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Artigos: Mundo
Siete presos políticos cubanos ya están libres, ¿se habrán enterado ellos? PDF Imprimir E-mail
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Miércoles, 14 de Julio de 2010 11:25

Por ZOE VALDÉS

Llegué a Barajas, junto a Blanca Reyes, fundadora y representante de las Damas de Blanco en Europa, esposa de Raúl Rivero, y con el periodista Orlando Fondevilla. Aún cuando llamamos a varias oficinas nos desinformaron todo lo que les dio la gana, llegamos primero a la Terminal 1, a donde nos habían mandado, luego de enterarnos de que los presos políticos cubanos llegarían por la T4, tomamos el bus y nos juntamos allí con el resto de la prensa española e internacional.

Nos hicieron esperar, no era seguro que a los cubanos que allí estábamos nos dejaran entrar, aún cuando yo iba en calidad de periodista de elEconomista. En efecto, a Blanca Reyes le impidieron el acceso, yo tuve que colarme, y gracias a la protesta de unos periodistas concedieron que me quedara.

La conferencia de prensa se desarrolló en un lugar bastante aislado, dentro del aeropuerto, sin lugar a dudas dedicado a recibir a personalidades bajo controles férreos. Espera, control increíble, por fin aparecieron los siete hombres, algunos más desmejorados que otros.

El representante del gobierno español dio la bienvenida con sus palabras oficialistas donde sólo reconoció los "esfuerzos" de la dictadura castrista, de la iglesia, y del gobierno español. Otro canje de los que se aprovecha el régimen para retomar fuerzas y encarcelar a otros, u olvidarse de los que no siendo de la Primavera Negra del 2003, llevan ya más de 15 años presos.

En calidad de inmigrantes en lugar de refugiados políticos

De las 52 excarcelaciones prometidas, sólo siete cubanos llegaron a Barajas este mediodía. Uno de los presos leyó un comunicado, donde se podía advertir la necesidad de agradecer a las autoridades indicadas, y los verdaderos agradecimientos a los cubanos encarcelados, a las Damas de Blanco, a Orlando Zapata Tamayo, a Guillermo Fariñas, al exilio.

Se autorizado solamente dos preguntas. Pese a que levanté la mano en varias ocasiones no me pasaron el derecho a preguntar. Mi pregunta era la siguiente: ¿saben estos hombres que pese a ser prisioneros políticos, enfermos y torturados durante siete años, llegan a España en calidad de inmigrantes en lugar de refugiados políticos? ¿Saben ellos lo que eso significa? Espero que ya se lo hayan explicado.

Los sacaron de aquel salón y los introdujeron en otro recinto. Después se reunieron con sus familiares en un área donde no tuvimos acceso los periodistas. Blanca Reyes, y el periodista Fondevilla pudieron abrazarlos. Yo aún no. Espero hacerlo pronto. ¡Bienvenidos a la libertad! Sean cautelosos, y exijan sus derechos, hermanos.

Última actualización el Miércoles, 14 de Julio de 2010 11:27
 
Espías rusos y agentes de influencia PDF Imprimir E-mail
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Domingo, 04 de Julio de 2010 21:33

Por CARLOS ALBERTO MONTANER

La noticia de los espías rusos descubiertos en Nueva York, más allá de los aspectos bufos de este episodio, es una mina de interesantísima información y análisis. Lo primero que hay que descartar es la ingenua noción de que terminó del todo la guerra fría. Eso no es cierto. Los servicios de espionaje tienen su propia dinámica interna, lo que genera su propia inercia.

Cuando Lenin toma el poder en 1917, edifica la Cheka, su temible policía política, sobre los cimientos de la muy eficiente Ojranka del zarismo. Por un tiempo, los métodos y hasta los agentes serán los mismos. Luego, el organismo va cambiando de nombre en la medida en que la lucha por el poder genera nuevos actores, pero sin desprenderse de la impronta original del zarismo: la Cheka se transforma en GPU, luego en NKVD, más tarde en KGB y, por último, en el actual Servicio de Inteligencia Extranjera (SIE).

