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Artigos: Mundo
La política global y la ola democratizadora PDF Imprimir E-mail
Escrito por Fuente indicada en la materia   
Viernes, 04 de Marzo de 2011 11:00

Por DARSI FERRER

 

Los valores democráticos occidentales están triunfando de la manera  menos prevista: por medio de la espontánea voluntad popular. ¡Y nada menos que en el mundo musulmán, donde politólogos, académicos y especialistas de inteligencia nos daban por verdad inamovible que éstas eran sociedades oscurantistas, limitadas por una fe religiosa totalmente lanzada a la intolerancia y la conquista de Occidente por vía violenta, en una especie de yihad eterna!

 

Toda esa visión de choque de las civilizaciones ha sido literalmente arrasada por una población islámica que, contra todas las apuestas de los expertos, piden democracia y libertades. Para nada demandan un régimen teocrático, una panda de ayatolas o una Ley de Sharia. No es la cerrazón social lo que reclaman, hartos de tanta que han tragado a pulso. Quieren la modernidad que propugna la cultura occidental.

 

En este contexto, los Estados Unidos, y en específico la Administración Obama, como nación líder de todo lo que esos pueblos en revolución espontánea exigen con su determinada presencia en las calles, deben emprender una política exterior decididamente guiada por la ética. Aún está presente el peligro de que los asesores e ingenieros políticos que tanto abundan desde que surgiera la Guerra Fría, emponzoñen las decisiones radicales que puedan tomarse ante una situación que se ha revelado como un auténtico viraje de la Humanidad hacia el progreso.

 

Aquí no han sido políticas gubernamentales, ni trabajos secretos de agencias de espionaje o el peso abrumador de un poder militar de gran potencia los que han decidido la transformación de una zona atrasada, reprimida por perennes gobiernos autoritarios y totalitarios, en un área donde se ha asomado la esperanza real de una vida mejor. Son los pueblos los que de manera relampagueante y decidida, poniendo los muertos y heridos, firmes ante amenazas, detenciones y represalias, están logrando ese verdadero portento de imponer la libertad y la soberanía popular convocados mediante un uso vibrante de las modernas tecnologías de comunicación.

 

El actual gobierno de los Estados Unidos debe tener muy presente ahora mismo que resultaría contraproducente reaccionar con vacilaciones ante esta nueva era liberadora. Lamentables ejemplos en el pasado demuestran las consecuencias nefastas de las perezas o cálculos cínicos ante episodios históricos que podían haberle dado un temprano vuelco al sufrimiento y represión de tantos millones de personas, como fueron el abandono del pueblo húngaro en 1956 y de Checoslovaquia en 1968, que les dio alas a los tanques soviéticos que aplastaron cruelmente la voluntad popular en ambas naciones.

 

También la comunidad internacional carga con el recuerdo de la masacre cometida por las autoridades de Beijing cuando sofocaron las protestas en la Plaza de Tiananmen en 1989, donde los tanques y tropas del ejército chino dispararon a mansalva contra una multitud de estudiantes y obreros desarmados que reclamaban mejoras de vida. Más recientemente, en 1994, ante los ojos del mundo ocurrió el genocidio en Ruanda, donde facciones de la etnia hutus asesinaron alrededor de medio millón de ruandeses tutsis y hutus moderados, mientras las fuerzas militares de la ONU se mantenían inmutables. Algo parecido sucedió en la antigua Yugoslavia a manos del ex presidente serbio Slobodan Milosevic, quien fuera apodado como el Carnicero de los Balcanes, por la limpieza étnica que protagonizó hasta que fue frenado por la tardía intervención militar de la OTAN.

 

Incluso durante el 2009, cuando el pueblo y las instituciones hondureñas decidieron firmemente defender su democracia de una insolente invasión institucional del derrocado gobernante Manuel Zelaya, incentivado por el engendro subversivo de la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de América (ALBA), la administración de los Estados Unidos se dejó imponer la visión de esa pandilla y de entrada se sumó al aislamiento del pequeño país centroamericano que sólo defendía los mismos valores que hacen envidiable a la nación norteamericana. Por suerte, la sociedad hondureña soportó con firmeza la embestida internacional y logró por sí sola salvaguardar el Estado de Derecho.

