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Artigos: Mundo
La desigualdad y los “indignados” PDF Imprimir E-mail
Escrito por Fuente indicada en la materia   
Domingo, 16 de Octubre de 2011 12:35

Por Carlos Alberto Montaner

Tienen razón los indignados cuando protestan cuando se socializan las pérdidas y se privatizan las ganancias. No la tienen cuando se irritan por las diferencias de ingresos. El mercado es así. Donde funciona, la sociedad, en su conjunto, es mucho más próspera, aunque a veces sea más desigual.

Crece la ira. Los “indignados” –esas personas que protestan en las plazas– reservan su mayor cuota de cólera contra la injusta diferencia de ingresos. Les parece bochornoso que ciertos ejecutivos o propietarios de empresas ganen hasta más de cien veces lo que perciben los trabajadores corrientes y molientes, especialmente ahora, cuando el 10% de la población está desempleada.

¿Tienen razón? No creo. En una economía libre en gran medida es el mercado lo que fija los ingresos de las personas. El mercado, no se olvide, es la resultante de las decisiones de millones de personas. Por ejemplo, los televidentes, con su tenaz determinación de ver el programa de Oprah Winfrey propician que esta dama acumule anualmente 290 millones de dólares. Si el ingreso promedio del trabajador que limpia el estudio de TV es veintinueve mil dólares por año, doña Oprah ingresa diez mil veces esa cantidad. ¿La deben condenar por avariciosa? ¿Por qué, si sus ingresos son el resultado de la decisión del consumidor soberano?

Lo mismo puede decirse de los novelistas James Patterson (88 millones de dólares anuales, el escritor que más gana en el planeta) y Stephen King (28 millones), del tenista Rafael Nadal (31 millones), del beisbolista Alex Rodríguez (38 millones), del astro de soccer David Beckam (40 millones), del golfista Tiger Woods (75 millones) y de los directores de cine David Cameron (257 millones), George Lucas (170 millones) y Steven Spielberg (107 millones).

Todos estos datos y otros similares están al alcance de un clic en una Web denominada Paywizard.org. Incluso, aparecen las personas que trabajan por un dólar al año de salario, como sucede con el alcalde de New York, el multimillonario Michael Bloomberg, o el Papa Benedicto XVI, que ni siquiera recibe ese dólar, pero lo remuneran con el techo, la comida, el vestuario y el resto de los gastos que genera su compleja ocupación de dirigir la Iglesia católica.

Nacemos, ya se sabe, con una innata percepción de la justicia distributiva. Los niños pequeños son capaces de advertir que otras criaturas reciben más leche o papilla que ellos y muestran su enfado cuando sucede. Pero, junto a esa reacción intuitiva está la otra de apoderarse de la mayor cantidad de alimentos, o del juguete ajeno sin detenerse a pensar que esa acción genera una suerte de agravio comparativo. Al niño le molesta que el otro tenga más papilla que él, pero disfruta mucho cuando sucede a la inversa.

Entre los adultos ocurre lo mismo. El señor Michael Moore, apóstol de los indignados, gana con sus documentales, libros y apariciones públicas treinta o cuarenta veces lo que ingresan sus fanáticos, pero en su caso esa superioridad económica es percibida como la confirmación de su talento y no como una prueba de la injusticia del sistema. ¿Hipocresía? Puede ser. Ahí tiene un buen tema el orondo personaje para hacer una necesaria película contra sí mismo y contra la industria de la denuncia social.

La economía libre, sencillamente, no busca la distribución equitativa de los ingresos, sino el éxito material de quienes por su talento, suerte, conexiones, por lo que sea, siempre que cumplan las leyes, acaban siendo beneficiados, fenómeno que unas veces irrita a la mayor parte de los ciudadanos, pero otras parece complacerlos.

Por ejemplo, la muerte reciente de Steve Jobs, el creador de Apple, despertó una inmensa ola de simpatías por el personaje y aumentó la devoción por la firma, especialmente entre la gente joven, incluidos los indignados que protestaban contra Wall Street y la desigualdad, sin advertir que, gracias a la codicia de los inversionistas, que veían en la compañía de gadgets electrónicos una posibilidad de ganar dinero, esa empresa se había convertido en la segunda más valiosa del mercado norteamericano con una capitalización bursátil de más de 319,000 millones de dólares, cifra mayor que el PIB de Colombia o de Venezuela. El CEO de Apple, por cierto, el señor Tim Cook, recibe un salario anual de 59 millones de dólares.

