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Artigos: Mundo
¿Cuando comenzará la decacencia americana? PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Domingo, 05 de Julio de 2015 13:14

Por Carlos Alberto Montaner.-

Por Carlos Alberto Montaner.-

Estados Unidos ya está en franca decadencia. Por lo menos, esa es la percepción que desea proyectar Russia Today (RT), la voz oficial del Kremlin en Occidente por medio de Internet.

 

Más allá de la propaganda, ¿es eso verdad? Al fin y al cabo, todas las potencias hegemónicas algún día dejan de serlo. Francia, que tuvo un siglo XVIII espléndido, o España y Turquía, que reinaron en el XVI y el XVII, son hoy una sombra de lo que fueron.

 

Se supone que dentro de cinco años el ejército de tierra inglés no será más numeroso que la policía de Nueva York. El Reino Unido, que fue el gran poder planetario en el siglo XIX, se encoge progresivamente, década tras década, y ya ni siquiera es imposible que se desuna y pierda Escocia.

 

¿Cómo se juzga la fortaleza de una sociedad, incluido el Estado segregado por ella?

 

A mi juicio, el gran factor que debe tomarse en cuenta es el contorno psicológico de la mayor parte de la gente que la compone. La grandeza o la insignificancia de las sociedades dependen de las percepciones, creencias, valores y actitudes de las personas que la integran.

 

En Estados Unidos, según las encuestas y la observación más obvia, los individuos respaldan libre y voluntariamente cualquiera de las opciones fundamentales de la democracia liberal (demócratas, republicanos o libertarios).

 

Las propuestas extremistas o colectivistas a la derecha o la izquierda de este espectro político —y las hay— no alcanzan el menor respaldo popular.

 

La sociedad, con razón, se queja amargamente del Congreso y sospecha de los políticos, pero no le atribuye las fallas al sistema republicano consagrado en la Constitución de 1787, sino a las personas que lo operan. Esas personas se reemplazan en elecciones periódicas.

 

Esto le da una enorme fortaleza a las instituciones y genera un altísimo nivel de fiabilidad y confianza. Casi nadie en Estados Unidos teme un futuro abrupto. En el horizonte hay leyes y cambios normados, no revoluciones.

 

Ese carácter predecible y estable de Estados Unidos ha conseguido que el país se desarrolle al modesto, pero semiconstante ritmo promedio anual del 2%, desde que en 1789 eligieron a George Washington como primer presidente.

 

Este factor, potenciado por el interés compuesto y por la energía que genera procurar el "sueño americano", ha desatado un crecimiento sostenido al que se han integrado millones de inmigrantes, emprendedores y soñadores de todo tipo.

 

Ha habido crisis, burbujas y contramarchas, pero la nación fue creciendo desde sus humildes orígenes hasta que a fines del siglo XIX ya era la mayor economía de la Tierra.

 

Medio siglo más tarde, en 1945, cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, se había convertido en la primera potencia económica, seguida de cerca por la URSS en el terreno militar.

 

Si el censo de 1790 arrojó un total de 4 millones de habitantes situados en las 13 excolonias británicas, en el 2015 ya son 320 millones. (En el trayecto —todo hay que decirlo—, mediante compras legítimas, adquisiciones forzadas y despojos, el territorio ha pasado de 2.310.629 kilómetros cuadrados a 9.526.091).

 

Nada menos que 15 generaciones consecutivas de cuotas crecientes de libertad, trabajo ininterrumpido, acumulación de capital e inversiones protegidas por las leyes, arraigado todo ello en la cosmovisión británica, y en un buen sistema judicial, han dado lugar a un proceso constante de creación de riqueza, aunque a trechos fuera parcialmente obstaculizado por crisis que siempre acababan por superarse.

 

El dato clave y casi asombroso es este: la sociedad ha multiplicado su extremadamente heterogénea población por 80, con un mínimo de sobresaltos, salvo la sangrienta Guerra Civil de 1861 a 1865, mientras mejoraban paulatinamente las condiciones de vida para casi todos.

 

En ese periodo, Estados Unidos no solo dio un enorme salto demográfico: construyó las mejores universidades del mundo, las fuerzas armadas más poderosas, los centros de investigación científica y técnica más creativos y avanzados, y el tejido empresarial más desarrollado.

 

¿Hasta cuándo durará esa impetuosa hegemonía? Vuelvo al inicio de estos papeles: mientras las personas crean en el sistema, encuentren espacio para desplegar sus sueños, obtengan incentivos morales y perciban una recompensa material razonable por sus esfuerzos y desvelos, Estados Unidos continuará su marcha triunfal por la historia.