Este cuerpo de inteligencia, organizado tras el fin del comunismo, la desaparición de la URSS y la renuncia a las supersticiones marxistas, fue el que sembró a esta decena de agentes en Estados Unidos. ¿Por qué lo hizo si ya habían descartado el proyecto de conquista mundial y hasta se desembarazaban de unos cuantos satélites costosos e inútiles? Lo hizo porque esos eran los métodos que llevaban utilizando un siglo largo. Con el lóbulo derecho del cerebro entendían que el comunismo era un proyecto fallido y el marxismo un grave error intelectual, pero con el izquierdo continuaban sospechando de Occidente, especialmente de Estados Unidos, y necesitaban combatirlo, sin saber muy bien para qué. Supongo que en los interrogatorios, junto a los agentes del FBI, se sentarán unos cuantos psiquiatras a estudiar esta fascinante variedad de la esquizofrenia ideológica.

En el grupo hay una latinoamericana que no encaja muy bien en la operación. La señora Vicky Peláez, peruana, periodista de El Diario-La Prensa de Nueva York. Cayó en la redada junto a su marido, quien se hace llamar Juan Lázaro Fuentes y se presenta como uruguayo aunque parece ser un ruso. Peláez era una columnista muy radical, visceralmente antinorteamericana, defensora de los narcoterroristas de las FARC, de Sendero Luminoso y de la dictadura cubana. ¿Qué hacía esta pareja en medio de una decena de rusos disfrazados de norteamericanos? Tal vez sólo coincidían en la fuente de pagos. Según las acusaciones, los agentes del SIE les entregaban maletines con dinero en lugares públicos de América Latina. ¿Era sólo para ellos o debían repartir esos fondos con los rusos sembrados en Estados Unidos?

En todo caso, el interés de Peláez y de su marido no proviene de los servicios que le prestaban a Moscú, sino del papel que desempeñaban en el circuito de propaganda cubano-venezolano. Sin duda, la Rusia posterior a Gorbachov ha cancelado su modelo comunista y los planes de control planetario, pero no así el tándem Chávez-Fidel. Por absurdo y delirante que sea, Chávez se propone crear un estado comunista hermano del que los Castro erigieron en Cuba, mientras los dos países afrontan la tarea de conquistar, primero, a América Latina, y luego el resto del mundo. Ninguna persona sensata duda de que fracasarán en esa tarea, pero la historia está llena de estos loquitos iluminados que cada cierto tiempo arrastran a sus semejantes en dirección de la catástrofe.

Es dentro de esos planes donde Peláez y su esposo desempeñaban un rol. ¿Cuál? Muy sencillo: agentes de influencia. Los dos formaban parte de un circuito de propaganda forjado por los servicios cubanos desde hace décadas, hoy utilizado por los venezolanos como parte del joint-venture político que mantienen ambos países, dedicado a diseminar informaciones, defender causas, atacar adversarios y denigrar países e ideas, como parte de la gran estrategia de demolición de las ``democracias burguesas'' y de su sustitución por sociedades colectivistas de partido único. Ese circuito existe desde México a la Argentina, incluso en España y Francia, y en cada país hay uno o varios Peláez perfectamente integrados al coro dirigido desde La Habana y Caracas.

Lo curioso, y lo que la investigación acaso revele, es por qué Moscú les pagaba a estos agentes de influencia cubano-venezolanos. ¿Les prestó Cuba a Moscú estos dos agentes de influencia para facilitar el trabajo de canalizar fondos previamente ``lavados'' en la banca venezolana? ¿Son parte de una transacción mayor en la que hay otros mutuos intercambios de favores? ¿Servía el matrimonio a dos amos al mismo tiempo, a los rusos por dinero y a los cubano-venezolanos por devoción ideológica? Seguramente las respuestas las tendremos en las próximas semanas.

(C)FIRMAS PRESS

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Última actualización el Domingo, 04 de Julio de 2010 21:35
 
Cuba y la incongruencia estadounidense PDF Imprimir E-mail
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Domingo, 04 de Julio de 2010 12:12

Por RICARDO TROTTI

Soy de los periodistas que albergan dudas sobre si el embargo económico de Estados Unidos a Cuba es o no una buena práctica o si sigue siendo el mensaje más adecuado para corroer la dictadura y presionar por cambios a favor de los derechos humanos y las libertades.

Aunque creo comprender los argumentos a favor o en contra, e indistintamente me posiciono en uno u otro lado de la discrepancia, lo que no entiendo son las incongruencias del gobierno estadounidense. El miércoles, la Comisión de Agricultura del Congreso votó, con mayoría oficialista, un proyecto de ley que permitirá el turismo de estadounidenses a Cuba y ampliará las exportaciones de productos agrícolas, flexibilidad que se suma a la adoptada el año pasado por el presidente Barack Obama, al eliminar trabas para que los cubanoamericanos viajen a la isla.

