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Artigos: Mundo
ES LA CULTURA, QUERIDO CARLOS ALBERTO PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Sábado, 05 de Septiembre de 2015 12:45

Por César Vidal.-

Carlos Alberto Montaner realizó hace apenas unos días una inteligente reflexión sobre el estado en que se encuentran las naciones situadas al sur del río Grande.  Prescindiendo de la evolución diversa de las ideologías y de innegables balances, lo cierto es que la frustración, la corrupción y otras lacras son menos peligrosas siguen caracterizándolas a día de hoy.  La pregunta que se plantea de manera obligatoria al examinar ese panorama es cuál es la razón de esa evolución peculiar. Hace ya unos años, esa misma cuestión también sacada a colación por Carlos Alberto Montaner provocó por mi parte la redacción de una serie titulada Por qué somos diferentes que, paso a paso y ampliada, estoy volviendo a publicar bajo los auspicios de este instituto. Sin embargo, de manera más breve, me gustaría adelantar ahora la respuesta a esas preguntas punzantes y necesarias que formulaba Montaner.   A mi juicio, no es la raza, no es el clima, no es la riqueza - o la pobreza - lo que convierte en diferentes a las naciones situadas a uno y otro lado del río Grande o, si se desea también, al norte y al sur de Europa.  La causa es la diferente cultura.  Al referirme a ella no señalo obviamente lo que es común - el internet, los teléfonos celulares, los automóviles... - sino a lo que es peculiar y distinto.  Me explico.

Mientras que la cultura de Estados Unidos y el Canadá - como la de Suecia, Finlandia, Noruega, Holanda, Gran Bretaña o Dinamarca - hunde sus raíces en la Reforma protestante del siglo XVI y en los valores recuperados por ésta, la de Hispanoamérica - como la de España, Portugal o Italia - fue moldeada por la Contrarreforma católica.  Las consecuencias son obvias para cualquiera que conozca la Historia.  Permítaseme, sin ánimo de ser exhaustivos, dar algunos ejemplos.

En la cultura nacida de la Reforma, el trabajo es visto como algo extraordinariamente positivo - Dios se lo encomendó a Adán antes de la Caída - mientras que en la de la Contrarreforma, por el contrario, es un castigo de Dios impuesto tras el pecado de nuestros primeros padres.

En la cultura nacida de la Reforma, el mundo financiero fue contemplado de manera positiva mientras que en la de la Contrarreforma, hasta bien avanzado el siglo XVI, siguieron existiendo condenas canónicas contra el préstamo a interés.  Para España resultó fatal porque su imperio careció de instrumentos financieros necesarios mientras que sus pequeños enemigos - Inglaterra, Holanda, Dinamarca... - contaban con los mismos y los opusieron con extraordinaria pericia.  Una de las razones por las que Francia se acabó imponiendo sobre España como potencia hegemónica a mediados del siglo XVII fue precisamente que no tuvo reparo en contratar a los capacitados banqueros protestantes a diferencia de la monarquía hispánica.

En la cultura nacida de la Reforma, la educación es un valor fundamental - a inicios del siglo XVI ya se crearon las primeras escuelas públicas y obligatorias de la Historia en reductos protestantes como Ginebra o Escocia - ya que sin saber leer y escribir es imposible estudiar la Biblia.  En la de la Contrarreforma, por el contrario, se podía ser santo - o conquistador - y, a la vez, analfabeto.  De hecho, no hubo leyes educativas hasta bien avanzado el siglo XIX - incluso el XX - y, generalmente, por impulso liberal y con encarnizada resistencia de la iglesia católica.  No deja de ser revelador que los Peregrinos del Mayflower contaran así con un índice de alfabetización de cerca del ochenta por ciento de los varones y del sesenta de las mujeres mientras que todavía a inicios del siglo XIX, en España e Hispanoamérica no superaba el diez por ciento.  Como consecuencia relacionada, la Reforma dio lugar a la revolución científica mientras Galileo, Pascal o Descartes - científicos procedentes de naciones católicas - se convertían en exiliados, reclusos o sospechosos.  A finales del siglo XX, en torno al noventa por ciento de los Premios Nobel serios - descarto el de literatura y el de la paz - eran protestantes o judíos - la otra gran cultura escrita - lo que no deja, nuevamente, de ser revelador.