 

Si en algún momento se descarrila ese proceso y "la gente" deja de valorar positivamente el sistema en el que viven, porque ya no lo encuentran adecuado, y tratan de sustituirlo por otro violentamente, comenzará entonces la decadencia. Los seres humanos no son lo que comen, sino lo que creen.

DIARIO DE CUBA

 
El estatismo de la FAO PDF Imprimir E-mail
Escrito por Tomado de INFOBAE   
Domingo, 28 de Junio de 2015 11:41

Por Alberto Benegas Linch.-

Desde su creación, la Food and Agriculture Organization (FAO) en 1945 ha mostrado su marcada inclinación a la adopción de medidas socialistas y una aversión al sistema de libre empresa y la propiedad privada. Hay infinidad de documentaciones que ponen de manifiesto lo dicho en el contexto de las Naciones Unidas como son las obras de Edward Griffin, Orval Watts y la experiencia personal de William Buckley, Jr. como delegado en aquella organización internacional, pero uno de los trabajos críticos de la FAO de mayor calado aun es el preparado por la Heritage Foundation de Washington D.C a través de la pluma de Juliana Geran quien se doctoró en la Universidad de Chicago y enseñó en las Universidades de Stanford y Johns Hopkins y dirigió el Institute of World Politics de la Universidad de Boston, trabajo aquél publicado con el sugestivo título de “The UN´s Food and Agriculture Organization: Becoming Part of the Problem”.

Con estos antecedentes de la FAO puede entenderse hoy, por ejemplo, el chiste de pésimo gusto que esa entidad haya premiado en este 2015 a los gobiernos de Venezuela y Argentina por la eficaz tarea para aliviar el hambre en esos países (sic).

En el muy extenso documento mencionado se destacan muchos puntos que no pueden cubrirse en una nota periodística, de modo que solo mencionaremos algunos que dividimos en doce secciones al correr de la pluma. Primero, se ha politizado la FAO en grado creciente al tiempo que se ha incrementado en grado exponencial su presupuesto y la cantidad de funcionarios contratados y “cada vez más hostil a la libre empresa. Suscribe la ideología colectivista patrocinada por las naciones más radicalizadas”.

Segundo, en la misma línea argumental la “FAO fracasa con sus consejos a los gobiernos cuyos políticas impiden el progreso agrícola […] y establece Programas de Cooperación Técnica que básicamente consiste en un centro político que es usado discrecionalmente por la dirección que provee estadísticas erróneas y engañosas, junto a medidas que desalientan a que trabajen allí profesionales calificados”.

Tercero, el caso más resonante del fracaso de la FAO fue el de la hambruna en Etiopía “en el que la FAO participó sin declarar nunca que las causas del problema eran las políticas económicas socialistas que condujeron a la catástrofe […], en aquel momento, además [de los malos consejos], quien dirigía la FAO apuntaba a sacarse de encima al representante de Etiopía al efecto de posibilitar su reelección en el cargo, lo cual logró por tres períodos de seis años cada uno”.

Cuatro, el presupuesto de la FAO constituye “una fuente de controversias permanentes porque no permite la información que permitiría una idea clara de donde se asignan los recursos proporcionados por los gobiernos con los recursos de los contribuyentes, lo cual hace que la correspondiente evaluación resulte imposible”.

Quinto, los casos de distintas naciones africanas respecto al apoyo a políticas estatistas respecto al agro, así como el caso de Tailandia en la misma dirección también en el área rural y lo mismo en China, políticas fallidas que se extienden a otras naciones como Guatemala, India y Costa Rica “todo contrario a los abordajes de la empresa privada en lo que respecta al freno al progreso agrícola”.

Sexto, en muchos sectores la FAO ha suspendido incluso la cooperación con el sector privado puesto que sus autoridades declaran que “los gobiernos pueden mejorar la planificación del área agrícola […] lo cual ha sido hoy abandonado incluso en algunos sectores de la economía china”.

Séptimo, la FAO “estimula el establecimiento del control estatal de precios como en los casos de Egipto, Tanzania, Ghana y Malí […] a lo que frecuentemente se añade el consejo de acumular granos operado por los gobiernos que naturalmente afecta al sector privado”.