Naturalmente, lo que está muy mal es que los gobiernos rescaten a las compañías que han perdido el favor de los consumidores y, además, les paguen sus salarios a los ejecutivos con dinero público. Eso es ir contra el mercado. Si el Bank of America decide abonarle algo menos de dos millones de dólares anuales al presidente de la institución, el señor Brian T. Moynihan, debe hacerlo con recursos de los accionistas y no con los de los contribuyentes a los que se les impuso la dudosa encomienda de salvar la entidad financiera.

Tienen razón los indignados cuando protestan cuando se socializan las pérdidas y se privatizan las ganancias. No la tienen cuando se irritan por las diferencias de ingresos. El mercado es así. Donde funciona, la sociedad, en su conjunto, es mucho más próspera, aunque a veces sea más desigual.

Periodista y escritor. Su último libro es la novela La mujer del coronel.

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Última actualización el Domingo, 16 de Octubre de 2011 12:38
 
Incertidumbre económica mundial PDF Imprimir E-mail
Escrito por Fuente indicada en la materia   
Martes, 04 de Octubre de 2011 14:31

Por Fernando Enrique Cardoso

Para quien ya sufrió las consecuencias de varias crisis financieras internacionales, no llega a ser sorprendente lo que está ocurriendo en los países más desarrollados de Europa, contagiados por la crisis financiera que tuvo origen en los países menos desarrollados de esa región.

 

En el pasado reciente, los bancos centrales y los ministros de finanzas de los primeros procuraban mostrar que no había forma de equiparar la situación de su país con la tragedia que ocurría en otro. Las situaciones fiscales no eran las mismas, la proporción de la deuda en relación con el producto interno bruto no era tan grande; en un caso, la deuda interna estaba en manos de los agentes financieros internacionales y se denominaba en dólares; en otros, al contrario, eran los ahorristas nacionales los que prestaban a los gobiernos locales en la moneda del país, y así sucesivamente.

 

Pero casi siempre había una variable crítica: el cambiante estado de confianza de los agentes del mercado financiero internacional. Cuando se instalaba la desconfianza en la solidez de las cuentas fiscales o externas de un determinado grupo de países relacionados de alguna manera, los argumentos sobre las diferencias perdían fuerza. Y cambiaban poco si surgía el fantasma de la suspensión de pagos, de la moratoria, como se decía.

 

El recetario del Fondo Monetario Internacional (FMI) tampoco ponía atención a las diferencias. Exigía siempre más de lo mismo, a veces no sin alguna razón: ajuste fiscal, reforma patrimonial del Estado, etcétera. Pero ponía oídos sordos a la exigencia de que hubiera más regulación del mercado financiero internacional. Era lo que pedíamos a la comunidad internacional quienes dirigíamos los países en aquella época de aflicciones.

 

Reclamábamos mayor regulación internacional para contener la especulación contra las monedas nacionales, esto es, crear fondos de auxilio más grandes y de más fácil acceso, el fortalecimiento de la base financiera del FMI y el perfeccionamiento de sus prácticas.

 

Era preciso que se atendiera con mayor rapidez a los países con crisis de liquidez y se les impusieran menos ''condicionalidades'', esto es, las imposiciones restrictivas a la política económica y fiscal de los países deudores, pues si el ajuste fiscal rebasaba determinado punto, se impediría la reactivación del crecimiento económico.

 

Para financiar los nuevos fondos, algunos de nosotros relanzamos la idea de la tasa Tobin, un impuesto a las transacciones financieras internacionales, a pesar de los reclamos continuos de los especialistas respecto de los efectos de ese tipo de gravamen.

 

Algunos países emergentes tuvieron mejores condiciones para negociar con el FMI, como fue el caso de Brasil, que en 1994 había aplicado el Plan Real por su cuenta y riesgo, sin el aval del Fondo. Con el Plan Real modificamos drásticamente las bases de la política fiscal, saneamos las finanzas de la Federación y de los estados, impusimos reglas severas al sistema financiero siguiendo las recomendaciones de Basilea para controlar el ''apalancamiento'', esto es, los préstamos sin una base adecuada de capital propio en los bancos.

