ¿de crecimiento…? – moral, política y económica. México, con sus antiguos problemas de mafias y de inequidad social estructural. Se sabe, sin desarrollo socio-educativo y equidad no hay basamento para el económico, salvo el del tipo factoría. Colombia todavía no pudo arreglar su guerra intestina, aunque va por buen camino y es el que más horizonte parece ofrecer. Venezuela, ¿qué decir de la querida Venezuela? Se merecía mejor destino que el populismo y la feroz polarización ¡Ojalá encuentre un movimiento articulador y superador! Pero, por ahora, oscuro panorama.

Nuestra América, pues, sigue siendo un espacio doliente. Nos da más dolor que felicidad. Hay que hacer denodados esfuerzos para revertir este cuadro.

Algo está claro en medio de tanto diferendo y confrontación: por todos los lares hay geopolítica en acción, pero en contraste con antaño ahora es sin ideología, con intereses en estado puro y crudo. Se lucha por acaparar o asegurar cerebros, patentes, recursos, espacios. Enarbolan proclamas más o menos atractivas o más o menos impugnables, pero todos los actores defienden intereses.

 
Rápido, llamen a Voltaire PDF Imprimir E-mail
Escrito por Tomado de INFOBAE   
Domingo, 11 de Enero de 2015 12:06

Por Carlos Alberto Montaner.-

Como se sabe, tres fanáticos islamistas penetraron en la redacción de una revista satírica en París, asesinaron a 12 personas e hirieron a otras tantas, algunas de ellas muy gravemente. Una verdadera carnicería.

Mientras disparaban gritaban que vengaban a Mahoma y aseguraban que Alá era grande. La revista, Charlie Hebdo, había publicado dibujos que los asesinos calificaban como blasfemos y ofensivos. Desde su perspectiva, estos criminales se percibían como instrumentos de la virtud religiosa en su lucha contra los infieles.

En realidad, Charlie Hebdo no era particularmente antiislámica. Como corresponde al género, era antitodo. El humor satírico siempre es contra alguien. Se burlaba de Mahoma, del Papa, del Presidente y del sursuncorda.

Bastaba con que fuera una criatura encumbrada, y más aún si proyectaba una imagen pomposa, para que la revista le lanzara sus dardos envenenados. Mucho más irreverente que la caricatura contra un Mahoma preocupado porque estaba rodeado de idiotas, era la del papa Benedicto XVI enamorando a un guardia suizo con un gesto lánguidamente homosexual.

El peor de los fanatismos es el religioso. Se basa en certezas absolutas. Cuando alguien está seguro de que tiene a Dios de su lado no le tiembla el pulso. Es lo que acabamos de ver en París. Y este peligro se acrecienta cuando existen libros sagrados de los que se asegura que tras su redacción está la inspiración divina. A veces el mismo libro sagrado, la Biblia, es el punto de partida de tres religiones hostiles y distintas, aunque engendradas por el padre Abraham: el judaísmo, el cristianismo y el islamismo.

Las tres religiones abrahámicas son monoteístas, lo que acaso las hace más riesgosas. Cuando hay muchos dioses, como en el hinduismo actual o en el clásico Olimpo griego, y cuando no hay libros sagrados, sino tradiciones orales borrosas, los seres humanos tienen más espacio para la diversidad y existen menos motivos para las persecuciones religiosas. Suelen matarse por otras cosas, pero no por ésa.

Los fanáticos religiosos pueden ser muy crueles cuando se trata de reprimir a los blasfemos. En la Europa cristiana, durante la Edad Media y el Renacimiento, era frecuente taladrarles la lengua a los blasfemos cuando la ofensa era general, pero se podía llegar a la ejecución, casi siempre mediante la hoguera, cuando se trataba de una blasfemia herética y se ponía en duda, por ejemplo, el dogma del Espíritu Santo.

A Cayetano Ripoll, la última víctima de las autoridades cristianas que perseguían las blasfemias, lo mataron en Valencia en 1826 acusado de “deísta”, medio siglo después de haberse iniciado la revolución americana y de que James Watts perfeccionara la máquina de vapor. La modernidad no acababa de entrar en España.

Ripoll era un maestro bueno y serio que despedía sus clases diciendo “Alabado sea Dios” en lugar de “Ave María purísima”. Para sus severos jueces era evidente que tenía que morir por decir cosas así. Como incinerarlo en la hoguera parecía excesivo, lo hicieron ahorcar, pero pintaron unas llamas en el barril en que lo enterraron. Los blasfemos debían consumirse en las llamas del infierno.

Pero esa barbaridad, al fin y al cabo, ocurrió hace un par de siglos. El código penal del Pakistán de hoy le depara la muerte a todo aquel que ofenda la memoria de Mahoma.

A la pobre campesina cristiana Bibi Asia la han condenado a la horca por beber agua en el mismo cazo que sus compañeras musulmanas, y por haber defendido a Cristo en la trifulca donde le reprocharon sus creencias: “Cristo murió en la cruz por salvarnos –gritó–, ¿qué sacrificio hizo Mahoma por la humanidad?”. A un Ministro y un gobernador que salieron a la palestra a defenderla y a pedir clemencia para la muchacha fueron asesinados. Allí no se andan con chiquitas.

Una de las medidas más exactas de la calidad de una sociedad es la tolerancia frente a la irreverencia. Los tiranos no son capaces de aceptar las burlas. Hitler, Stalin, Franco, no permitían caricaturas que los ridiculizaran. En Cuba la primera publicación que clausuró Fidel Castro fue un semanario humorístico llamado Zig-Zag. A partir de ese punto se prohibieron los retratos humorísticos del Comandante y se liquidó cualquier vestigio de libertad de prensa.