No obstante que los legisladores argumentan que la nueva ley no anularía el embargo impuesto hace cinco décadas, ciertamente es contraria a los principios y espíritu que lo originaron, pues en Cuba la situación de los derechos humanos no sólo no ha mejorado, sino que ha empeorado. Basta con revisar el informe de Amnistía Internacional divulgado en Madrid esta semana, que estableció que la represión de la libertad en Cuba es estricta y sigue intacta, manifestándose a través de detenciones arbitrarias, interrogatorios y amenazas para callar a la disidencia.

El citado informe, ``Restricciones a la libertad de expresión en Cuba'', reclama que la represión contra periodistas y disidentes, lejos de aminorar, ha aumentado; lo que coincide con el reclamo que desde el 2003 viene haciendo la Sociedad Interamericana de Prensa para que se libere a decenas de comunicadores independientes y presos políticos, y que hoy es eje central de la misión del psicólogo y opositor Guillermo Fariñas, encarnada a través de su feroz y decidida huelga de hambre.

Esta incoherencia de la política estadounidense sobre la indecisión entre apoyar medidas económicas o exigir libertad, queda aún más en evidencia a la luz de una ley que Obama sancionó en mayo. La legislación, que lleva el nombre del periodista Daniel Pearl, del diario The Wall Street Journal, decapitado en Pakistán en el 2002, exige al Departamento de Estado que en sus informes sobre derechos humanos, diagnostique el estado de la libertad de prensa en cada país analizado.

La importancia de la ley radica en que se abre la posibilidad para que el gobierno pueda aplicar sanciones económicas o condicionar ayuda financiera a los estados que como Cuba, Venezuela, China, Vietnam o Irán, entre otros, encarcelan periodistas, cierran medios o restringen las libertades de prensa o reunión.

En el caso del régimen cubano, las autoridades le echan la culpa al embargo estadounidense de todas las condiciones infrahumanas en la isla, sin embargo, como recalca Amnistía, aunque el impacto es negativo, ello no es excusa para violar los derechos humanos y restringir las libertades a 11 millones de cubanos, con castigos que el Código Penal aplica a quienes representen ``peligrosidad social'', distribuyan ``propaganda enemiga'' o muestren ``desprecio a la autoridad''.

El gobierno cubano escuda en su propaganda contra el embargo las mismas injusticias y burlas que por décadas disimuló ante la comunidad internacional. Muestra ahora, con la intermediación de la Iglesia Católica, una preocupación falsa por los disidentes, a quienes está liberando a cuentagotas, como a Ariel Sigler Amaya, o trasladando a reos enfermos a cárceles más cercanas a sus domicilios.

A pesar de la incoherencia, es justo reconocer que EEUU sigue siendo uno de los países más firmes respecto a Cuba. Aún más incongruentes son muchos gobiernos de la región que achacando al embargo todos los males que aquejan al régimen cubano, pidieron su reinserción a la OEA, sabiendo que es el gobierno que viola todos los preceptos de la Carta Democrática Interamericana.

Aún así, EEUU debería ser más coherente. No debería flexibilizar su política con aquellos países donde empeora la libertad de prensa como establece la ley Daniel Pearl, una actitud de doble moral parecida a la de ciertas celebridades , que condenan el embargo, aunque organizan boicots a Arizona por su ley de inmigración.

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Última actualización el Domingo, 04 de Julio de 2010 12:13
 
El americano asustado PDF Imprimir E-mail
Escrito por Fuente indicada en la materia   
Domingo, 27 de Junio de 2010 17:11

By CARLOS ALBERTO MONTANER

Hay algún legislador norteamericano empeñado en proclamar en Estados Unidos el derecho de sangre (ius sanguinis) y renunciar al de suelo (ius soli). El propósito (no declarado) es proteger la supremacía cultural y demográfica de los ``anglos'' frente al aluvión de inmigrantes. No lo dice, pero teme, como advertía Sam Huntington, que Estados Unidos se convierta en otra cosa. La gente hace a los países, y si la gente es distinta, el país acabará siendo diferente. De acuerdo con su propuesta, sólo serían ciudadanos norteamericanos con plenos derechos los hijos de padre o madre de este origen, como sucede con los alemanes, los españoles o los italianos.