 

Luego del reciente terremoto en Haití, otra vez las naciones integrantes del ALBA forcejearon  para imponer allí el mismo patrón autoritario y destructor de los mecanismos democráticos que preconizan en sus países. La acción decidida de los EEUU mediante el despliegue de sus marines impidió que esos gobernantes liderados por el venezolano Hugo Chávez pudieran aprovecharse de la desgracia que asoló al empobrecido país caribeño, lo que fue un sano giro hacia la defensa de los valores institucionales que son los fundamentos de la cultura occidental.

 

Similar de cuestionable fue la pobre reacción internacional ante la represión del régimen teocrático de Irán que sofocó mediante el uso indiscriminado de la fuerza las masivas protestas ocurridas en junio del 2009, provocadas por el fraude en las elecciones presidenciales. Miles de iraníes se lanzaron a las calles para reclamar de modo pacífico la anulación del resultado oficial que dio como ganador a Mahmoud Ahmadinejad, mientras reconocían vencedor al candidato de la oposición Mir-Hossein Mousavi. La policía y grupos de paramilitares reprimieron sin contemplaciones y se calcula en varias decenas los muertos, además de miles los detenidos y agredidos físicamente en esas acciones.

 

El caso más notorio por estos días es la situación en Libia, donde los disturbios generados en contra del régimen propiciaron que el coronel Muammar al-Gaddafi intentara aplastarlos ordenando el bombardeo indiscriminado de la población civil y contratando tropas de mercenarios que, junto a efectivos de sus fuerzas militares, han masacrado a miles de manifestantes. Los EEUU y algunos países europeos condenan el abominable genocidio y optan por la imposición de fuertes sanciones económicas, políticas y militares, en lo que países como Rusia y China apelan a la increíble sugerencia de una solución negociada sin la intervención de la comunidad internacional y llaman a la no injerencia. La dictadura de los Castro llega al punto de rechazar la expulsión del régimen libio del Consejo de Derechos Humanos de la ONU.

 

Ante los hechos que ocurren en las naciones árabes y su más que probable impacto en otras regiones geográficas, entre las que se encuentra Cuba y su impresentable régimen totalitario, los Estados Unidos deben desestimar toda toxina remanente de la perjudicial real politik que pueda quedar en sus cadenas ejecutivas y apostar por la voluntad libremente expresada por los pueblos, en todos los ámbitos donde surjan las mismas auténticas reclamaciones.

 

En este sentido, el discurso pronunciado hace unos días por la Secretaria Hillary Clinton es un hito muy alentador. Si el triunfo de la voluntad popular en Túnez y Egipto ha sido tan electrizante y estimulador en otros pueblos oprimidos como para hacerles tomar sus destinos en sus manos defendiendo los valores democráticos, como sucede hoy en Libia y otros países de la región islámica, el apoyo a esos pueblos debe concentrarse en darle los instrumentos tecnológicos que permitan que esa voluntad se vuelva más presente en cada minuto, y que reciban el decisivo apoyo de la comunidad internacional. Además, se debe conjugar la adopción de condenas y la aplicación de acciones que impidan la masacre de civiles indefensos.

 

A la luz de la guerra de Irak y Afganistán,  y los significativos gastos en vidas y recursos que ha contraído la nación norteamericana por defender y consolidar el régimen democrático en esos países, la apuesta por fortalecer la sociedad civil mediante el inestimable apoyo tecnológico resultaría muy efectivo, menos costoso y más expresivo de la indiscutible voluntad popular para forjar nuevas realidades en las naciones no democráticas y deseosas de libertad.

 

Si hay algo que están demostrando los acontecimientos del Próximo y Medio Oriente es que los pueblos lo que más necesitan es de herramientas potenciadoras de la globalización para aspirar a modelos de democracia y plena soberanía. En manos del Occidente desarrollado está el satisfacer esos requerimientos.