 

Al mismo tiempo, al privatizar, no descuidamos ampliar la competencia y mantener activos los instrumentos públicos de crédito en el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES) y en el Banco de Brasil, volviéndolos capaces de reestructurar empresas nacionales o localizadas en el país. Al lado de eso y hasta ahora, los sucesivos gobiernos apoyaron un aumento constante del salario mínimo real y, a partir del año 2000, fue posible crear una red de protección social de la cual las Bolsas Familia (transferencia directa de ingresos a las familias pobres), iniciadas con nombres diferentes, se convirtieron en símbolo de la inclusión social, disminuyendo la pobreza y reduciendo un poco las desigualdades.

 

Ahora, por primera vez, los países más desarrollados sienten las consecuencias de la falta de regulación del sistema financiero. Al observar lo que ocurre en la economía global nos topamos con una situación incierta. La regulación financiera propuesta en las reuniones del Grupo de los 20 (países industrializados y emergentes) ha encontrado dificultades para realizarse, dada la diversidad de los intereses nacionales.

 

Cada banco central opera como mejor le parece.

 

La Reserva Federal de Estados Unidos inunda con dólares al país y al mundo entero y hace operaciones típicas de bancos comerciales sin preocuparse por la ortodoxia. Los responsables de los desmanes financieros no han sido castigados, sino que reciben bonos (al contrario de lo que ocurrió en el programa brasileño de saneamiento del sistema financiero, que castigó a los banqueros) y el desempleo no cede pues no hay consumo ni inversión.

 

El Banco Central Europeo y el FMI exigen a los países en bancarrota virtual sacrificios fiscales que imposibilitan la reanudación del crecimiento y, por tanto, la vuelta a la normalidad. Las tasas de interés se mantienen cerca de cero, sin previsión de cambio, y las economías no reaccionan. En Europa, cada país sigue la política fiscal que desea pues no hay mecanismos de unificación. El desempleo y el malestar político minan a esos países y la amenaza de la moratoria es su compañero constante.

 

De este cuadro escapan las economías emergentes, China a la cabeza de todas. ¿Hasta cuándo? Es evidente que una recesión prolongada o una gran contracción, como dice el economista estadounidense Kenneth Rogoff, transmitirían sus males a las economías emergentes, por conducto del comercio internacional. Antes de que eso ocurra y el desastre sea mayor, es preciso que haya un entendimiento global.

 

Este debería partir del reconocimiento de que las deudas de algunos países europeos son impagables. Con el nombre de reestructuración o cualquier otro es preciso aliviar ya la situación de Grecia, de Portugal y eventualmente de España e Italia. Sus deudas internas y externas y la penuria de sus bancos, llenos de títulos de calidad desconocida, no les dan alternativas de reanudación del crecimiento sin una reducción sustancial del valor de sus pasivos.

 

No habrá condiciones político-morales para proceder a tales reestructuraciones sin, al mismo tiempo, distribuir bien el costo de la ''socialización de las pérdidas''. El grito del inversionista estadounidense Warren Buffet, seguido por millonarios de otros países, muestra el descalabro del ''Tea Party'' al querer imponer más tributos a los más pobres, que no tuvieron ninguna responsabilidad en la crisis. Por fin, o el euro se derrite por falta de unificación fiscal, o ésta se logra, o la Unión Europea se encoge autorizando a algunos de sus miembros a devaluar y a usar otra vez su moneda nacional.

 

Nada de eso puede hacerse sin un liderazgo político fuerte, dispuesto a redistribuir el poder global y a reorganizar sus bases de decisión. ¿Tendrán fuerza para tanto? He ahí el enigma.

 

 

Fernando Henrique Cardoso es sociólogo y escritor, fue presidente de Brasil de 1995 a 2003.

 

Última actualización el Martes, 04 de Octubre de 2011 14:36
 
España no está de fiesta PDF Imprimir E-mail
Escrito por Fuente indicada en la materia   
Sábado, 01 de Octubre de 2011 11:22

Por Martín Guevara

No anda de fiesta la actualidad socio económica española, país donde vivo hace muchos años, realidad a la que pertenezco. Llevamos cuatro años de un frenazo y posterior caída de la actividad económica, ligada casi exclusivamente a la construcción, donde descansaba el milagro económico nacional, sin diversificación ni reinversión alguna en terrenos de mayor calado, de mayor simiente.

 

Todo comenzó a partir del conocido desplome de Lehman Brothers Inc. E idéntico segmento socioeconómico, fue el que en España dio las primeras campanadas de que algo estaba por cambiar.