El peor síntoma del extremismo islámico es la intolerancia. Se ha dicho muchas veces, pero es cierto: mientras en las sociedades islámicas no penetre y triunfe el espíritu de la Ilustración –suelto en el mundo desde el siglo XVII–, no hay nada que hacer. Necesitan urgentemente un Voltaire que les sacuda la conciencia.

 
Es la guerra santa, idiotas PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Jueves, 08 de Enero de 2015 12:25

Por Arturo Pérez Reverte.-

(Blog Perez Reverte).- Pinchos morunos y cerveza. A la sombra de la antigua muralla de Melilla, mi interlocutor -treinta años de cómplice amistad- se recuesta en la silla y sonríe, amargo. “No se dan cuenta, esos idiotas -dice-. Es una guerra, y estamos metidos en ella. Es la tercera guerra mundial, y no se dan cuenta”. Mi amigo sabe de qué habla, pues desde hace mucho es soldado en esa guerra. Soldado anónimo, sin uniforme. De los que a menudo tuvieron que dormir con una pistola debajo de la almohada. “Es una guerra -insiste metiendo el bigote en la espuma de la cerveza-. Y la estamos perdiendo por nuestra estupidez. Sonriendo al enemigo”.

Mientras escucho, pienso en el enemigo. Y no necesito forzar la imaginación, pues durante parte de mi vida habité ese territorio. Costumbres, métodos, manera de ejercer la violencia. Todo me es familiar. Todo se repite, como se repite la Historia desde los tiempos de los turcos, Constantinopla y las Cruzadas. Incluso desde las Termópilas. Como se repitió en aquel Irán, donde los incautos de allí y los imbéciles de aquí aplaudían la caída del Sha y la llegada del libertador Jomeini y sus ayatollás. Como se repitió en el babeo indiscriminado ante las diversas primaveras árabes, que al final -sorpresa para los idiotas profesionales- resultaron ser preludios de muy negros inviernos.

Inviernos que son de esperar, por otra parte, cuando las palabras libertad y democracia, conceptos occidentales que nuestra ignorancia nos hace creer exportables en frío, por las buenas, fiadas a la bondad del corazón humano, acaban siendo administradas por curas, imanes, sacerdotes o como queramos llamarlos, fanáticos con turbante o sin él, que tarde o temprano hacen verdad de nuevo, entre sus también fanáticos feligreses, lo que escribió el barón Holbach en el siglo XVIII: “Cuando los hombres creen no temer más que a su dios, no se detienen en general ante nada”.

Porque es la yihad, idiotas. Es la guerra santa. Lo sabe mi amigo en Melilla, lo sé yo en mi pequeña parcela de experiencia personal, lo sabe el que haya estado allí. Lo sabe quien haya leído Historia, o sea capaz de encarar los periódicos y la tele con lucidez. Lo sabe quien busque en Internet los miles de vídeos y fotografías de ejecuciones, de cabezas cortadas, de críos mostrando sonrientes a los degollados por sus padres, de mujeres y niños violados por infieles al Islam, de adúlteras lapidadas -cómo callan en eso las ultrafeministas, tan sensibles para otras chorradas-, de criminales cortando cuellos en vivo mientras gritan “Alá Ajbar” y docenas de espectadores lo graban con sus putos teléfonos móviles.

Lo sabe quien lea las pancartas que un niño musulmán -no en Iraq, sino en Australia- exhibe con el texto: “Degollad a quien insulte al Profeta”. Lo sabe quien vea la pancarta exhibida por un joven estudiante musulmán -no en Damasco, sino en Londres- donde advierte: “Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia”.

A Occidente, a Europa, le costó siglos de sufrimiento alcanzar la libertad de la que hoy goza. Poder ser adúltera sin que te lapiden, o blasfemar sin que te quemen o que te cuelguen de una grúa. Ponerte falda corta sin que te llamen puta. Gozamos las ventajas de esa lucha, ganada tras muchos combates contra nuestros propios fanatismos, en la que demasiada gente buena perdió la vida: combates que Occidente libró cuando era joven y aún tenía fe. Pero ahora los jóvenes son otros: el niño de la pancarta, el cortador de cabezas, el fanático dispuesto a llevarse por delante a treinta infieles e ir al Paraíso.

En términos históricos, ellos son los nuevos bárbaros. Europa, donde nació la libertad, es vieja, demagoga y cobarde; mientras que el Islam radical es joven, valiente, y tiene hambre, desesperación, y los cojones, ellos y ellas, muy puestos en su sitio. Dar mala imagen en Youtube les importa un rábano: al contrario, es otra arma en su guerra. Trabajan con su dios en una mano y el terror en la otra, para su propia clientela. Para un Islam que podría ser pacífico y liberal, que a menudo lo desea, pero que nunca puede lograrlo del todo, atrapado en sus propias contradicciones socioteológicas. Creer que eso se soluciona negociando o mirando a otra parte, es mucho más que una inmensa gilipollez. Es un suicidio.

Vean Internet, insisto, y díganme qué diablos vamos a negociar. Y con quién. Es una guerra, y no hay otra que afrontarla. Asumirla sin complejos. Porque el frente de combate no está sólo allí, al otro lado del televisor, sino también aquí. En el corazón mismo de Roma. Porque -creo que lo escribí hace tiempo, aunque igual no fui yo- es contradictorio, peligroso, y hasta imposible, disfrutar de las ventajas de ser romano y al mismo tiempo aplaudir a los bárbaros.

INFOLATAM

* Esta columna fue publicada el 01/09/2014 en el blog del autor.

 
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