La Habana, Cuba. 2 de marzo de 2011.

 

 

Observatorio de Análisis Político, afiliado a la plataforma Consenso Cívico.

 

 

Última actualización el Viernes, 11 de Marzo de 2011 11:39
 
Otra vez el fin de la historia PDF Imprimir E-mail
Escrito por Fuente indicada en la materia   
Domingo, 27 de Febrero de 2011 19:40

Por CARLOS ALBERTO MONTANER

Medio mundo árabe anda a la greña. Ciertos pueblos quieren cambiar el mundo en el que viven. ¿Por cuál? Lo más razonable sería que se acercaran a las naciones exitosas que han conseguido un grado razonable de estabilidad y prosperidad, para tratar de averiguar por qué han logrado prevalecer y triunfar en la historia.

En 1783, cuando Inglaterra reconoce a Estados Unidos, ningún poder europeo pensaba que la débil estructura republicana de la joven nación podría mantener la estabilidad en medio de los celos y las fricciones que tensaban las relaciones entre las antiguas 13 colonias de la Unión. Leer los informes de los diplomáticos de entonces --un viejo precedente de los WikiLeaks-- demuestra el pesimismo de los expertos de fines del siglo XVIII: ¿cómo iba a perdurar una entidad regida por 13 constituciones y dirigida por una cabeza rotativa auxiliada por decenas de legisladores localmente escogidos por medio del sufragio?

Pero duró. Dura hasta hoy. ¿Qué pasó? Ocurrió que ese Estado experimental diseñado por los ``padres fundadores'', desde el principio sirvió los intereses de los individuos que formaban la clase dirigente, pero con dos características básicas: podía transmitir la autoridad de manera organizada y pacífica por medio de elecciones periódicas, mientras acomodaba flexiblemente a un número creciente de personas capaces de tomar decisiones o influir en ellas, formando y absorbiendo los enormes niveles sociales medios que generaba progresivamente el eficiente aparato productivo, incluidos los afroamericanos y las mujeres, quienes estuvieron ausentes en el restringido proyecto original de la nación americana.

¿Por qué no ha habido revoluciones en Estados Unidos? Porque no han sido necesarias. Porque la sociedad creó y ha mantenido unas porosas instituciones capaces de asimilar los cambios sin violencia. Es realmente prodigioso (y admirable) que el mismo Estado que en 1789 eligió a George Washington como su primer presidente, un agrimensor convertido en militar triunfante y luego en rico hacendado esclavista, hoy sea dirigido por Barack Obama, un abogado mestizo de clase media, hijo de un africano y de una norteamericana blanca carente de la menor relevancia social o económica.

Y lo que es verdad en el terreno político y social tiene su equivalencia en el campo económico. El mercado abierto y la meritocracia hicieron posible que una república en la que el poder económico estaba en las manos de una pequeña minoría de plantadores y comerciantes con fuertes lazos con las autoridades coloniales británicas, se transformara pacíficamente en un enorme tejido empresarial plural y fluctuante, integrado por centenares de miles de compañías, en el que constantemente surgen y desaparecen agentes económicos que innovan y cambian la realidad material del país a una velocidad sorprendente, sin que nadie planifique la producción o escoja a los triunfadores o a los fracasados, rol que le corresponde desempeñar al consumidor soberano.

Ese elástico ``modelo americano'', integrado por un Estado definido como democracia liberal y un sistema económico regido por el mercado y la existencia de propiedad privada, acabó siendo el paradigma por el que, paulatinamente, se fueron inclinando las otras naciones punteras del planeta, hasta que, a principios de la década de los noventa del siglo pasado, tras el hundimiento de la opción marxista-leninista, Francis Fukuyama advirtió, con una frase generalmente incomprendida, que habíamos llegado ``al fin de la historia''.