 

Lo que ocurrió es de todos conocido, los datos son devastadores en cuanto al trauma sufrido por la desarticulación de una maquinaria que mantenía en activo a millones de personas, directa o indirectamente ligadas a la tarea de colocar un ladrillo sobre otro. Toda la industria satélite parasitaria de dicha actividad, que va desde las fábricas de tornillos hasta las de grúas, se vio bruscamente afectada por el parón.

 

En un primer momento se pensó que podía ser pasajero, ni el FMI a manos de Rodrigo Rato, ex ministro de economía con gobiernos del Partido Popular, vio la más mínima punta del iceberg asomar por bajo su propio barco, ni los presidentes de los países más desarrollados siquiera.

 

Tampoco las empresas calificadoras.

 

O éstas quizás sí pudieron haberlo visto, sólo que la discreción podría haber sido un  condicionante sine qua non,  para llegar a catar esos interminables trozos de pastel, con que se los puede observar siempre al cabo de los festines.

 

Novedosa prestidigitación, ¡todo por aquí; nada por allá!

 

Transcurrieron los meses, los años, y el país cambió, incluso en su mapa  cromático y fenotípico, que empezaba a cobrar una variedad similar a Nueva York o Amsterdam, a causa de la cantidad de nacionalidades que decidieron instalarse aquí, como una subsidiaria de la Babilonia moderna, a saber: cualquier Metrópoli que sea capaz de congregar pasta (*)  y libertades, en cantidades que logren suplir las añoranzas de la tierra patria, del pésimo vino propio y de las moscas vespertinas seseantes entre las chozas del poblado.

 

Entonces el paisaje  retornó paulatinamente a la imagen de una España habitada casi en exclusiva por material nacional o de proximidad, incluyendo los sempiternos ingleses y alemanes que arriban con el fin de transcurrir la vejez bajo el sol y bulliciosas maneras del amor.

 

En eso se llegó a una situación de casi cinco millones de desocupados con seguro de desempleo, de medio millón de inmigrantes retornados a sus respectivos países, de cuarenta mil españoles emigrados en cuatro años a Argentina, de más de diez mil cada año a trabajar en la uva, en la fresa y en la manzana en Francia, de profesionales emigrados al Reino Unido, y Alemania y el éxodo de unos cuantos miles de informáticos y otros profesionales de innovación y desarrollo, a Estados Unidos.

 

 

Las cosas donde solían estar

 

 

En estos cuatro años, no sólo no se penalizó a los culpables del descalabro, y no se abrió una investigación para esclarecer el grado de responsabilidad de los involucrados, sino que, sin ninguna garantía ni condición de retorno, se les concedió el dinero que celosamente se había ido guardando durante estos años de vacas gordas, espantosamente obesas, y que procedía en su mayoría del pago de impuestos generales, o gravados a las clases medias y bajas.

 

No hubo ni una medida para recaudar que afectase a los más ricos, pasando por alto dos motivos de orden prioritario, uno es que eran los reponsables de esa situación, y el otro es que son quienes más solidarios pueden ser. Me refiero a los obscenamente ricos, a los cuales un Estado no debe culpar de mezquindad, ni puede esperar de ellos por motu propio un acto de generosidad, sino que debe exigirla. Es lo único que le pedimos al Estado.

 

Se les proveyó de varios lotes de dinero a fondo perdido. A los trabajadores y pequeños y medianos empresarios que se quedaron sin un céntimo no se les facilitó más que la advertencia de que no se iría a tolerar una actitud incivilizada. También la amenaza de que si no manteníamos contentos a los bancos, corríamos el riesgo de perder los últimos ahorrillos, los cuales ciertamente, el que más o el que menos, mantenemos resguardados y bien vigilados.

 

Accedimos.

 

Un poco reconociendo también nuestra porción de responsabilidad en la quiebra del confort prefabricado, cuando la codicia humana llegó a ámbitos del alma otrora límpida y despreocupada de lo material. Más o menos todos y cada uno, en ese acto de aceptación de semejante sodomía, aceptamos el hecho de que nadie nos colocó una pistola en la cabeza ni nos emborrachó para firmar hipotecas inmobiliarias a treinta, cuarenta y hasta a cincuenta años,  por coches de marcas y características  fuera del alcance de las clásicas  posibilidades del vulgo, y todo tipo de elementos fetiches de la suntuosidad mersa, así como artefactos o marcas, diseñados exclusivamente para el nuevo perfil de socios admitidos en el club de gasto.