Octavo, reiteradamente la administración de la FAO “reclama una redistribución de ingresos a nivel mundial […] situación que sugiere se haga a través de gobiernos o sus organismos internacionales desde los países desarrollados a los subdesarrollados que como es sabido ha producido graves problemas”.

Noveno, la FAO apunta al crecimiento poblacional, “la mentalidad maltusiana” como una de las causas de los problemas económicos en lugar de “concentrarse en el deterioro de los marcos institucionales”.

Décimo, también los consejos de la FAO respecto a plagicidas, fertilizantes y enfoques errados sobre la ecología en general han conducido a desajustes y crisis “en casos como los de Mozambique, Somalia, Nigeria y Libia en el contexto, como ha dicho una fuente de un funcionario que quiso quedar en el anonimato, que se han desdibujado cifras respecto al retorno sobre la inversión para hacer aparecer como atractiva la política aconsejada”.

Décimo primera, no solo se consignan las políticas contraproducentes de la FAO en su campo de acción sino que “interviene en otros sectores como son sus consejos en cuanto a la estatización del transporte”.

Y, por último, décimo segundo en este resumen, como conclusión la autora de este largo y documentado trabajo sostiene que “la FAO debe dejarse morir, que sería una justificada y buena muerte”.

La FAO ha insistido a poco de su instalación en la conveniencia del impuesto a la renta potencial y la reforma agraria (1955) sobre lo cual hemos escrito en otra oportunidad, conceptos que ahora parcialmente reiteramos en el contexto de la organización internacional de marras.

En las truculentas lides fiscales, desafortunadamente lo más común es la idea de lo que se ha dado en llamar “el impuesto a la renta potencial”. El concepto básico en esta materia es que el gobierno debería establecer mínimos de explotación de la tierra ya que se estima que no es permisible que hayan propiedades ociosas o de bajo rendimiento en un mundo donde existen tantas personas con hambre. El gravámen en cuestión apunta a que los rezagados deban hacerse cargo de un tributo penalizador, el cual no tendría efecto si las producciones superan la antedicha marca.

En verdad este pensamiento constituye una buena receta para aumentar el hambre y no para mitigarlo. Si pudiéramos contar con una fotografía en detalle de todo el planeta, observaríamos que hay muchos bienes inexplorados: recursos marítimos, forestales, mineros, agrícola-ganaderos y de muchos otros órdenes conocidos y desconocidos. La razón por la que no se explota todo simultáneamente es debido a que los recursos son escasos. Ahora bien, la decisión clave respecto a que debe explotarse y que debe dejarse de lado puede llevarse a cabo solo de dos modos distintos. El primero es a través de imposiciones de los aparatos estatales politizando el proceso económico, mientras que el segundo se realiza vía los precios de mercado. En este último caso el cuadro de resultados va indicando los respectivos éxitos y fracasos en la producción. Quien explota aquello que al momento resulta antieconómico es castigado con quebrantos del mismo modo que quien deja inexplorado aquello que requiere explotación. Solo salen airosos aquellos que asignan factores productivos a las áreas que se demandan con mayor urgencia.

Las burocracias estatales operan al margen de los indicadores clave del mercado y, por ende, inexorablemente significan derroche de los siempre escasos factores de producción (si hacen lo mismo que hubiera hecho el mercado libre y voluntariamente, no hay razón para su intervención ni para los gastos administrativos correspondientes y, por otra parte, la única manera de conocer que es lo que la gente quiere en el mercado es dejarlo actuar). Este desperdicio de capital que generan los gobiernos naturalmente conduce a una reducción de ingresos y salarios en términos reales puesto que las tasas de capitalización constituyen la causa de los posibles niveles de vida, con lo que en definitiva el impuesto a la renta potencial incrementa los faltantes alimenticios de la población.

Esta conclusión es del todo aplicable a la tan cacareada “reforma agraria” en cuanto a las disposiciones gubernamentales que expropian y entregan parcelas de campo a espaldas de los cambios de manos a que conducen arreglos contractuales entre las partes en concordancia con los reclamos de la respectiva demanda de bienes finales, lo cual ubica a los bienes de orden superior en los sectores necesarios para tal fin. Ese desconocimiento de los procesos de compra-venta inherentes al mercado también perjudica gravemente las condiciones de vida de la gente, muy especialmente de los más necesitados.

Los procesos de mercado recogen información dispersa y fraccionada entre millones de personas a través de los precios, sin embargo, los agentes gubernamentales puestos en estos menesteres invariablemente concentran ignorancia con lo que se desarticula el mercado, lo cual genera las consiguientes contracciones respecto a lo que se requiere y sobrantes de lo que no se demanda, dadas las circunstancias imperantes.