Fukuyama no quería decir que no ocurrirían hechos dramáticos o contramarchas, o que nunca más un sujeto terco podría insistir en revivir el comunismo o cualquier otra variante fracasada de colectivismo estatista, sino que parecía evidente que los beneficios de la convivencia armónica, el cambio pacífico y la estabilidad institucional se lograban por medio de la democracia liberal, con todo lo que eso implica, mientras que al progreso y a la prosperidad se accedía por el mercado y por la existencia de propiedad privada.

¿Entenderán esta lección las naciones que abandonan las autocracias árabes de derecha e izquierda? No lo sabemos, porque es muy difícil predecir un futuro incubado en confusos motines callejeros, pero hay varios precedentes alentadores: Taiwan y Corea del Sur evolucionaron triunfalmente en esa dirección después de padecer gobiernos de mano dura. Casi todos los ex satélites europeos de la URSS, alentados por la UE, asumieron la democracia liberal y el mercado tras el fin de la etapa comunista y, fundamentalmente, acertaron con la decisión tomada.

¿Qué harán países como Egipto, Libia o Túnez? ¿Insistir en el desastroso modelo del socialismo árabe militarista inaugurado por Nasser en 1954 que ahora ha entrado en crisis? ¿Erigir una teocracia fundamentalista como la iraní? Lo inteligente sería que imitaran a las sociedades más ricas y felices del planeta. Lamentablemente, los rebeldes no siempre suelen acertar cuando llegan al poder. No saben muy bien qué es lo que quieren.

www.firmaspress.com

 
¿Revueltas Árabes o Iluminismo Musulmán? PDF Imprimir E-mail
Escrito por Fuente indicada en la materia   
Sábado, 26 de Febrero de 2011 14:29

Por Jorge Hernández Fonseca

 

El Mundo Árabe está en efervescencia. Pero probablemente las revueltas sean algo más que reacciones populares en países árabes; pudiera tratarse de profundos cambios en el Mundo Musulmán. Las protestas en Irán --que no es un país árabe, es persa (pero musulmán)-- lo demuestra. No se trata solamente de reclamos políticos, asociados a la peculiar forma de gobernarse mediante semi-dictadores (o dictadores sin el semi), casi siempre militares, al estilo del profeta de su religión, que concentró en su persona la autoridad civil, militar y religiosa, el Mundo Musulmán probablemente quiere Libertad, Igualdad y Democracia, así como valores que dignifiquen sus mujeres. Mi óptica es que las revueltas en el Mundo Musulmán, muestran que la aplicación práctica de la religión musulmana en sus sociedades, comenzó a modernizarse.

 

Sabemos que el llamado Mundo Occidental es el resultado de la imbricación de la cultura greco-romana y el cristianismo, los que sumado al aporte cultural del resto de las sociedades europeas del primer milenio después de la caída del Imperio Romano de Occidente, cristalizaron lo que hoy llamamos Mundo Occidental (al occidente de la Grecia originaria). Estos factores formaron nuestra sociedad occidental, intelectual y materialmente, avanzando a lo largo de pacientes y minúsculas transformaciones hasta nuestros días. La religión fundada por Jesús Cristo fue fuente fundamental de principios para la amalgama de la cultura occidental.

 

Por eso, la religión predominante en el Mundo Occidental es la cristiana. Como sabemos, todas las sectas cristianas parten de un tronco común – el tronco Católico-- que se dividió en múltiples manifestaciones, pero preservando siempre la esencia filosófica y doctrinal. Actualmente vemos que existe en la sociedad occidental una separación entre la vida religiosa y el mundo laico. No siempre fue así. En sus orígenes, la religión cristiana era parte importante de la vida social y política del mundo europeo de la Edad Media. Algo similar a lo que sucede en el Mundo Musulmán actual. Religión, sociedad civil y organización política, tienden a confundirse en las sociedades musulmanas, a pesar de los esfuerzos de algunas sociedades empeñadas en separar el campo político y la sociedad civil (estado laico), de la religión, como en Turquía.