En la cultura nacida de la Reforma, el principio de legalidad se impuso de manera rápida ya que el texto legal por antonomasia - la Biblia - se situaba por encima de papas y monarcas.  A decir verdad, a él tenían que someterse y a partir de él se los juzgaba.  Por el contrario, en la cultura de la Contrarreforma, determinadas instancias políticas y religiosas se supieron desde el principio situadas por encima del principio de legalidad.

En la cultura de la Reforma, el hurto y la mentira se convirtieron en pecados tan graves como el asesinato o el adulterio puesto que aparecían en el mismo Decálogo.  Por el contrario, en la de la Contrarreforma, no pasaron de ser pecados veniales lo que explica no poco el desprecio hacia la propiedad privada de nuestras naciones y la omnipresente corrupción por la que, generalmente, no se responde.

En la cultura de la Reforma, la separación de poderes se impuso hasta consumarse en la constitución de Estados Unidos porque se partía de la base de que el ser humano, como individuo y especie, está caído y a menos que se evitara la acumulación de poderes se caería en la tiranía.  Por el contrario, en la de la Contrarreforma, se consideró que determinados poderes absolutos - por ejemplo, el papal o el de los reyes sometidos a él - no sólo eran peligrosos sino más que deseables.

Finalmente, a lo anterior se sumó en el caso español una visión de la vida política no caracterizada por la noción de accountability - ni siquiera existe una traducción directa para esa palabra - y el concepto de civil servant sino por el de conquista y reparto de despojos.  El que llega al poder busca fundamentalmente conquistar - a veces incluso con buenas intenciones - y entregar una parte del botín a sus mesnadas.  Es algo que ya el propio Colón señaló en sus cartas a los reyes en relación con su segundo viaje y que perdura hasta el día de hoy: se busca conquistar y enriquecerse y no colonizar.  Alguno podrá decir que el destino de los indígenas fue tan aciago o más al norte que al sur.  Sin entrar en esa cuestión, no deja de resultar significativo que en Estados Unidos - no en el Canadá, sin embargo - se pudiera expulsar a los indígenas de sus tierras para colonizarlas y trabajarlas. Por el contrario, al sur del continente, los indígenas quedaban anejos a las tierras como siervos - las infames encomiendas - con la intención de que trabajaran para los conquistadores y la iglesia católica evitando que éstos a su vez se entregaran a una actividad tan infame - así lo fue legalmente hasta finales del siglo XVIII durante el reinado de Carlos III - como el trabajo.
Permítaseme al respecto citar una anécdota.  En 1962, Hollywood realizó una superproducción titulada How the West was Won.  En ella se describía magníficamente toda una filosofía de los Estados Unidos tomando como base su marcha hacia el oeste.  Los llegados a estas tierras buscaban colonizar y avanzaban en torno al núcleo familiar.  Por supuesto, aceptaban de buen grado todo tipo de avances tecnológicos - los barcos de río, el telégrafo, el ferrocarril... - y aunque en su camino se cruzaran obstáculos como la guerra civil finalmente llegaban a construir una sociedad basada en la ley y el orden.   La visión es, ciertamente, muy distinta a la de los españoles en Hispanoamérica y quizá lo más grave es que sigue resultando en buena medida incomprensible tanto para ellos como para sus descendientes.  Prueba de ello es que, en España, la película se tituló La conquista del oeste porque mis compatriotas no podían entender aquello de la colonización familiar y la supremacía de la ley, pero sí comprendían - y les gustaba - el concepto de conquista.