En este tema de los impuesto a la tierra hay una tradición de pensamiento que surge de los escritos de Henry George por lo que se considera que los impuestos a la tierra se justifican debido a que ese factor de producción se torna más escaso con el mero transcurso del tiempo (solo puede ampliarse en grado infinitesimal) mientras que el aumento de la población y las estructuras de capital elevan su precio sin que el dueño de la tierra tenga el mérito de tal situación. Por ende, se continúa diciendo, hay una “renta no ganada” que debe ser apropiada por el gobierno para atender sus funciones.

Este razonamiento no toma en cuenta que todos los ingresos de todas las personas se deben a la capitalización que generan otros y no por ello se considera que el ingreso correspondiente no le pertenece al titular. Esto ocurre no solo con los beneficios crematísticos (los ingresos no son los mismos del habitante de Uganda del que vive en Canadá, precisamente debido a que las tasas de capitalización de terceros no son las mismas) sino de beneficios de otra naturaleza como el lenguaje que existe en el momento del nacimiento del beneficiario y así sucesivamente con tantas otras ventajas que se obtienen del esfuerzo acumulado de la civilización.

En alguna oportunidad se ha legislado “para defenderse de la extranjerización de la tierra” lo cual ha hecho también la FAO, como si los procesos abiertos y competitivos en la asignación de los siempre escasos factores productivos fueran diferentes según el lugar donde haya nacido el titular, y como si los lugareños que declaman sobre nacionalismos no descendieran de extranjeros en un proceso de continúo movimiento desde la aparición del hombre en África. Esta visión de superlativa ceguera y de cultura alambrada es incapaz de percatarse que las fronteras y las jurisdicciones territoriales son al solo efecto de evitar la concentración de poder en manos de un gobierno universal, y no porque “los buenos” son los locales y “los malos” los extranjeros (atrabiliaria clasificación que, entre otras cosas, reniega de nuestros ancestros).

Es de esperar que en debates abiertos se perciba que los procesos de mercado son los más efectivos para reducir el hambre y no la politización de un tema tan delicado que barre con las señales para asignar recursos del modo más adecuado a las necesidades, especialmente de los más débiles. Respecto a las peligrosas falacias que rodean al tema específico de la ecología, las he tratado en mi trabajo titulado “Debate sobre ecología” que puede localizarse en Internet.

 
Victorias del califato PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Viernes, 22 de Mayo de 2015 11:05

Por: Lluís Bassets.-

El tedio y la costumbre son un enemigo peligroso y destructivo. Con Ramadi son ya tres las capitales de provincia, dos en Irak y una en Siria, que caen en manos del Estado Islámico (EI). Una vez en sus manos la capital provincial, la entera y extensa provincia sunnita de Anbar, en las puertas de Bagdad, está al alcance de los yihadistas, incluida la ya ocupada refinería de Baiji.

Dentro de pocos días se cumplirá un año de la caída de Mosul, la segunda ciudad iraquí, y de la proclamación del califato, y nada parece alterar el pulso y la sangre fría de la comunidad internacional. A los jeques del Consejo de Cooperación del Golfo que asistieron la pasada semana a la reunión en Camp David con Barack Obama no les preocupan los avances del Estado Islámico en Irak y Siria sino el peligro que representa un Irán con industria nuclear y sin sanciones occidentales. Lo que preocupa a los países europeos mediterráneos son las oleadas de refugiados que llegan a sus costas desde Libia. Y lo que quita el sueño a los de la Europa septentrional son las amenazas de Putin y los avances de sus hombrecillos de verde en la cuenca ucrania del Donbas.

Sí, hay una coalición de 60 países alrededor de Estados Unidos, unos para actuar solo en Irak, otro solo en Siria, algunos en ambas partes, con el objetivo de parar los pies al Estado Islámico. Pero de momento casi todo se limita a bombardeos desde el aire, de efectividad muy limitada a la hora de frenar el avance terrestre de las tropas del califato terrorista. Quizás sea cierta la noticia sin confirmar de que Abubaker Al Bagdadi, el califa autoproclamado, se halla herido gravemente y solo puede grabar mensajes de voz, pero tendría todos los motivos para hacer como Lenin en octubre de 1918, cuando arrancó a bailar sobre la nieve, admirado de que la revolución llevara ya un año de vida.

