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Artigos: Mundo
Rápido, llamen a Voltaire PDF Imprimir E-mail
Escrito por Tomado de INFOBAE   
Domingo, 11 de Enero de 2015 12:06

Por Carlos Alberto Montaner.-

Como se sabe, tres fanáticos islamistas penetraron en la redacción de una revista satírica en París, asesinaron a 12 personas e hirieron a otras tantas, algunas de ellas muy gravemente. Una verdadera carnicería.

Mientras disparaban gritaban que vengaban a Mahoma y aseguraban que Alá era grande. La revista, Charlie Hebdo, había publicado dibujos que los asesinos calificaban como blasfemos y ofensivos. Desde su perspectiva, estos criminales se percibían como instrumentos de la virtud religiosa en su lucha contra los infieles.

En realidad, Charlie Hebdo no era particularmente antiislámica. Como corresponde al género, era antitodo. El humor satírico siempre es contra alguien. Se burlaba de Mahoma, del Papa, del Presidente y del sursuncorda.

Bastaba con que fuera una criatura encumbrada, y más aún si proyectaba una imagen pomposa, para que la revista le lanzara sus dardos envenenados. Mucho más irreverente que la caricatura contra un Mahoma preocupado porque estaba rodeado de idiotas, era la del papa Benedicto XVI enamorando a un guardia suizo con un gesto lánguidamente homosexual.

El peor de los fanatismos es el religioso. Se basa en certezas absolutas. Cuando alguien está seguro de que tiene a Dios de su lado no le tiembla el pulso. Es lo que acabamos de ver en París. Y este peligro se acrecienta cuando existen libros sagrados de los que se asegura que tras su redacción está la inspiración divina. A veces el mismo libro sagrado, la Biblia, es el punto de partida de tres religiones hostiles y distintas, aunque engendradas por el padre Abraham: el judaísmo, el cristianismo y el islamismo.

Las tres religiones abrahámicas son monoteístas, lo que acaso las hace más riesgosas. Cuando hay muchos dioses, como en el hinduismo actual o en el clásico Olimpo griego, y cuando no hay libros sagrados, sino tradiciones orales borrosas, los seres humanos tienen más espacio para la diversidad y existen menos motivos para las persecuciones religiosas. Suelen matarse por otras cosas, pero no por ésa.

Los fanáticos religiosos pueden ser muy crueles cuando se trata de reprimir a los blasfemos. En la Europa cristiana, durante la Edad Media y el Renacimiento, era frecuente taladrarles la lengua a los blasfemos cuando la ofensa era general, pero se podía llegar a la ejecución, casi siempre mediante la hoguera, cuando se trataba de una blasfemia herética y se ponía en duda, por ejemplo, el dogma del Espíritu Santo.

A Cayetano Ripoll, la última víctima de las autoridades cristianas que perseguían las blasfemias, lo mataron en Valencia en 1826 acusado de “deísta”, medio siglo después de haberse iniciado la revolución americana y de que James Watts perfeccionara la máquina de vapor. La modernidad no acababa de entrar en España.

Ripoll era un maestro bueno y serio que despedía sus clases diciendo “Alabado sea Dios” en lugar de “Ave María purísima”. Para sus severos jueces era evidente que tenía que morir por decir cosas así. Como incinerarlo en la hoguera parecía excesivo, lo hicieron ahorcar, pero pintaron unas llamas en el barril en que lo enterraron. Los blasfemos debían consumirse en las llamas del infierno.

Pero esa barbaridad, al fin y al cabo, ocurrió hace un par de siglos. El código penal del Pakistán de hoy le depara la muerte a todo aquel que ofenda la memoria de Mahoma.

A la pobre campesina cristiana Bibi Asia la han condenado a la horca por beber agua en el mismo cazo que sus compañeras musulmanas, y por haber defendido a Cristo en la trifulca donde le reprocharon sus creencias: “Cristo murió en la cruz por salvarnos –gritó–, ¿qué sacrificio hizo Mahoma por la humanidad?”. A un Ministro y un gobernador que salieron a la palestra a defenderla y a pedir clemencia para la muchacha fueron asesinados. Allí no se andan con chiquitas.