Cuando se reflexionan en estos aspectos que acabo de señalar - meras pinceladas - se comprende que la raíz de nuestros males está en la diferente cultura.  Ahora bien, esa situación no es ni irreversible ni irreparable.  Tampoco implica realizar tabla rasa con medio milenio de pasado.  Más bien se trata de seguir el viejo consejo paulino de "examinad todo y retened lo bueno".  De hecho, podemos mantener nuestra maravillosa lengua española; conservar la cumbia, el tango y el fandango; recrearnos en la lectura de Cervantes, la novela picaresca, Lezama Lima, Julio Cortázar o García Márquez; disfrutar del arte expresado a uno y otro lado del Atlántico y A LA VEZ, desprendernos de manera resuelta de aquellos aspectos que han lastrado trágicamente la vida de nuestras naciones.  Sin duda, será una tarea ardua educar a nuestros pueblos para que repudien la mentira y se la hagan pagar a los políticos; para que adopten una visión del trabajo bien hecho y no meramente de compromiso; para que respeten la propiedad privada y no se dejen desviar por los mensajes irrespetuosos y amenazantes hacia la misma tanto si proceden de Castro, Maduro o el papa Francisco; para que instauren una verdadera separación de poderes con independencia judicial; para que comprendan los beneficios de la supremacía de la ley; para que asuman la magnífica idea del "muro de separación" entre la iglesia y el estado defendido por los Padres fundadores de Estados Unidos o para que desarrollen una visión educativa mejor que las experimentadas hasta ahora.   Cuando se llegue a ese punto - no será tarea breve ni fácil - las naciones situadas al sur del río Grande experimentarán un salto político, social, económico y cultural como no han disfrutado hasta la fecha.   Porque, al final, no es la raza, la lengua o la riqueza.  Es la cultura, queridos amigos.

Interamerican Institute for Democracy

 
Francisco, la pobreza de los pobres y la riqueza de los ricos PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Sábado, 11 de Julio de 2015 11:33

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Por Jorge Hernández Fonseca.-

El Papa Francisco disfruta de un merecido prestigio ganado en su lucha por modernizar una Iglesia anclada en la antigüedad y que resiste la modernización que imponen los tiempos, sin perder su esencia de fe. Es por esto la sorpresa al constatar cómo "de un plumazo", Francisco nos retrotrae al período medieval de tomar partido sobre postulados científicos todavía en debate, corriendo otra vez el riesgo de la Iglesia escuchar la frase libertadora "pero se mueve".


Francisco, la pobreza de los pobres y la riqueza de los ricos

Jorge Hernández Fonseca

28 de Junio de 2015

El Papa Francisco, en su condición de Jefe de la Iglesia Católica, acaba de publicar una nueva y controvertida encíclica --"Laudato Si"-- sobre asuntos en los que la ciencia juega un papel mayor que la religión: La preservación del Medio Ambiente. Como que la Iglesia "somos todos los bautizados" --y en esa condición me siento parte de la Iglesia que actualmente dirige el Papa Francisco-- quiero dar mis puntos de vista respecto a formas y contenidos de la encíclica.

 

En primer lugar un asunto de forma: independientemente de la reconocida "infalibilidad del Papa" --y como la misma sólo se aplica a asuntos de corte religioso-- esta encíclica sólo debe entenderse como un punto de vista más, y no como un asunto doctrinal que haya que abrazar. Es una verdadera lástima, porque una encíclica debe (como mínimo) tener un sentido moral a seguir por los católicos y esta encíclica no es precisamente ese caso.

 

En segundo lugar un asunto de contenido: el Papa en su encíclica aborda los problemas del Medio Ambiente relacionándolos con aspectos de corte social y asociándolos a causas económicas. El razonamiento general de "Laudato Si" --en la especialidad medioambiental-- nos lleva de la mano a la conocida "Teoría de la Dependencia", formulada a mediados del Siglo XX por intelectuales agrupados en la Comisión Económica para América Latina, CEPAL, como un diagnóstico de los problemas socio-económicos de los "países pobres". En síntesis, esa teoría expresaba que "la pobreza de los países pobres era causada por la riqueza de los países ricos".

 

El expresidente brasileño Fernando Henrique Cardoso fue uno de los más destacados formuladores de semejante teoría, que posteriormente fue difundida en el conocido libro "Las venas abiertas de América Latina", de Eduardo Galiano. Tanto Cardoso, como posteriormente Galiano, se autocriticaron y reconocieron la falsedad de semejante teoría, enterrándola.