El Estado Islámico ha sufrido muchas derrotas. Perdió la ciudad de Kobane, junto a la frontera turca. Ha perdido Tikrit hace pocas semanas. El pasado viernes sufrió el ataque fulgurante de un comando aerotransportado estadounidense en Siria, en el que perdió la vida su ministro del petróleo. Pero puede exhibir lo que más le diferencia de Al Qaeda, la organización matriz que ahora es también su competidora en la atracción de los yihadistas: mantiene e incluso administra un territorio con varias ciudades, tiene una cabeza visible a la que presenta como califa de todos los musulmanes, ha conseguido la obediencia de numerosos grupos yihadistas de todo el mundo y además resiste, dura, persiste.

Incluso sus derrotas confirman el acierto político más que militar de su estrategia. Ha sido el ejército sirio de Bachar el Asad quien acaba de frenar al EI en las puertas de Persépolis. Solo las milicias chiitas, quien sabe si comandadas directamente desde Teherán, pueden frenarle en las puertas de Bagdad. El califato de Al Bagdadi se ha convertido en la punta de lanza sunnita de la guerra abierta contra los chiitas, en la que no hay ni un solo país sunnita, sea Egipto, Turquía o Arabia Saudí, que consiga disimular y ocultar a favor de quien apuesta en esta sangrienta y trascendental partida.

EL PAÍS; ESPAÑA

 
¿Necesitamos más científicos? PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Domingo, 10 de Mayo de 2015 14:11

Por

Facebook nos hizo replantearnos nuestra noción sobre la privacidad. Gracias a Google nos preguntamos si tenemos derecho al olvido. Ahora llega la tecnología móvil a nuestras muñecas, un reloj puede analizar nuestra última carrera o las calorías que acabamos de quemar y Estados Unidos se pregunta si las humanidades se han convertido en un estudio irrelevante o son más necesarias que nunca.

La tecnología nos ha impuesto todo tipo de “métricas” para asuntos que en realidad no se pueden medir, argumenta Leon Wieseltier, editor cultural de la revista The Atlantic. Wieseltier ha sido una de las últimas voces en desatar la polémica al hacer un llamamiento en defensa de la educación en humanidades frente a la oleada de campañas para educar y reclutar científicos en EE UU. Sin filósofos, políticos ni pensadores, alega, ¿quién va a redefinir los límites morales y éticos que sigue rompiendo el avance de la tecnología?

“Se asignan valores numéricos a cosas que no pueden capturar los números. Conceptos económicos inundan ámbitos no económicos. ¡Los economistas son nuestros expertos en felicidad! Donde antes quedaba la sabiduría, ahora reina la cuantificación”. El ensayo de Wieseltier, Among the Disrupted, publicado por The New York Times y en el que comentaba una obra del escritor Mark Greif, ha sido interpretado también como una crítica a la tecnología. Las palabras del intelectual vibran con intensidad en un momento de debate en EE UU sobre lo que muchos consideran como un énfasis excesivo en la educación científica frente a las artes y las humanidades.

El carácter de nuestra sociedad no puede quedar determinado por ingenieros”

Leon Wieseltier

“Para aquellos que piensan que todo lo que necesitamos son programas de ciencias, les recomiendo que miren a los lugares donde se ha hecho así anteriormente”, afirma Deborah Fitzgerald, decana de la Facultad de Historia y Ciencias Sociales del Massachusetts Institute of Technology (MIT). “En esos países ahora hay generaciones de licenciados sin preparación para ser políticos ni jueces, que no confían en el pensamiento crítico para resolver problemas humanos”.

El MIT de Boston, donde el 100% de sus alumnos estudian grados científicos, obliga a los estudiantes a tomar un cuarto de sus asignaturas en el ámbito de las ciencias sociales o el arte. Fitzgerald, profesora de Historia de la Tecnología en el MIT, asegura que el último empuje de los estudios de humanidades surgió a principios del siglo XX “en reacción al enorme abrazo que se había dado justo antes a las ciencias”. La decana lo describe como un “péndulo” que va y viene a lo largo de la historia.

El estallido intelectual y romántico en la Inglaterra del siglo XVIII, dice Fitzgerald, fue una respuesta a la oleada de migrantes rurales al Londres de la revolución industrial, cuando la población de la capital se multiplicó dos veces y media en solo 100 años. La reubicación de la población, explica Clay Shirky en su obra ‘Cognitive Surplus’ sobre la creación de conocimiento colaborativo, donde también hace una parábola entre aquel momento y el actual, que provocó tanto la destrucción de los modos de vida antiguos como la creación de un nuevo modelo urbano.