Una de las medidas más exactas de la calidad de una sociedad es la tolerancia frente a la irreverencia. Los tiranos no son capaces de aceptar las burlas. Hitler, Stalin, Franco, no permitían caricaturas que los ridiculizaran. En Cuba la primera publicación que clausuró Fidel Castro fue un semanario humorístico llamado Zig-Zag. A partir de ese punto se prohibieron los retratos humorísticos del Comandante y se liquidó cualquier vestigio de libertad de prensa.

El peor síntoma del extremismo islámico es la intolerancia. Se ha dicho muchas veces, pero es cierto: mientras en las sociedades islámicas no penetre y triunfe el espíritu de la Ilustración –suelto en el mundo desde el siglo XVII–, no hay nada que hacer. Necesitan urgentemente un Voltaire que les sacuda la conciencia.

 
Es la guerra santa, idiotas PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Jueves, 08 de Enero de 2015 12:25

Por Arturo Pérez Reverte.-

(Blog Perez Reverte).- Pinchos morunos y cerveza. A la sombra de la antigua muralla de Melilla, mi interlocutor -treinta años de cómplice amistad- se recuesta en la silla y sonríe, amargo. “No se dan cuenta, esos idiotas -dice-. Es una guerra, y estamos metidos en ella. Es la tercera guerra mundial, y no se dan cuenta”. Mi amigo sabe de qué habla, pues desde hace mucho es soldado en esa guerra. Soldado anónimo, sin uniforme. De los que a menudo tuvieron que dormir con una pistola debajo de la almohada. “Es una guerra -insiste metiendo el bigote en la espuma de la cerveza-. Y la estamos perdiendo por nuestra estupidez. Sonriendo al enemigo”.

Mientras escucho, pienso en el enemigo. Y no necesito forzar la imaginación, pues durante parte de mi vida habité ese territorio. Costumbres, métodos, manera de ejercer la violencia. Todo me es familiar. Todo se repite, como se repite la Historia desde los tiempos de los turcos, Constantinopla y las Cruzadas. Incluso desde las Termópilas. Como se repitió en aquel Irán, donde los incautos de allí y los imbéciles de aquí aplaudían la caída del Sha y la llegada del libertador Jomeini y sus ayatollás. Como se repitió en el babeo indiscriminado ante las diversas primaveras árabes, que al final -sorpresa para los idiotas profesionales- resultaron ser preludios de muy negros inviernos.

Inviernos que son de esperar, por otra parte, cuando las palabras libertad y democracia, conceptos occidentales que nuestra ignorancia nos hace creer exportables en frío, por las buenas, fiadas a la bondad del corazón humano, acaban siendo administradas por curas, imanes, sacerdotes o como queramos llamarlos, fanáticos con turbante o sin él, que tarde o temprano hacen verdad de nuevo, entre sus también fanáticos feligreses, lo que escribió el barón Holbach en el siglo XVIII: “Cuando los hombres creen no temer más que a su dios, no se detienen en general ante nada”.

Porque es la yihad, idiotas. Es la guerra santa. Lo sabe mi amigo en Melilla, lo sé yo en mi pequeña parcela de experiencia personal, lo sabe el que haya estado allí. Lo sabe quien haya leído Historia, o sea capaz de encarar los periódicos y la tele con lucidez. Lo sabe quien busque en Internet los miles de vídeos y fotografías de ejecuciones, de cabezas cortadas, de críos mostrando sonrientes a los degollados por sus padres, de mujeres y niños violados por infieles al Islam, de adúlteras lapidadas -cómo callan en eso las ultrafeministas, tan sensibles para otras chorradas-, de criminales cortando cuellos en vivo mientras gritan “Alá Ajbar” y docenas de espectadores lo graban con sus putos teléfonos móviles.

Lo sabe quien lea las pancartas que un niño musulmán -no en Iraq, sino en Australia- exhibe con el texto: “Degollad a quien insulte al Profeta”. Lo sabe quien vea la pancarta exhibida por un joven estudiante musulmán -no en Damasco, sino en Londres- donde advierte: “Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia”.