 

En tercer lugar, la peligrosa incursión de la iglesia Católica en el terreno científico-tecnológico mediante una encíclica papal, pudiera re-editar la histórica discusión de Galileo Galillei ante falsos dogmas establecidos voluntaristamente por autoridades religiosas, sobre temas que no le competen. Sobre estos temas las Iglesias, como otras Instituciones, tienen la opción de opinar, pero nunca desde posiciones tan altas como una encíclica papal, que para todos los católicos son entendidas como fuentes de sabiduría moral y fe, no siendo este el caso de "Laudato Si".

 

Fernando Henrique Cardoso y Eduardo Galiano reconocieron que "la pobreza de los países pobres no se debe a la riqueza de los países ricos". Ahora surge en "Laudato Si" un postulado similar: "los problemas ambientales de los países pobres son causados por los países ricos" en un juego de similitudes de dudosa aceptación hoy en día para los entendidos en problemas socio económicos, como también para una buena parte de los especialistas medioambientales.

 

El Papa Francisco disfruta de un merecido prestigio ganado en su lucha por modernizar una Iglesia anclada en la antigüedad y que resiste la modernización que imponen los tiempos, sin perder su esencia de fe. Es por esto la sorpresa al constatar cómo "de un plumazo", Francisco nos retrotrae al período medieval de tomar partido sobre postulados científicos todavía en debate, corriendo otra vez el riesgo de la Iglesia escuchar la frase libertadora "pero se mueve".

 

 

Artículos de este autor pueden ser encontrados en http://www.cubalibredigital.com

 
¿Cuando comenzará la decacencia americana? PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Domingo, 05 de Julio de 2015 13:14

Por Carlos Alberto Montaner.-

Por Carlos Alberto Montaner.-

Estados Unidos ya está en franca decadencia. Por lo menos, esa es la percepción que desea proyectar Russia Today (RT), la voz oficial del Kremlin en Occidente por medio de Internet.

 

Más allá de la propaganda, ¿es eso verdad? Al fin y al cabo, todas las potencias hegemónicas algún día dejan de serlo. Francia, que tuvo un siglo XVIII espléndido, o España y Turquía, que reinaron en el XVI y el XVII, son hoy una sombra de lo que fueron.

 

Se supone que dentro de cinco años el ejército de tierra inglés no será más numeroso que la policía de Nueva York. El Reino Unido, que fue el gran poder planetario en el siglo XIX, se encoge progresivamente, década tras década, y ya ni siquiera es imposible que se desuna y pierda Escocia.

 

¿Cómo se juzga la fortaleza de una sociedad, incluido el Estado segregado por ella?

 

A mi juicio, el gran factor que debe tomarse en cuenta es el contorno psicológico de la mayor parte de la gente que la compone. La grandeza o la insignificancia de las sociedades dependen de las percepciones, creencias, valores y actitudes de las personas que la integran.

 

En Estados Unidos, según las encuestas y la observación más obvia, los individuos respaldan libre y voluntariamente cualquiera de las opciones fundamentales de la democracia liberal (demócratas, republicanos o libertarios).

 

Las propuestas extremistas o colectivistas a la derecha o la izquierda de este espectro político —y las hay— no alcanzan el menor respaldo popular.

 

La sociedad, con razón, se queja amargamente del Congreso y sospecha de los políticos, pero no le atribuye las fallas al sistema republicano consagrado en la Constitución de 1787, sino a las personas que lo operan. Esas personas se reemplazan en elecciones periódicas.

 

Esto le da una enorme fortaleza a las instituciones y genera un altísimo nivel de fiabilidad y confianza. Casi nadie en Estados Unidos teme un futuro abrupto. En el horizonte hay leyes y cambios normados, no revoluciones.

 

Ese carácter predecible y estable de Estados Unidos ha conseguido que el país se desarrolle al modesto, pero semiconstante ritmo promedio anual del 2%, desde que en 1789 eligieron a George Washington como primer presidente.

 

Este factor, potenciado por el interés compuesto y por la energía que genera procurar el "sueño americano", ha desatado un crecimiento sostenido al que se han integrado millones de inmigrantes, emprendedores y soñadores de todo tipo.