El MIT, donde el 100% de los alumnos estudian grados científicos, obliga a los estudiantes a tomar un cuarto de sus asignaturas en el ámbito de las ciencias sociales o el arte

Si lee este texto en una pantalla digital, está viendo un ejemplo de cómo la última revolución tecnológica es la que ya ha introducido dispositivos electrónicos y móviles en casi todas nuestras actividades diarias. Los institutos enseñan a los alumnos a escribir el lenguaje de los ordenadores y el código HTML, PHP o JavaScript se suma a las asignaturas de idiomas. En EE UU, la tendencia ha cobrado tintes políticos.

El senador republicano y candidato a la presidencia en 2016 Marco Rubio bromeó recientemente si “merece la pena tomar un préstamo de 40.000 dólares para licenciarse en Filosofía Griega, ya que el mercado para contratar a filósofos griegos es muy competitivo”. Rubio no es el único que ha rechazado la importancia de subvencionar la educación en humanidades. Su compañero de partido y gobernador de Carolina del Norte, Pat McCrory, declaró en 2013 que no quiere “subvencionar una licenciatura que no vaya a garantizar un empleo”.

Los defensores de la importancia de las humanidades se muestran preocupados también por el énfasis que ha realizado la Administración Obama en programas conocidos como STEM (Science, Technology, Engineering and Mathematics) y cuyo objetivo es aumentar el número de estudiantes de ciencia y tecnología en los institutos, pero no incluye más recursos ni más horas para las clases de humanidades.

Obama ha vinculado estas iniciativas con la demanda de ingenieros e informáticos que ejerce el sector tecnológico, siguiendo las líneas de líderes como Steve Jobs o Bill Gates. El fundador de microsoft declaró ante el Congreso que EE UU sufre “la escasez de científicos e ingenieros con experiencia para desarrollar la próxima generación de inventos revolucionarios”. Sin embargo, voces como el columnista de The New York Times Nicholas Kristof alertan de que por cada licenciado en filología inglesa en EE UU, ya hay siete en una rama de negocios.

Wieselter lidera las voces que recuerdan que toda tecnología “ha sido utilizada antes que comprendida completamente” y que esa comprensión llega desde el conocimiento de las humanidades y el arte, no sólo la tecnología. “Siempre hay un hueco entre la innovación y el entendimiento de sus consecuencias. Ahora vivimos en ese paréntesis y es el momento adecuado para reflexionar”.

Puedes juntar a todos los Zuckerberg del mundo pero si los aíslas y no los combinas con el por qué de lo que están haciendo, tendríamos un mundo muy difícil de manejar”

En la actualidad, 1.5 millones de estudiantes de primaria en EE UU no reciben clases de música y otros 4 millones tampoco participan en lecciones de artes visuales, según datos del Centro Nacional de Estadísticas de Educación. El 100% de los estudiantes de escuelas públicas, un total de 23 millones, nunca tienen una clase de danza ni de teatro.

Zakaria denuncia que el estudio de las artes y las humanidades es percibido como “un lujo costoso” y que el énfasis en las asignaturas de ciencias se debe a una “malinterpretación” de los datos que pone a EE UU “en una vía muy peligrosa”. El autor de ‘En defensa de la educación progresista’ pide la creación de un sistema educativo que promueva la creatividad y el pensamiento crítico. Y cita a Steve Jobs, fundador de Apple, quien aseguró en la presentación del ipad en 2007 que en “el ADN de Apple no es la tecnología, sino su combinación con las artes y con las humanidades, lo que nos aporta el resultado”.

“Puedes juntar a todos los Zuckerberg del mundo pero si los aíslas y no los combinas con las razones, el por qué de lo que están haciendo, tendríamos un mundo muy difícil de manejar”, dice Dave Csyntian, presidente de la organización See The Change, que aboga por la inmersión en programas de ciencias a edades más tempranas. “El pensamiento crítico es imprescindible”.

Csyntian reconoce que la idealización de creadores como el fundador de Facebook puede atraer a muchos adolescentes hacia la tecnología, pero puede ser un arma de doble filo. “La tecnología nos ayuda a responder el qué con aparatos en nuestra muñeca, nuestro reloj, nuestro teléfono… pero nos estamos perdiendo el por qué”. Esa cuestión, afirma, depende del pensamiento crítico de los alumnos como de los ciudadanos, y “si sacamos esa parte de la ecuación, nos estamos perdiendo algo fundamental”.