A Occidente, a Europa, le costó siglos de sufrimiento alcanzar la libertad de la que hoy goza. Poder ser adúltera sin que te lapiden, o blasfemar sin que te quemen o que te cuelguen de una grúa. Ponerte falda corta sin que te llamen puta. Gozamos las ventajas de esa lucha, ganada tras muchos combates contra nuestros propios fanatismos, en la que demasiada gente buena perdió la vida: combates que Occidente libró cuando era joven y aún tenía fe. Pero ahora los jóvenes son otros: el niño de la pancarta, el cortador de cabezas, el fanático dispuesto a llevarse por delante a treinta infieles e ir al Paraíso.

En términos históricos, ellos son los nuevos bárbaros. Europa, donde nació la libertad, es vieja, demagoga y cobarde; mientras que el Islam radical es joven, valiente, y tiene hambre, desesperación, y los cojones, ellos y ellas, muy puestos en su sitio. Dar mala imagen en Youtube les importa un rábano: al contrario, es otra arma en su guerra. Trabajan con su dios en una mano y el terror en la otra, para su propia clientela. Para un Islam que podría ser pacífico y liberal, que a menudo lo desea, pero que nunca puede lograrlo del todo, atrapado en sus propias contradicciones socioteológicas. Creer que eso se soluciona negociando o mirando a otra parte, es mucho más que una inmensa gilipollez. Es un suicidio.

Vean Internet, insisto, y díganme qué diablos vamos a negociar. Y con quién. Es una guerra, y no hay otra que afrontarla. Asumirla sin complejos. Porque el frente de combate no está sólo allí, al otro lado del televisor, sino también aquí. En el corazón mismo de Roma. Porque -creo que lo escribí hace tiempo, aunque igual no fui yo- es contradictorio, peligroso, y hasta imposible, disfrutar de las ventajas de ser romano y al mismo tiempo aplaudir a los bárbaros.

INFOLATAM

* Esta columna fue publicada el 01/09/2014 en el blog del autor.

 
2015, el año en que viviremos peligrosamente PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Viernes, 02 de Enero de 2015 00:55

Por Carlos Alberto Montaner.-

2015 será un año extremadamente inestable en el Mediterráneo, pero la onda expansiva alcanzará a todo el planeta. La globalización también es eso.

La sacudida comenzará en Grecia con la probable elección del partido Syriza. La palabra es un acrónimo en griego que puede traducirse como Coalición de la Izquierda Radical.

09878 Alexis TsiprasY bien que lo es. Se trata de una amalgama antisistema, dominada por los marxistas, presidida por Alexis Tsipras, ingeniero de 40 años, líder estudiantil comunista en su juventud.

En Syriza se juntan estalinistas nostálgicos, trotskistas, anarquistas, anticapitalistas, antiglobalizadores, verdes que odian los transgénicos, antiamericanos, eurófobos, antieuros, y, por supuesto, propalestinos-antiisrael. (No en balde Grecia es el país más antisemita de Europa, de acuerdo con la última encuesta de la Liga contra la Difamamación).

Esta montonera comenzó a gestarse hace unos años en las protestas contra las reuniones internacionales del Fondo Monetario Internacional o del Banco Mundial. Era una muchedumbre juvenil reclutada entre las tribus urbanas, frecuentemente desaseada y porrera, a la que los españoles calificaron, no sé por qué, como perrosflauta.

perroflautasLos participantes acamparon en diversas plazas emblemáticas, desde Wall Street en NY hasta la madrileña Puerta del Sol, o se pelearon a pedradas contra las fuerzas del orden en media docena de ciudades, y hasta contaron con un manifiesto elemental, ¡Indignaos!, teñido por el “buenismo”, escrito por un nonagenario francés, Stéphanie Hessel, diplomático muerto recientemente, poco después de haber pergeñado su inesperado best seller.

Arenga TsiprasEl programa de Syriza es perfecto para cautivar a un porcentaje elevado de los electores y, simultáneamente, hundir aún más al país. Le habla a una sociedad que tiene un 28% de desempleados y una deuda exterior del 200% de su PIB. Le propone a los votantes salir de la crisis con más Estado –aunque ya le entregan al sector público el 44% de toda la riqueza que se produce–, gastando más y manteniendo el mítico “estado de bienestar”, con servicios buenos y “gratis” para todos.