 

Ha habido crisis, burbujas y contramarchas, pero la nación fue creciendo desde sus humildes orígenes hasta que a fines del siglo XIX ya era la mayor economía de la Tierra.

 

Medio siglo más tarde, en 1945, cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, se había convertido en la primera potencia económica, seguida de cerca por la URSS en el terreno militar.

 

Si el censo de 1790 arrojó un total de 4 millones de habitantes situados en las 13 excolonias británicas, en el 2015 ya son 320 millones. (En el trayecto —todo hay que decirlo—, mediante compras legítimas, adquisiciones forzadas y despojos, el territorio ha pasado de 2.310.629 kilómetros cuadrados a 9.526.091).

 

Nada menos que 15 generaciones consecutivas de cuotas crecientes de libertad, trabajo ininterrumpido, acumulación de capital e inversiones protegidas por las leyes, arraigado todo ello en la cosmovisión británica, y en un buen sistema judicial, han dado lugar a un proceso constante de creación de riqueza, aunque a trechos fuera parcialmente obstaculizado por crisis que siempre acababan por superarse.

 

El dato clave y casi asombroso es este: la sociedad ha multiplicado su extremadamente heterogénea población por 80, con un mínimo de sobresaltos, salvo la sangrienta Guerra Civil de 1861 a 1865, mientras mejoraban paulatinamente las condiciones de vida para casi todos.

 

En ese periodo, Estados Unidos no solo dio un enorme salto demográfico: construyó las mejores universidades del mundo, las fuerzas armadas más poderosas, los centros de investigación científica y técnica más creativos y avanzados, y el tejido empresarial más desarrollado.

 

¿Hasta cuándo durará esa impetuosa hegemonía? Vuelvo al inicio de estos papeles: mientras las personas crean en el sistema, encuentren espacio para desplegar sus sueños, obtengan incentivos morales y perciban una recompensa material razonable por sus esfuerzos y desvelos, Estados Unidos continuará su marcha triunfal por la historia.

 

Si en algún momento se descarrila ese proceso y "la gente" deja de valorar positivamente el sistema en el que viven, porque ya no lo encuentran adecuado, y tratan de sustituirlo por otro violentamente, comenzará entonces la decadencia. Los seres humanos no son lo que comen, sino lo que creen.

DIARIO DE CUBA

 
El estatismo de la FAO PDF Imprimir E-mail
Escrito por Tomado de INFOBAE   
Domingo, 28 de Junio de 2015 11:41

Por Alberto Benegas Linch.-

Desde su creación, la Food and Agriculture Organization (FAO) en 1945 ha mostrado su marcada inclinación a la adopción de medidas socialistas y una aversión al sistema de libre empresa y la propiedad privada. Hay infinidad de documentaciones que ponen de manifiesto lo dicho en el contexto de las Naciones Unidas como son las obras de Edward Griffin, Orval Watts y la experiencia personal de William Buckley, Jr. como delegado en aquella organización internacional, pero uno de los trabajos críticos de la FAO de mayor calado aun es el preparado por la Heritage Foundation de Washington D.C a través de la pluma de Juliana Geran quien se doctoró en la Universidad de Chicago y enseñó en las Universidades de Stanford y Johns Hopkins y dirigió el Institute of World Politics de la Universidad de Boston, trabajo aquél publicado con el sugestivo título de “The UN´s Food and Agriculture Organization: Becoming Part of the Problem”.

Con estos antecedentes de la FAO puede entenderse hoy, por ejemplo, el chiste de pésimo gusto que esa entidad haya premiado en este 2015 a los gobiernos de Venezuela y Argentina por la eficaz tarea para aliviar el hambre en esos países (sic).

En el muy extenso documento mencionado se destacan muchos puntos que no pueden cubrirse en una nota periodística, de modo que solo mencionaremos algunos que dividimos en doce secciones al correr de la pluma. Primero, se ha politizado la FAO en grado creciente al tiempo que se ha incrementado en grado exponencial su presupuesto y la cantidad de funcionarios contratados y “cada vez más hostil a la libre empresa. Suscribe la ideología colectivista patrocinada por las naciones más radicalizadas”.