“La industria demanda cualificaciones científicas e informáticas, pero son el arte y las humanidades las que lo unifican todo”, dice Edward Abeyta, asesor del decanato de la Universidad de California en San Diego. Abeyta argumenta que no se puede obviar cómo un estudiante de música aprende a trabajar en equipo en una orquesta, adquiriendo cualidades que va a necesitar en el futuro. “Somos una nación de creadores e innovadores. Sin el arte, sin el diseño, lo perderíamos”.

En la actualidad, 1.5 millones de estudiantes de primaria en EE UU no reciben clases de música y otros 4 millones tampoco participan en lecciones de artes visuales

El último presupuesto de Obama destinó 3.100 millones de dólares a programas de educación pública, sin que la tendencia haya mejorado significativamente el nivel de los estudiantes ni resolver la falta de profesionales especializados que demanda el mercado. EE UU sigue atascado en el puesto 29 del informe PISA en matemáticas y el 22 en ciencias, por detrás de países como Estonia, Taiwan, Singapur, Suiza y Holanda.

Según Csyntian, una de las razones es que los estudiantes no reciben clases de física o matemáticas hasta una edad más tardía que en Europa o Asia. “Lo entendemos como un catalizador para que los alumnos puedan tomar mejores decisiones de cara al futuro”. Esas decisiones dependen para Csyntian de que los adolescentes entren en contacto con el conocimiento científico desde una edad temprana. “Sea en el campo que sea, les ayuda entender cómo funciona el mundo que nos rodea”.

Para Wieseltier, “el procesamiento de información no es el máximo al que puede aspirar el espíritu humano, como tampoco lo es la competitividad en una economía global”, dice en respuesta a la filosofía de compañías como Google. “El carácter de nuestra sociedad no puede quedar determinado por ingenieros”.

Diversas campañas como la impulsada por el presidente Obama han ayudado a concienciar a la población de que EE UU necesita más profesionales en el ámbito de las ciencias y la tecnología. Sin embargo, asegura Csyntian, todavía no se ha comprendido del todo que lo más importante es el contacto de los alumnos con esos contenidos a una edad más temprana para que puedan elegir mejor.

“La innovación no es solo un asunto técnico sino de comprensión de cómo funcionan las personas y las sociedades, lo que quieren y lo que necesita”, escribe Zakaria. “América no va a dominar el siglo XXI haciendo chips sino reimaginando cómo interactúan los ordenadores y otras tecnologías con los seres humanos”.

 
Una mirada a la geopolítica sin ideología PDF Imprimir E-mail
Escrito por Tomado de INFOBAE   
Lunes, 23 de Marzo de 2015 20:00

Por Alberto Asseff.-

Por debajo de la invocación de la libertad,  por un lado, y del contrastante autoritarismo, por el otro, lo que existe en el planeta, si lo describimos descarnada y crudamente, son intereses y de los grandes. Lo cierto es que el mundo tiene más avatares y conflictos– infinitamente más – que los de la Guerra Fría. Y padece de inenarrablemente más inestabilidad que en ese sombrío período de posguerra hasta la caída del Muro en 1989.

Miremos un poco. Europa – a pesar de los esfuerzos de Alemania – vive de zozobra en zozobra, preocupada por el  desempleo, el retroceso del proceso integrador, la xenofobia, la inmigración no deseada, los embates rusos y las amenazas que vienen del sur del Mediterráneo – que es igual que decir Magreb. Para colmo, el resurgimiento de la guerra explícita, como pasa en Ucrania, contribuye a enrarecer el clima político.

Estados Unidos vive una recuperación económica, pero también una puja política doméstica que pareciera pasarse de la raya que el patriotismo norteamericano siempre trazó, precisamente para neutralizar cualquier situación capaz de lesionar a sus intereses vitales. Hoy no se ponen de acuerdo cómo lograr ordenar el Oriente Cercano – un área que sigue siendo clave. Para la Casa Blanca, ese objetivo se obtiene balanceando y contrabalanceando, por ejemplo potenciando a Turquía y a Arabia Saudita o a Israel e Irán – para que se compensen mutuamente y no configuren una acechanza, sobre todo para los norteamericanos. En el medio de esto, dos notas importantes: Egipto, a pesar de su escaso potencial relativo, está duplicando la capacidad operativa del Canal de Suez, lo cual elevará sus ingresos de 5 mil millones a 13 mil millones de euros anuales y además tiene un plan para atraer 20 mil millones de inversiones en una nueva zona franca que generará un millón de empleos. El otro dato: ¿hasta cuándo Arabia Saudita irá contra sus intereses económicos manteniendo alto el nivel de producción de petróleo? Es real que con ese nivel hiere en el ala a Rusia e Irán, pero el costo es fuerte.