Tsipras habla de derechos y no de responsabilidades. Rechaza la austeridad de la señora Merkel, tan ridículamente preocupada por el dinero que le entregan los laboriosos alemanes para que lo custodie, y la insolencia de los bancos y tenedores de bonos que pretenden cobrar los intereses pactados o los que se derivan del creciente riesgo-país, en la medida en que los inversionistas le ven las orejas al lobo.

Naturalmente, Tsipras combate la corrupción de los políticos y empresarios, que es mucha, pero no menciona la del “pueblo”, que defrauda a Hacienda, simula enfermedades para recibir pensiones –es el país desarrollado con más “ciegos legales” del planeta—, cobra empleos en los que no trabaja, cuenta con centenares de profesionales sufridos, que pueden jubilarse a los 50 o 55 años con un 96% del salario, entre los que se incluyen peluqueros y locutores, y, pese tener un desastroso sistema público de enseñanza, posee cuatro veces más profesores per cápita que Finlandia, el país que mejor transmite los conocimientos, de acuerdo con la pruebas PISA.

Tsipras lenin Stalin IglesiasEl predecible triunfo de Syriza posiblemente impulse el de “Podemos” en España, una formación similar, dirigida por el joven profesor comunista-chavista Pablo Iglesias, con el agravante de que éste viene de contribuir decisiva y alegremente a la destrucción de Venezuela, mediante diversos tipos de asesorías dados por una fundación afín a su grupo (llegaron a tener un despacho en Miraflores, la casa de gobierno, y recibieron por sus servicios aproximadamente cinco millones de dólares). Asesorías que incluyen el manejo de la economía y hasta de las prisiones (¡madre mía!).

Iglesias y TsiprasIglesias y Tsipras, además de la ideología comunista, comparten un dato biográfico elocuente. Ambos han vivido siempre dentro del ámbito público, subsidiados o becados por el conjunto de los ciudadanos por medio de los impuestos.

Quizás ello explica que ninguno de los dos advierta que los problemas de España y Grecia no derivan del mercado o de la distribución de ingresos, sino de la debilidad del tejido productivo. Ambos países, por cierto, exhiben un bajo coeficiente GINI (32 y 34.3 respectivamente. Mejores que Canadá y Nueva Zelanda).

Lo que España y Grecia necesitan es más capitalismo, pero del bueno, el que se funda en la competencia y la meritocracia y no en el compadreo y la coima. Requieren muchas más empresas exitosas y competitivas en la esfera privada, porque ya sabemos a qué círculo del infierno nos conducen las empresas públicas. Lo que también necesitan, son Estados eficientes y honrados que ahorren y administren escrupulosa y transparentemente el dinero de los contribuyentes.

Ninguna persona sensata tiene nada en contra del Estado de Bienestar, siempre que la sociedad que lo disfruta lo haya elegido democráticamente y trabaje para costearlo. Como hacen, por ejemplo, los daneses o los austriacos.

Lo que resulta un disparate injustificable –la frase es de Ricardo López Murphy con relación a Argentina, tan parecida a Grecia y España–, es “trabajar como en Sicilia y querer vivir como en Suecia, pero culpando a Estados Unidos o a Alemania cuando, lógicamente, no se consigue”.

Nos vemos, preocupados, en el 2015.


Carlos Alberto Montaner
Carlos Alberto Montaner

*Periodista y escritor
Vicepresidente de la Internacional Liberal
@CarlosAMontaner



 
¿QUÉ JUSTIFICA LA GUERRA? PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Sábado, 18 de Octubre de 2014 23:21

Por José M. Burgos S.-

Toda guerra es igual: cruel, injusta y sanguinaria y puede ser evitada de una manera muy sencilla: ¡no realizándola!, de esa forma se habrá vencido al más infame de los absurdos, la maldita guerra, porque, al final de cuentas, en ella todos pierden. Hasta el vencedor.


¿QUÉ JUSTIFICA LA GUERRA?