Segundo, en la misma línea argumental la “FAO fracasa con sus consejos a los gobiernos cuyos políticas impiden el progreso agrícola […] y establece Programas de Cooperación Técnica que básicamente consiste en un centro político que es usado discrecionalmente por la dirección que provee estadísticas erróneas y engañosas, junto a medidas que desalientan a que trabajen allí profesionales calificados”.

Tercero, el caso más resonante del fracaso de la FAO fue el de la hambruna en Etiopía “en el que la FAO participó sin declarar nunca que las causas del problema eran las políticas económicas socialistas que condujeron a la catástrofe […], en aquel momento, además [de los malos consejos], quien dirigía la FAO apuntaba a sacarse de encima al representante de Etiopía al efecto de posibilitar su reelección en el cargo, lo cual logró por tres períodos de seis años cada uno”.

Cuatro, el presupuesto de la FAO constituye “una fuente de controversias permanentes porque no permite la información que permitiría una idea clara de donde se asignan los recursos proporcionados por los gobiernos con los recursos de los contribuyentes, lo cual hace que la correspondiente evaluación resulte imposible”.

Quinto, los casos de distintas naciones africanas respecto al apoyo a políticas estatistas respecto al agro, así como el caso de Tailandia en la misma dirección también en el área rural y lo mismo en China, políticas fallidas que se extienden a otras naciones como Guatemala, India y Costa Rica “todo contrario a los abordajes de la empresa privada en lo que respecta al freno al progreso agrícola”.

Sexto, en muchos sectores la FAO ha suspendido incluso la cooperación con el sector privado puesto que sus autoridades declaran que “los gobiernos pueden mejorar la planificación del área agrícola […] lo cual ha sido hoy abandonado incluso en algunos sectores de la economía china”.

Séptimo, la FAO “estimula el establecimiento del control estatal de precios como en los casos de Egipto, Tanzania, Ghana y Malí […] a lo que frecuentemente se añade el consejo de acumular granos operado por los gobiernos que naturalmente afecta al sector privado”.

Octavo, reiteradamente la administración de la FAO “reclama una redistribución de ingresos a nivel mundial […] situación que sugiere se haga a través de gobiernos o sus organismos internacionales desde los países desarrollados a los subdesarrollados que como es sabido ha producido graves problemas”.

Noveno, la FAO apunta al crecimiento poblacional, “la mentalidad maltusiana” como una de las causas de los problemas económicos en lugar de “concentrarse en el deterioro de los marcos institucionales”.

Décimo, también los consejos de la FAO respecto a plagicidas, fertilizantes y enfoques errados sobre la ecología en general han conducido a desajustes y crisis “en casos como los de Mozambique, Somalia, Nigeria y Libia en el contexto, como ha dicho una fuente de un funcionario que quiso quedar en el anonimato, que se han desdibujado cifras respecto al retorno sobre la inversión para hacer aparecer como atractiva la política aconsejada”.

Décimo primera, no solo se consignan las políticas contraproducentes de la FAO en su campo de acción sino que “interviene en otros sectores como son sus consejos en cuanto a la estatización del transporte”.

Y, por último, décimo segundo en este resumen, como conclusión la autora de este largo y documentado trabajo sostiene que “la FAO debe dejarse morir, que sería una justificada y buena muerte”.

La FAO ha insistido a poco de su instalación en la conveniencia del impuesto a la renta potencial y la reforma agraria (1955) sobre lo cual hemos escrito en otra oportunidad, conceptos que ahora parcialmente reiteramos en el contexto de la organización internacional de marras.

En las truculentas lides fiscales, desafortunadamente lo más común es la idea de lo que se ha dado en llamar “el impuesto a la renta potencial”. El concepto básico en esta materia es que el gobierno debería establecer mínimos de explotación de la tierra ya que se estima que no es permisible que hayan propiedades ociosas o de bajo rendimiento en un mundo donde existen tantas personas con hambre. El gravámen en cuestión apunta a que los rezagados deban hacerse cargo de un tributo penalizador, el cual no tendría efecto si las producciones superan la antedicha marca.