 

En el seno de la sociedad europea y al cabo de más de mil años de obscurantismo medieval, surgió una corriente de pensamiento conocido como “el iluminismo”. Los más brillantes escritores, filósofos, astrónomos científicos (incipientes) y pensadores en general, dieron forma con sus obras a lo que actualmente es un logro de la cultura occidental: el mundo laico. El iluminismo generó una fuerza sin precedentes en la historia humana: la ciencia y su hermana aplicada, la tecnología, que llegan hasta hoy con sus realizaciones materiales indiscutibles.

 

El parto del iluminismo fue largo y sufrido. Contó con la condena a la hoguera de Galileo Galilei, uno de los fundadores de la ciencia moderna, así como el ostracismo de innumerables filósofos y astrónomos, a partir de la fuerza obscurantista (disfrazada de religión) que se opuso tenazmente al triunfo del desarrollo del Mundo Occidental, que nos llega hasta hoy.

 

Además de la lucha del iluminismo contra el obscurantismo religioso del Medioevo, el Mundo Occidental tuvo también partos políticos dolorosos. La Revolución Francesa fue la culminación del iluminismo en los planos político y económico, con la proclamación en Francia de los principios democráticos: Libertad, Igualdad y Fraternidad, que fueron seguidos ejemplarmente en la Norteamérica de las 13 colonias, después de su independencia de la Inglaterra colonial.

 

En el Mundo Musulmán todavía no ha habido un equivalente a la revolución iluminista de la sociedad occidental. Siendo una religión que tiene orígenes judeocristiano, la religión musulmana fue extendida al resto del mundo de la época, cuando la expansión árabe de la mitad del primer milenio después de Cristo. Reconocen a Jesús como un gran profeta, así como a todos sus antecesores recogidos en el Antiguo Testamento, pero establece “El Corán” (y no la Biblia) como su libro sagrado, escrito por El Profeta Mahoma a dictados del Arcángel Gabriel.

 

La globalización en todos los órdenes ha llevado al Mundo Musulmán actual su mensaje laico, democrático y libertador procedente del Mundo Occidental, con valores probados por siglos de éxitos, lo cual constituye un ejemplo de cómo podrían ir las cosas en sus sociedades sometidas, sin necesariamente tener que renunciar a la religión musulmana, repleta de postulados nobles.

 

Lo que vemos suceder en el Mundo Árabe hoy, según la óptica que se defiende en este análisis, no es más que la re-edición de la lucha del equivalente musulmán del iluminismo, dentro de la sociedad musulmana (musulmana más que árabe) con sus características propias. Difícilmente la sociedad occidental pueda entender cabalmente lo que sucede en la sociedad civil de estos países, donde una mitad de la población (las mujeres) vive sometida a la más medieval de las limitaciones y arbitrariedades en pleno siglo XXI, de Internet y Facebook.

 

El Mundo Musulmán no necesita de iluministas, ya ellos existieron y crearon el mundo laico, la democracia política, la ciencia y la tecnología, que nos llegan hasta hoy con realizaciones universales y una filosofía de vida liberal y responsable. Habrá intelectuales musulmanes que se encargarán de dar la línea de conducta adaptada a sus respetables códigos morales específicos, que como el de cualquier otra religión, prima por el bien, la bondad y la tolerancia.

 

Las revoluciones actuales en el Mundo Musulmán son re-ediciones de la Revolución Francesa, que traerá el valor político de la democracia de manera generalizada, barriendo toda especie de dictadores solapados bajo el manto de jefes militares y monarquías arbitrarias, que similarmente como sucedió en la Europa de los siglo XVII, XVIII y XIX, se adaptarán a la corriente democrática con sus formas de ver la vida, pero con valores universales reconocidos.

 

Las pretensiones de establecer un emirato en Córdoba, de reconquistar Europa y destruir a los Estados Unidos, propugnado por la organización de Bin Ladem, fue el acicate que occidente para hacerles una guerra obligada por la barbarie del 11 de Septiembre. La guerra de Afganistán, de alguna manera se extendió (con o sin razones) hasta Irak y ahora llega a las sociedades musulmanas desde adentro, por sentirse carentes de los principales valores básicos que rechazaban de occidente: Libertad, Igualdad y Fraternidad. Ha sido un boomerang.