Toda guerra es igual: cruel, injusta y sanguinaria y puede ser evitada de una manera muy sencilla: ¡no realizándola!, de esa forma se habrá vencido al más infame de los absurdos, la maldita guerra, porque, al final de cuentas, en ella todos pierden. Hasta el vencedor.
Es que no existen guerras justas, ni santas. Bien decía el gran humanista y filósofo holandés Erasmo, al afirmar que “es preferible una mala paz, que una buena guerra”.

¿Qué beneficios y satisfacción proporcionará a los vencedores recordar las masacres y el dolor que dejaron a su paso después de pisotear y humillar al vencido hasta despojarlo de su dignidad? ¿Qué sentirán cuando a solas recuerden tanta sangre derramada de personas inocentes, sin saber ni siquiera el porqué?

La guerra es odio y genera odio. La paz es amor y genera amor. Conservar la paz es la más grande de las victorias.

Respetar y ser respetado, sin necesidad de llegar a la violencia, porque somos capaces de amar y compartir, en lugar de usurpar y odiar, es un logro inmenso. Es la más grande de las victorias.

Qué bello es mirarnos al espejo y ver reflejados en él, seres humanos sin resentimientos ni odios y con las conciencias tranquilas.

¿Qué derecho le asiste a un país para atacar a otro? ¿será que acaso los seres humanos somos incapaces de respetar a otros porque piensan diferente y tienen costumbres diferentes?
Los jóvenes que van a la guerra, van a matar sin saber los verdaderos motivos. A estos jóvenes se les ha enseñado a odiar a un enemigo que ni siquiera conocen. Quienes sí los saben son los poderosos que se lucran con la desdicha de los débiles.

No sobra reiterar una, y mil veces, que no existe ninguna razón que justifique iniciar una serie de masacres que sólo genera desdicha a y que empobrece a los más necesitados, dejando tras de sí un doloroso saldo de cadáveres, de cuerpos mutilados, de ruina y desolación.
Los soldados tiran a matar sin pensar ni sentir nada más que odio hacia “los supuestos enemigos”. Odio ciego que les han inculcado inclementemente hacia “ese enemigo” cuya vida no vale nada. Se les hace creer que son perversos, que no son seres humanos como ellos, y que, por lo tanto, es necesario aniquilarlos. Se les ha enseñado a no pensar, porque si pensaran, no dispararían.

Es importante aprender a defendernos, pero enseñando a nuestra juventud a amar, respetar y compartir y no a ver enemigos dondequiera por el simple hecho de tener costumbres diferentes. Enseñarles que hay que vivir y dejar vivir, enseñarles que nadie es dueño de la vida de otro ser humano.

Así quizás, en un futuro los hombres nos convirtamos en emisarios de la paz y dejemos a un lado el resentimiento y que en lugar de saquear, seamos capaces de compartir y vivir en armonía.

No es justo que la muerte de aquellos que dejaron sus vidas en campos de batalla se conviertan tan solo en frías estadísticas y en la inconsciencia de los políticos que la aprobaron.

José M. Burgos S.

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La gran lección de Hong Kong PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Sábado, 04 de Octubre de 2014 19:16

Por Carlos Alberto Montaner.-

En Tiananmen, en el corazón de Pekín, hace 25 años unos cuantos millares de jóvenes chinos lucharon valientemente por instaurar la libertad en el país y fueron aplastados.

Nunca se supo si representaban al conjunto de la sociedad china. Tal vez, no lo sé, eran demasiado educados y urbanos para pretender que sus valores y urgencias políticas fueran las de la mayoría de “los chinos”. En todo caso, fue una emocionante aventura que se saldó brutalmente con miles de muchachos aniquilados.

Hoy es otra cosa. Quienes ocupan las calles y plazas en Hong Kong se resisten a perder la libertad. Ya la han conocido. No quieren que se la arranquen. Han vivido sin miedo. No padecieron la pesadilla del maoísmo ni la malsana estupidez del colectivismo. Se asocian libremente. Leen y opinan lo que les place. Toman sus propias decisiones. Se asoman a Internet y a los canales de radio y televisión internacionales sin interferencia del gobierno. Se han acostumbrado a la protección de un Estado de Derecho, a jueces justos que persiguen la escasa corrupción de los funcionarios públicos, y al sabor y al olor de la libertad. No quieren perder ese inmenso capital.