 

Diseñados exclusivamente para esa época de espuma de billetes, con líneas y calidades notablemente  vulgares, tan poco sugerentes como los nuevos ostentosos. Con distintivos acreditativos del más dudoso gusto. Ya que en definitiva, aún cuando se permitía y promovía el acceso de los grasas al mismo gasto que algunos viejos pudientes, tampoco era cuestión de descuidar la separación de compartimentos.

 

Unos por un lado y los de siempre por otro, como corresponde.

 

Pero la participación del vulgo en el sainete, no excusa en absoluto la responsabilidad de bancos y constructoras, quienes promovieron la estampida de esa masa indolente, de todo ese rebaño irresponsable,  hacia la mímica burda de una posición financiera holgada, utilizando la tendencia más elemental del hombre común, su codicia.

 

 

La izquierda administrando injusticia

 

 

Un año más tarde del comienzo de la crisis., y cuando comenzaban a perderse numerosos puestos de trabajo, el director del banco Santander, anunció que los beneficios de ese período fiscal eran superiores a 8 mil millones de euros, manifestando no comprender bien el motivo de queja de la gente.

 

Hoy, unos años más tarde, además de continuar acumulando beneficios nada despreciables, poseen ya, entre ésta y otras entidades bancarias españolas, no sólo las viviendas adquiridas a quienes no pudieron hacer frente al pago de la hipoteca, sino también la deuda total contraída. Se les tomaba la casa, lo que debería suponer el fin de las obligaciones, y encima cuando la rematan no descuentan lo invertido como pago del préstamo.

 

Por los bares, las plazas y los loqueros de España toda, se pueden ver zombis a los cuales el banco les quitó la casa y al que le deben unos cuantos cientos de miles de euros.

 

Más que un abuso parece una broma de mal gusto, una felonía medieval.

 

La izquierda administrando injusticia es un contrasentido, la izquierda en el poder institucional es como el hombre desempeñando un trabajo bajo la superfice del oceáno, con un traje de buzo o escafandra, o en el cosmos con casco suministrador de oxígeno. Puede ser que incluso hiciese un excelente trabajo, pero en algún momento sentirá la hostilidad del medio ajeno, y por más reservas de airte o de entusiasmo con que cuente, tarde o temprano deberá regresar a su hábitat natural.

 

Eludo caer en la tentación de considerar que el mismo gobierno que fue acusado de extremista, durante su primera legislatura, no se encontrase con elementos de presión, no hechos públicos por supuesto, que lo  pudieron haber persuadido, de tomar las medidas que ya conocemos, sin tocar otras cuerdas sensibles del sistema.  Por dos razones, José Luis Rodríguez Zapatero no es ni fue un revolucionario llamado a subvertir el orden social, sino un socialista reformista, acorde a la tradición y los usos progresistas de la democracia social, y la otra versa sobre la gravedad de la alternativa de negarles a los mercados las  ofrendas y cebos que lo mantienen de buen humor.

 

No me cabe duda alguna de que debió haberse encontrado en una encrucijada dificil de resolver, sin echar por tierra del modo que lo hizo, toda posibilidad de trascendencia noble, que se tenía ya granjeada de sobra por lo hecho en sus primeros cuatro años al frente del Ejecutivo. Ciertamente no debía ser un panorama  demasiado animado, para terminar aceptando semejante cambio de calidad en el perfil con que pasar a la Historia.

 

Pero una vez dicho esto, también resulta de dificil digestión, asistir a tantas generosas concesiones a quienes propiciaron esta crisis, sin exigirles a cambio el más minimo aporte.

 

 

Los ricos, indignados

 

 

Recientemente, con el escaso asombro que me va quedando frente a los disparates de la política en general, pudimos ver como por fin después de que en Francia, catorce de las mayores fortunas del país pidiesen ser gravados con mayores cargas impositivas, lo mismo que en Suecia, Alemania y Reino Unido, observé atónito sin embargo, como el principal partido de oposición, que pretende gobernar, y que se ha llenado la boca con que Zapatero no atiende a los pobres, a los 4 millones de parados, además del propio Emilio Botín, quien declarara haber ingresado atractivas cantidades de efectivo mientras el país se iba a pique, sin el menor rubor, dijeron que les parece un despropósito, un abuso con quienes han tenido la delicadeza y la prudencia de ahorrar en tiempos de vacas gordas. Una falta de consideración. Y las señoras gordas de los barrios proletarios, con todos los hijos en el paro, acompañándolos en sus lamentos.