 

Pero la lucha por la creación de la sociedad occidental duró varios siglos. Desde que Copérnico expusiera sus teorías sobre la mecánica del Universo hasta el establecimiento de la mecánica universal, por Issac Newton, --y su posterior transformación por Albert Einstein-- transcurrieron centenas de años. Desde la patente original de la máquina de vapor en Inglaterra, y la Revolución Industrial que ella provocó, hasta el establecimiento de la Internet, se sucedieron también varios siglos de arduo trabajo y sucesivos logros. Desde el estallido de la Revolución Francesa, hasta el reconocimiento de sus valores de manera universal, también se pasaron cientos de años. Algo similar sucederá en el Mundo Musulmán, que comienza ahora un largo y doloroso camino para, sin renunciar para nada a su religión, erigirse en sociedades plenamente integradas al mundo contemporáneo, donde sus hombres y mujeres aspiran a vivir.

 

Israel, en el plano filosófico-religioso, es un ejemplo de lo que expuesto antes. Sin profesar la religión cristiana (el cristianismo se basa en la religión judaica) su sociedad ha sabido absorber los valores creados por la sociedad occidental (muchos de los cuales se deben a trabajos de judíos europeos) sin necesidad de por ello tener que cambiar para nada su religión, sus creencias y sus vivencias en el mundo espiritual e íntimo de cada hombre o mujer.

 

Al mirar al actual “conflicto árabe”, debemos saber que estamos ante una transformación que desborda el plano exclusivamente político. El deber de occidente es apoyar el establecimiento de esa especie de “nuevo iluminismo progresista musulmán”, respetando sus particularidades y ayudándolos en su empeño libertario para acceder a una vida a la altura del Siglo XXI.

25 de Febrero de 2011

 

 

Artículos de este autor pueden ser consultados en http://www.cubalibredigital.com

 

 
La masacre contra el pueblo libio merece una respuesta contundente PDF Imprimir E-mail
Escrito por Fuente indicada en la materia   
Viernes, 25 de Febrero de 2011 11:45

Por DARSI FERRER

Las acciones genocidas emprendidas por el dictador Muammar al-Gaddafi contra el pueblo libio no pueden ser aceptadas bajo ningún concepto por Estados Unidos ni las naciones de Occidente en general. Los gobiernos democráticos están llamados a cumplir su rol de salvaguarda inclaudicable de los reclamos democráticos de los pueblos, sin permitirse la más mínima parálisis ni dubitación.

Cualquier tibieza ante un hecho tan execrable es aprovechada por asesinos como Gaddafi y su pandilla para intentar detener, o por lo menos hacer pagar un costo horrible, a una sociedad indefensa que no posee armas para responder a la masacre de la que es víctima, atacada indiscriminadamente por fuerzas de la aviación, de artillería y tropas de mercenarios contratados para sembrar el terror.

Los Estados Unidos y Occidente deben dejar cualquier posible pasividad atrás y no temer los venenosos ataques de la izquierda internacional, calificándolos de “intervencionistas”, “imperialistas” y otras zarandajas del gusto de consumo de tantos idiotas. Por el contrario, están llamados a utilizar todo el poderío de la  Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y detener a un tirano sangriento y enloquecido por perder el poder, dispuesto a exterminar a su propio pueblo en nombre del canallesco argumento de salvar la nación de un mítico caos que él ya está haciendo prevalecer con el mayor cinismo.

La OTAN perfectamente puede invadir el territorio libio y, con el menor costo posible para la población, darle un ultimátum previo de destrucción inmediata a los aviones y a la artillería de Gaddafi si intentan seguir masacrando a los manifestantes. No actuar de una manera decidida puede provocar que aumenten los daños humanos y materiales hasta un punto que se vuelva inmanejable la desesperada situación del país, transformándose el conflicto en una guerra civil de imprevisibles consecuencias para la inestable región.