En verdad este pensamiento constituye una buena receta para aumentar el hambre y no para mitigarlo. Si pudiéramos contar con una fotografía en detalle de todo el planeta, observaríamos que hay muchos bienes inexplorados: recursos marítimos, forestales, mineros, agrícola-ganaderos y de muchos otros órdenes conocidos y desconocidos. La razón por la que no se explota todo simultáneamente es debido a que los recursos son escasos. Ahora bien, la decisión clave respecto a que debe explotarse y que debe dejarse de lado puede llevarse a cabo solo de dos modos distintos. El primero es a través de imposiciones de los aparatos estatales politizando el proceso económico, mientras que el segundo se realiza vía los precios de mercado. En este último caso el cuadro de resultados va indicando los respectivos éxitos y fracasos en la producción. Quien explota aquello que al momento resulta antieconómico es castigado con quebrantos del mismo modo que quien deja inexplorado aquello que requiere explotación. Solo salen airosos aquellos que asignan factores productivos a las áreas que se demandan con mayor urgencia.

Las burocracias estatales operan al margen de los indicadores clave del mercado y, por ende, inexorablemente significan derroche de los siempre escasos factores de producción (si hacen lo mismo que hubiera hecho el mercado libre y voluntariamente, no hay razón para su intervención ni para los gastos administrativos correspondientes y, por otra parte, la única manera de conocer que es lo que la gente quiere en el mercado es dejarlo actuar). Este desperdicio de capital que generan los gobiernos naturalmente conduce a una reducción de ingresos y salarios en términos reales puesto que las tasas de capitalización constituyen la causa de los posibles niveles de vida, con lo que en definitiva el impuesto a la renta potencial incrementa los faltantes alimenticios de la población.

Esta conclusión es del todo aplicable a la tan cacareada “reforma agraria” en cuanto a las disposiciones gubernamentales que expropian y entregan parcelas de campo a espaldas de los cambios de manos a que conducen arreglos contractuales entre las partes en concordancia con los reclamos de la respectiva demanda de bienes finales, lo cual ubica a los bienes de orden superior en los sectores necesarios para tal fin. Ese desconocimiento de los procesos de compra-venta inherentes al mercado también perjudica gravemente las condiciones de vida de la gente, muy especialmente de los más necesitados.

Los procesos de mercado recogen información dispersa y fraccionada entre millones de personas a través de los precios, sin embargo, los agentes gubernamentales puestos en estos menesteres invariablemente concentran ignorancia con lo que se desarticula el mercado, lo cual genera las consiguientes contracciones respecto a lo que se requiere y sobrantes de lo que no se demanda, dadas las circunstancias imperantes.

En este tema de los impuesto a la tierra hay una tradición de pensamiento que surge de los escritos de Henry George por lo que se considera que los impuestos a la tierra se justifican debido a que ese factor de producción se torna más escaso con el mero transcurso del tiempo (solo puede ampliarse en grado infinitesimal) mientras que el aumento de la población y las estructuras de capital elevan su precio sin que el dueño de la tierra tenga el mérito de tal situación. Por ende, se continúa diciendo, hay una “renta no ganada” que debe ser apropiada por el gobierno para atender sus funciones.

Este razonamiento no toma en cuenta que todos los ingresos de todas las personas se deben a la capitalización que generan otros y no por ello se considera que el ingreso correspondiente no le pertenece al titular. Esto ocurre no solo con los beneficios crematísticos (los ingresos no son los mismos del habitante de Uganda del que vive en Canadá, precisamente debido a que las tasas de capitalización de terceros no son las mismas) sino de beneficios de otra naturaleza como el lenguaje que existe en el momento del nacimiento del beneficiario y así sucesivamente con tantas otras ventajas que se obtienen del esfuerzo acumulado de la civilización.

En alguna oportunidad se ha legislado “para defenderse de la extranjerización de la tierra” lo cual ha hecho también la FAO, como si los procesos abiertos y competitivos en la asignación de los siempre escasos factores productivos fueran diferentes según el lugar donde haya nacido el titular, y como si los lugareños que declaman sobre nacionalismos no descendieran de extranjeros en un proceso de continúo movimiento desde la aparición del hombre en África. Esta visión de superlativa ceguera y de cultura alambrada es incapaz de percatarse que las fronteras y las jurisdicciones territoriales son al solo efecto de evitar la concentración de poder en manos de un gobierno universal, y no porque “los buenos” son los locales y “los malos” los extranjeros (atrabiliaria clasificación que, entre otras cosas, reniega de nuestros ancestros).