La propuesta no va a llegar a ninguna parte. Contradice la decimocuarta enmienda de la Constitución y es casi imposible derogar o modificar lo que ésta claramente dispone: es americano el que nace en Estados Unidos o se naturaliza. Pero el solo hecho de hacer ese planteamiento describe el ánimo de una parte sustancial de los estadounidenses: sienten que el país que conocieron se les escurre entre los dedos. El presidente es un afroamericano, el número de hispanos crece exponencialmente aguijoneado por la tasa de natalidad y por la riada imparable de inmigrantes legales e ilegales, y de pronto descubren que hay cinco o seis millones de personas de religión islámica regadas por toda la geografía.

No hay nada sorprendente en la actitud de estos asustados americanos. Todas las sociedades tienden a la uniformidad e intentan preservar el perfil con el que construyen los estereotipos y elaboran sus mitos. Los tea parties, esas vistosas manifestaciones de indignación general de ciudadanos blancos que defienden la idea de un estado pequeño y fiscalmente responsable, en el que se preserven las libertades individuales, de una manera indirecta son también la expresión nostálgica de aquella América dulce y tranquila que Norman Rockwell pintaba en la primera mitad del siglo XX, en la que esporádicamente se asomaban algunos negros, pero jamás comparecían los hispanos. Entonces no existían.

El argumento nacionalista se lo escuché a un enardecido televidente norteamericano: Estados Unidos está en peligro por la natural falta de patriotismo de las hordas de inmigrantes carentes de vinculación emocional con el pasado americano. ¿Qué podían significar para ellos la guerra de independencia, los ``padres fundadores'', la bandera de las barras y las estrellas o un himno que ni siquiera eran capaces de cantar porque no hablaban el idioma y porque, todo hay que decirlo, es endiabladamente difícil?

El americano asustado no entendía que aquellos ``padres fundadores'' habían creado una república basada en instituciones de derecho que apenas tenía contacto con la idea de una nación galvanizada por lazos tribales. Más que con un ``americano'', Madison y Adams, tal vez las mejores cabezas jurídicas de su época, soñaban con un ``republicano''. Un ciudadano que superara los impulsos primitivos de la tribu y se juntara a sus semejantes por la subordinación de todos al imperio de la ley.

Y era cierto. La verdadera lealtad de los ciudadanos en una república, o en lo que más vagamente llamamos un ``estado de derecho'', no es hacia los símbolos patrios o a la narrativa histórica, sino hacia los principios e ideas que le dan sentido y forma a la sociedad. Si mañana los fascistas, los comunistas o cualquier otro grupo que aborrece el respeto por las libertades individuales, se apoderan del gobierno en Washington, lo patriótico sería rechazarlos y combatirlos porque la república fue creada precisamente para mantener la vigencia de estos derechos personales. La lealtad republicana no es a una patria abstracta, sino a ciertos valores y principios.

s cierto que los inmigrantes no pueden percibir a la nación norteamericana con la misma carga emotiva de quienes se sienten parte de su historia mítica; es verdad que a los descendientes de esclavos, cuyos antepasados eran explotados por los padres fundadores, también suele estarles vedada esa emoción primaria oscuramente tribal, pero la república es otra cosa distinta. Otra cosa mucho más racional y hermosa: ésa es la verdadera casa de los inmigrantes. La gran ironía es que ese vínculo de los inmigrantes con el nuevo país de adopción está mucho más cerca del espíritu de los padres fundadores que en 1787 redactaron la Constitución que el que anima al americano asustado de nuestros días. La historia está llena de paradojas.

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Última actualización el Domingo, 27 de Junio de 2010 17:13
 
La imprudencia del general PDF Imprimir E-mail
Escrito por Fuente indicada en la materia   
Domingo, 27 de Junio de 2010 16:53

Por VICENTE ECHERRI

Aunque en circunstancias mucho menos dramáticas, el despido del general Stanley McChrystal, jefe de las operaciones en Afganistán --luego de una entrevista en la revista Rolling Stone en que se permitió algunos comentarios irrespetuosos del gobierno del presidente Obama-- recuerda el de Douglas MacArthur hace casi sesenta años. Cuando, en plena guerra de Corea, un congresista hizo pública una carta de MacArthur en que criticaba al presidente Truman de tener ``una estrategia limitada'' de ese conflicto, se produjo una crisis y el presidente optó por el relevo del ilustre soldado.