El pueblo libio está reclamando pacíficamente el fin de una larguísima dictadura, y exigen la democracia y las libertades propugnadas una y otra vez por Estados Unidos y Occidente como valores insustituibles para la dignidad humana y el Estado de Derecho. Permitir que lo destroce a capricho un déspota ridículo y criminal como Muammar al-Gaddafi es una ignominia.

Viendo la lentitud de reacción de la comunidad internacional ante los gravísimos hechos del genocidio en Libia, a los cubanos se les vuelve más urgente repetir una pregunta clave: ¿qué puede esperar de ayuda el pueblo cubano frente a una situación semejante? Gaddafi y los hermanos Castro son tiranos totalitarios envejecidos en las mieles del poder.

No hay ninguna duda de la total falta de escrúpulos de los Castro para decidirse por una respuesta igual de cruel y salvaje a la que recibe ahora el pueblo libio de su sátrapa, si se envalentonan ante una débil respuesta de la comunidad internacional. Basta revisar los antecedentes de crueldad criminal que los caracteriza.

A estas horas salta una pregunta esencial, ¿estarían los cubanos condenados a ser ultimados impunemente en caso de que salgan a las calles a reclamar masivamente el fin de tan longeva dictadura en la isla? ¿Se quedarán mirándose las uñas los gobiernos democráticos, como cuando estaba en su apogeo una limpieza étnica en la antigua Yugoslavia, o durante las matanzas en Ruanda, Burundi y la Plaza de Tiananmen?

Lo que se juega en Libia no es sólo el exterminio de la población a mansalva por acción de un tirano testarudo. Es el futuro que avanza  en esta ola pacífica y democrática que recorre el mundo árabe y el resto del planeta. Otros tiranos pueden tomar valor de cualquier tibieza de las naciones líderes e intentar masacrar a sus pueblos para sostenerse en el poder. Este es un momento decisivo para la Humanidad, el que no debe ser traicionado por tejemanejes de política orillera.

La Habana, Cuba. 24 de febrero de 2011.


Observatorio de Análisis Político, afiliado a la plataforma Consenso Cívico.

 
La hora de la doctrina Obama PDF Imprimir E-mail
Escrito por Fuente indicada en la materia   
Domingo, 13 de Febrero de 2011 12:53

Por ANTONIO CAÑO

En las últimas horas de su presidencia, el jueves pasado, Hosni Mubarak llamó a un buen amigo de muchos años en Israel y le confesó su decepción con Estados Unidos por dejarle caer irresponsablemente sin considerar el enorme riesgo de que Egipto se precipitase en manos del extremismo y de que todo Oriente Próximo saltase en pedazos.

El episodio, recogido por The Wall Street Journal , coincide con lo que Mubarak había declarado públicamente unos días antes a la cadena ABC: "Obama no conoce la cultura egipcia". Y es consecuente, sobre todo, con el argumento que le ha permitido permanecer en el poder durante treinta años y sobre el que Estados Unidos ha construido su política exterior a lo largo de ese mismo periodo.

Desde que Anuar el Sadat firmó la paz con Israel en 1979 la política norteamericana en Oriente Próximo ha girado en torno al papel que Egipto cumplía como principal aliado norteamericano y como líder de un grupo de países supuestamente moderados -Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Jordania...- que hacía de contrapeso a los formalmente radicales -Siria, Irán Libia...-. Desde Ronald Reagan al propio Barack Obama, todos los presidentes norteamericanos han cortejado a Mubarak, que sucedió a Sadat después de que éste fuera asesinado en 1981, como el instrumento imprescindible para que esa política sobreviviese.

Desaparecido Mubarak, hay que enterrar también esa estrategia. Nadie sabe por cuál será sustituida. La revolución egipcia ha sorprendido tanto en Washington como en cualquier otra parte del mundo. Obama ha ido improvisando sobre la marcha una reacción que, afortunadamente, le permite llegar al día de hoy con un considerable margen de actuación en Egipto. Pero no existe un plan para el futuro ni las más mínimas garantías de que los intereses norteamericanos y occidentales serán salvaguardados en Oriente Próximo.