Es de esperar que en debates abiertos se perciba que los procesos de mercado son los más efectivos para reducir el hambre y no la politización de un tema tan delicado que barre con las señales para asignar recursos del modo más adecuado a las necesidades, especialmente de los más débiles. Respecto a las peligrosas falacias que rodean al tema específico de la ecología, las he tratado en mi trabajo titulado “Debate sobre ecología” que puede localizarse en Internet.

 
Victorias del califato PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Viernes, 22 de Mayo de 2015 11:05

Por: Lluís Bassets.-

El tedio y la costumbre son un enemigo peligroso y destructivo. Con Ramadi son ya tres las capitales de provincia, dos en Irak y una en Siria, que caen en manos del Estado Islámico (EI). Una vez en sus manos la capital provincial, la entera y extensa provincia sunnita de Anbar, en las puertas de Bagdad, está al alcance de los yihadistas, incluida la ya ocupada refinería de Baiji.

Dentro de pocos días se cumplirá un año de la caída de Mosul, la segunda ciudad iraquí, y de la proclamación del califato, y nada parece alterar el pulso y la sangre fría de la comunidad internacional. A los jeques del Consejo de Cooperación del Golfo que asistieron la pasada semana a la reunión en Camp David con Barack Obama no les preocupan los avances del Estado Islámico en Irak y Siria sino el peligro que representa un Irán con industria nuclear y sin sanciones occidentales. Lo que preocupa a los países europeos mediterráneos son las oleadas de refugiados que llegan a sus costas desde Libia. Y lo que quita el sueño a los de la Europa septentrional son las amenazas de Putin y los avances de sus hombrecillos de verde en la cuenca ucrania del Donbas.

Sí, hay una coalición de 60 países alrededor de Estados Unidos, unos para actuar solo en Irak, otro solo en Siria, algunos en ambas partes, con el objetivo de parar los pies al Estado Islámico. Pero de momento casi todo se limita a bombardeos desde el aire, de efectividad muy limitada a la hora de frenar el avance terrestre de las tropas del califato terrorista. Quizás sea cierta la noticia sin confirmar de que Abubaker Al Bagdadi, el califa autoproclamado, se halla herido gravemente y solo puede grabar mensajes de voz, pero tendría todos los motivos para hacer como Lenin en octubre de 1918, cuando arrancó a bailar sobre la nieve, admirado de que la revolución llevara ya un año de vida.

El Estado Islámico ha sufrido muchas derrotas. Perdió la ciudad de Kobane, junto a la frontera turca. Ha perdido Tikrit hace pocas semanas. El pasado viernes sufrió el ataque fulgurante de un comando aerotransportado estadounidense en Siria, en el que perdió la vida su ministro del petróleo. Pero puede exhibir lo que más le diferencia de Al Qaeda, la organización matriz que ahora es también su competidora en la atracción de los yihadistas: mantiene e incluso administra un territorio con varias ciudades, tiene una cabeza visible a la que presenta como califa de todos los musulmanes, ha conseguido la obediencia de numerosos grupos yihadistas de todo el mundo y además resiste, dura, persiste.

Incluso sus derrotas confirman el acierto político más que militar de su estrategia. Ha sido el ejército sirio de Bachar el Asad quien acaba de frenar al EI en las puertas de Persépolis. Solo las milicias chiitas, quien sabe si comandadas directamente desde Teherán, pueden frenarle en las puertas de Bagdad. El califato de Al Bagdadi se ha convertido en la punta de lanza sunnita de la guerra abierta contra los chiitas, en la que no hay ni un solo país sunnita, sea Egipto, Turquía o Arabia Saudí, que consiga disimular y ocultar a favor de quien apuesta en esta sangrienta y trascendental partida.

EL PAÍS; ESPAÑA

 
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