MacArthur quería usar armas nucleares contra China y el Pentágono estaba a punto de autorizarlo cuando tuvo lugar su despido. La guerra de Corea era un gran empeño bélico, mucho más importante, sin discusión, que el conflicto de Afganistán, aunque éste ya está por cumplir nueve años. Las críticas de McChrystal a la administración han sido, sin embargo, mucho más cáusticas y su menosprecio por la jefatura civil mucho más obvio. Aunque nadie ha dicho que sus comentarios puedan considerarse un acto de insubordinación, el despido estaba en regla.

La sujeción del mando militar al civil ha sido poco menos que un dogma en Estados Unidos desde la fundación de la república. En más de dos siglos de historia, y pese a la corrupción que minó la maquinaria política en algunas etapas, ese criterio ha servido para mantener a los militares ocupados en lo que más saben hacer (incluidas las tareas de matar y morir) sin pretender intervenir en el gobierno, tal como ha ocurrido tantas veces en América Latina para desgracia de nuestros pueblos y países. Esto no significa que no haya habido aquí descontento de parte de los militares, que son profesionales de la guerra, hacia sus jefes civiles que, en muchos casos, carecen de la preparación específica de cualquier cadete y quienes tienen que depender del asesoramiento de sus expertos.

El cese de McChrystal no se produce en una situación normal, donde un miembro del Estado Mayor se va de lengua con la prensa, falta a la ética del mando y termina depuesto, sino en medio de una guerra que, si bien puede catalogarse de baja intensidad --o asimétrica, como suelen denominarse ahora estos conflictos contra fuerzas irregulares--, no por eso deja de ser económica, política y moralmente costosa para Estados Unidos y sus aliados de la OTAN. Afganistán es un país mediano, de muy inhóspita geografía, con seculares problemas étnicos y un atraso endémico, donde el fanatismo musulmán ha hecho grandes progresos desde los tiempos de la ocupación soviética; cuando Occidente ponía las armas; y los islamitas, la ideología para contener a los rusos. A eso hay que agregarle el típico clientelismo de una sociedad feudal, la gestión corrupta de muchos políticos que no puede disociarse de la producción y tráfico de opio y la porosidad de las fronteras, sobre todo con Pakistán, por la que siguen cruzando con relativa impunidad los terroristas. La salida de McChrystal, pese a merecerla su indiscreción, revela también una incompetencia, y no precisamente del general.

Cuando los votantes eligieron a Obama en 2008 --más allá del encandilamiento producido por su elocuencia y de las simpatías personales que pudiera haber despertado en mucha gente-- lo hicieron, en gran medida, como una muestra de castigo para el partido del mandatario saliente, en quien muchos encontraban a un hombre torpe y empecinado que había logrado hundir al país en varios frentes. A Obama nos lo vendieron como el candidato de la inteligencia, de la distensión, de la prosperidad, del cambio... y no faltaron electores que compraran esta envoltura propulsada por el mantra del ``sí se puede''. Que un negro de nombre bárbaro y sin experiencia política pudiera llegar a la presidencia del país más poderoso de la historia donde, además, aún perviven tantos prejuicios contra los de su raza, era un triunfo del ``poder popular'', un poder que había logrado, en primer lugar, sobreponerse a la poderosa maquinaria de los Clinton en el establishment demócrata. El ``pueblo'', en su acepción más basta, quería a uno de los suyos en la Casa Blanca, y lo lograba. El que sirviera ya sería otra cosa.

Las expectativas, de todos modos, no eran muy altas, porque salíamos de la desastrada petulancia campesina de George W. Bush y cualquiera que lo sustituyera, por contraste, se mostraría con algún lustre; pero el nuevo presidente no tardó en empezar a mostrar sus debilidades que, como suele ocurrir, iban de la mano de sus virtudes: un discurso, hacia el exterior, en que quería contrapesar la arrogancia imperial que lo precediera con el acomodo y las disculpas; en tanto la administración, la diaria tarea de gobernar, iba adquiriendo una deslucida impericia. El resultado es un presidente mediocre a quien uno de sus primeros generales es incapaz de respetar. Este es el resultado neto, al que ninguna cesantía puede poner remedio.



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