Probablemente el cambio al que Obama se refirió en su declaración tras la caída de Mubarak sea precisamente ese: que el mundo deja de moverse en función de los intereses de Estados Unidos o de cualquier otro. Quizá la única estrategia factible en estos momentos es la de aceptar elegantemente lo que cada pueblo decida. "Estados Unidos no tendrá más remedio que aceptar el resultado de unas futuras elecciones en Egipto, tanto si le gusta como si no le gusta; no hay otra alternativa", afirma el veterano diplomático Nicholas Burns, ahora profesor en la universidad de Harvard.

¿Es este, por tanto, el comienzo de una nueva era democrática o una ilusión infantil que se desvanecerá en unas semanas? Nadie lo sabe. Como pocas veces ocurre en la historia, la revolución egipcia ha abierto un escenario impredecible. En función del rumbo que emprenda el nuevo Egipto, antes de que el año acabe podríamos ver en enorme ventaja al bando radical, si Jordania, Marruecos o la Autoridad Palestina caen en manos del extremismo, o exactamente lo contrario, si son los regímenes de Irán, Siria o Argelia los derrocados.

El vacío de poder en Egipto ha dado paso también a un vacío de pronósticos en toda la región. Nadie está libre de riesgo. Nadie tiene tampoco ventaja. Ese vacío constituye un gran riesgo en un territorio explosivo de por sí, pero también es una enorme oportunidad para que Obama pueda diseñar su propia estrategia, libre de las ataduras de tres décadas. El discurso de El Cairo de 2009 fueron hermosas palabras seguidas de una política rutinaria en Oriente Próximo. Puesto que esa rutina ya no vale, esta es la hora de honrar esas palabras y crear un marco nuevo para las relaciones con el mundo árabe.

Pese a toda la incertidumbre creada, la revolución egipcia aporta también numerosos datos para el optimismo. En primer lugar el éxito de esta revolución es la negación de que, como asegura Bin Laden, el uso de la violencia es imprescindible para derrocar Gobiernos autoritarios sostenidos por Occidente. Jóvenes egipcios desarmados han hecho más, en ese sentido, en 18 días que cientos de miles de soldados norteamericanos que han combatido durante diez años a Al Qaeda en Irak y Afganistán.

En segundo lugar, el movimiento triunfante el 11-F demuestra que, cuando no hay intervención y manipulación exterior, cuando se permite a un pueblo expresar sus opiniones de forma independiente, prevalece el deseo mayoritario de prosperidad y libertad, no los radicalismos ideológicos o el odio.

Por último, el pueblo egipcio le ha dado una lección a Estados Unidos sobre cómo construir sus alianzas. La vieja doctrina de que cualquier tirano es válido si cumple fielmente las órdenes de Washington ha sido barrida. Un régimen definido como "estable" por la secretaria de Estado, Hillary Clinton, hace poco más de dos semanas ha caído de un soplido. El ejemplo de Egipto obliga a Obama a buscar alianzas sustentadas en el respaldo popular; cualquier otra cosa no solo sería desaconsejable sino, a la larga, suicida.

Estados Unidos aún cuenta en Egipto con la importante baza del ejército, sobre el que posee una poderosísima influencia. Pero utilizar al ejército, como aconsejan algunos halcones en Washington, para contradecir el deseo expresado por el pueblo y conducir la revolución hacia un camino plenamente al gusto norteamericano, seguramente arruinaría para siempre el prestigio que le pueda quedar a Estados Unidos.

Es el momento de una gran audacia. Es comprensible el vértigo que la Casa Blanca sentirá al diseñar una nueva estrategia en una región en la que está en juego la existencia de Israel y las mayores reservas de petróleo del mundo. Pero, como dice Burns, no hay alternativa.

Para Barack Obama es el momento de ser consecuentes. No se puede seguir patrocinando para los árabes sistemas contrarios a los que se defienden en casa. Obama no tiene alternativa para la democratización, pese a los Hermanos Musulmanes, pese a los peligros para la monarquía saudí, pese al lógico pavor desatado en Israel. Es el momento de inventar la doctrina Obama.

 
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