Obviamente el llamado Estado Islámico o Califato no es una anécdota, sino una bomba nuclear para cualquier plan estabilizador del Medio Oriente. Si se demoniza al Islam en bloque, las perspectivas de solución son negras. El Califato podrá segarse si existe claridad acerca de qué es y cómo tratar al Islam. Cualquier error de visión o de concepto será letal. En esta línea, el diálogo interreligioso, en el que la Argentina es vanguardista, es un buen ayudante.

EEUU aspira a solucionar el añejo y laberíntico entuerto del Oriente Próximo para poder dedicarse al Lejano, ese que le quita el sueño. Moscú, Pekín, Nueva Delhi, Tokio y Washington pugnan por modelar el Asia. Con una particularidad, tres de ellos – Rusia, EEUU y China – enlazan el asunto con Europa para imaginar un enorme espacio, Euroasia. Por eso los chinos establecen una nueva Ruta de la Seda que los conduce al Viejo Vontinente, Rusia dirime gran parte de su influencia en la lucha por Ucrania y los norteamericanos buscan amurallar – para contenerla – a China con su alianza con Tokio y la novedosa coalición con su contendiente de los setenta, Vietnam.

En la última cumbre Asia-Pacífico, China mostró sus metas: deshielo con Japón y Vietnam, libre comercio con Corea y acuerdo gasífero de enorme magnitud con Rusia. Paralelamente, hace esfuerzos para mejorar su compleja relación con la India.

En África se produce una explicable paradoja: los países han crecido a horcajadas de los buenos precios de los productos primarios, pero no se han desarrollado, aunque emerge una clase media en casi todo el continente. Esa contradicción se ahonda por la perfecta balcanización que dibujaron los europeos al ‘independizarlos’. Se formaron tantos países como fueron necesarios para garantizar la debilidad de todos y cada uno de ellos. El más fuerte de los de color – Nigeria – padece de fundamentalismo, terrorismo y separatismo, un cóctel indigerible que oscurece el futuro de ese país. Libia- de extensa y rica superficie – se ha tribalizado peligrosamente, Egipto tiene demasiados problemas a cuestas como para erguirse – no obstante lo antedicho sobre su gran herramienta, el Canal- y Sudáfrica sigue siendo prometedora, pero aún no ha logrado una influencia decisiva para imprimirle mejor rumbo al continente vecino.

Nuestra América tiene tres – quizás cuatro y hasta cinco – países  capaces  de contribuir a su articulación. Porque a esta altura del acontecer global un objetivo insoslayable es vertebrar, unir, todo lo contrario de exacerbar localismos arcaicos, esos, por caso, que se agitan en algún sector montevideano para darle una funcionalidad desenfocada al bello país oriental del Plata.

Esos países son Brasil, la Argentina y México, engrosados por Colombia y Venezuela. Empero, ¿cómo andan? Brasil, inmerso en una formidable e inopinada crisis – ¿de crecimiento…? – moral, política y económica. México, con sus antiguos problemas de mafias y de inequidad social estructural. Se sabe, sin desarrollo socio-educativo y equidad no hay basamento para el económico, salvo el del tipo factoría. Colombia todavía no pudo arreglar su guerra intestina, aunque va por buen camino y es el que más horizonte parece ofrecer. Venezuela, ¿qué decir de la querida Venezuela? Se merecía mejor destino que el populismo y la feroz polarización ¡Ojalá encuentre un movimiento articulador y superador! Pero, por ahora, oscuro panorama.

Nuestra América, pues, sigue siendo un espacio doliente. Nos da más dolor que felicidad. Hay que hacer denodados esfuerzos para revertir este cuadro.

Algo está claro en medio de tanto diferendo y confrontación: por todos los lares hay geopolítica en acción, pero en contraste con antaño ahora es sin ideología, con intereses en estado puro y crudo. Se lucha por acaparar o asegurar cerebros, patentes, recursos, espacios. Enarbolan proclamas más o menos atractivas o más o menos impugnables, pero todos los actores defienden intereses.

 
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