No es aventurado suponer que esos siete millones de habitantes no desean ser gobernados dictatorialmente por los apparatchiks del Partido Comunista. En 1997, cuando Londres le entregó la llave de Hong Kong a China, el acuerdo es que habría un país, pero dos sistemas. Hong Kong seguiría siendo una democracia liberal.

Hong Kong 12
Las protestas de Hong Kong son más peligrosas que las de la Plaza de Tiananmen, aun cuando ocurran muy lejos de Pekín, en un remoto confín de China. En Tiananmenn, pudieron ser aplastadas de un puñetazo sin pagar por ello un precio económico grave.

Hong Kong, en cambio, aunque es una excrecencia geológica de poco más de mil kilómetros cuadrados, con apenas el 0.5 de la población de China –siete millones frente a 1300–, canaliza el 11% del comercio del país, cuenta con reservas por cuatro billones de dólares (trillones en inglés), posee un per cápita cuatro veces mayor que el de sus conciudadanos, y la pobreza ha sido casi totalmente erradicada. Entrar a saco en Hong Kong sería destruir la vitrina económica de China y una demostración de la peor irracionalidad e inmoralidad posibles.

El éxito económico de Hong Kong es uno de los milagros sociales más importantes de la historia contemporánea. Más aún: el cambio del modelo económico de China continental no se debió tanto al fracaso del disparate marxista-leninista, fenómeno inevitable que ha sucedido siempre, como al éxito de hongkoneses, taiwaneses y singapurenses, tres enclaves chinos que demostraron cómo la economía de mercado, el comercio libre y la propiedad privada podían terminar con la pobreza y desarrollar a un país en el curso de 20 o 30 años, pese a carecer de riquezas naturales y vivir amenazados por un gigante hostil poseedor de un ejército formidable.

Mao, como fundador cruel de la colmena colectivista, murió sin dar su brazo a torcer, sin importarle las decenas de millones de personas que fusiló o mató de hambre con sus necios inventos falsamente desarrollistas, pero sus sucesores tuvieron el sentido común de imitar, aunque fuera parcialmente, a los chinos exitosos del planeta.

Sir John Cowperthwaite

Lo interesante del caso de Hong Kong, es que su notable desarrollo se debe a la gloriosa terquedad liberal de un escocés, Sir John Cowperthwaite, discípulo de su remoto paisano Adam Smith, quien decidió nadar contra la corriente estatista intervencionista, imperante en el mundo tras la derrota de nazis y fascistas en 1945, y poner a prueba el libre comercio, la ausencia de subsidios, el gasto público mínimo, el presupuesto equilibrado y las regulaciones limitadas.

Cowperthwaite, había sido situado en Hong Kong por la diplomacia inglesa para contribuir a administrar ese empobrecido fleco colonial adquirido por las malas en el siglo XIX. Poco a poco fue ascendiendo, hasta que el 17 de abril de 1961 lo nombraron Secretario de Finanzas de Hong Kong. Su lema era terminante: prefería confiar en la mano invisible del mercado que en los dedos torcidos de los burócratas. Erigió, y funcionó estupendamente, el paraíso del laissez-faire.

El Reino Unido, gobernado por Clement Atlee, país entonces embarcado en los errores económicos de un socialismo dirigista que nacionalizó numerosas empresas y se embelesó con los inflacionistas cantos de sirenas del keynesianismo, no le prestó mucha atención a lo que sucedía en ese pintoresco rincón del sudeste de Asia. Bastante tenía con reconstruir la nación tras los bombardeos de los cohetes V-2 y los Stukas alemanes.

Hong Kong 14

Es una lástima que los excomunistas, de Pekín, que ya no son otra cosa que una organización mafiosa de operadores políticos afincados en la policía y el ejército para esquilmar a los trabajadores chinos, no se atrevan a aprender la otra lección de Hong Kong: se puede ser ricos y libres. Ellos lo son y están dispuestos a defender esas conquistas.



Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner

*Periodista y escritor
Vicepresidente de la Internacional Liberal
@CarlosAMontaner

Última actualización el Sábado, 18 de Octubre de 2014 23:40
 
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