 

A los maestros, policías y bomberos se les está exigiendo cada vez más sacrificios por el mismo dinero y la gente considera que son unos caraduras por quejarse. Tres millones de personas perdieron sus trabajos y miles de familias están en proceso de desahucio por impagos. La sociedad quebrada, y no se ha ingresado a un período marcado por los problemas de violencia social, porque el hambre no ha llegado a los hogares. El sistema de bienestar social aún no está completamente desmantelado.

 

Y ahora que se quiere aplicar una medida necesaria, que recaudará de quienes menos lo precisan y que más oportunidad tienen de mostrar su amor por España, y compromiso con la Patria, resultan ser los menos dispuestos a ayudar en esta coyuntura.

 

Se han ofendido mucho. Nadie les dio una explicación.

 

Lo natural es que Botín lo esté. Lo normal era que el Partido Popular se quitase esa máscara con que quería hacer no sé bien que simulación, que tampoco les convenía demasiado, y que dijese: "Nosotros somos  partidarios del mercado liberal, del capitalismo más o menos salvaje, y lo que no podemos hacer es apoyar ningún tipo de gravamen sobre las ganancias".

 

Pero: ¿qué hacen todos los medios de prensa haciéndose eco de este escandaloso comportamiento?

 

¿Qué hacen las madres y padres de jóvenes desocupados opinando que a los maestros hay que mandarlos a trabajar más, pero a los ricos es mejor dejarlos en paz con sus dineros,  porque si deciden irse de España quién nos dará trabajo (en realidad deberían referir "si terminan de irse", porque  entre paraísos fiscales y mano de obra barata en Oriente, ya no tienen casi capital invertido en el país)?

 

Me reconozco como simpatizante del capitalismo controlado y con indumentaria humanizante, ese que no pone ningún tope a la capacidad de las personas por arriba, pero sí coloca un límite de caída, tras el cual interviene, no permaneciendo impasible ante la degradación del ser humano. Capitalismo keynesiano si se quiere. De tipo escandinavo. E incluso de los buenos tiempos europeos del Estado de bienestar, lleno de concesiones hechas a los idearios socialistas democráticos.

 

Tengo la certeza, adquirida a través del conocimiento empírico, de que un sistema socioeconómico basado en la vigilancia estatal de la igualdad indiscriminada, como las dictaduras del proletariado del Este de Europa Asia y Cuba, termina resultando el más injusto de los sistemas posibles, ya que inevitablemente tiende a alejarse de la felicidad social, al suprimir de la persona su condición de individuo y sus diferencias en pos de la masa. Impartiendo además, a la manera de la Santa Inquisición, el oportuno castigo a la tentación de corromper el alma.

 

Aun cuando creo que categóricamente hay que desterrar la violencia política, sea cual fuere su signo y sus declaradas e inconfesas finalidades.

 

Y aunque pienso que el mundo que mejore a éste debe estar asentado sobre la base de libertad y el mismo respeto por la diferencia que por la similitud, no he podido evitar estos días sentir una cercanía repentina a ciertos reclamos de mi tío Ernesto, no ya en su espíritu que es donde casi siempre la he experimentado, sino en el terreno en que generalmente me siento más distante.

 

Quizás haya servido en definitiva para acercarme sin ataduras incómodas, a algunos aspectos de su carácter, aquellos en que coincido no por mandato de una religión familiar ni política,  sino por el más elemental sentido del orgullo y el decoro. Y si se quiere, por la firmeza frente a la sodomía no autorizada, ni debidamente lubricada.

 

 

 

Publicado originalmente con el titulo Reminiscencias. E insuficiente cocción, en el blog del autor.




Fuente: Blog de Martín Guevara

 

 
Cómo sería y cómo puede evitarse el derrumbe del euro PDF Imprimir E-mail
Escrito por Fuente indicada en la materia   
Miércoles, 21 de Septiembre de 2011 13:01

Por Jacques Attali

Hay que mirar la realidad de frente. La crisis bancaria y de las finanzas públicas podría llevarnos al derrumbe del sistema financiero, a una gran depresión y a un desempleo generalizado.

 

Ya es tiempo, en Francia, de prepararse para el doble shock que vendrá de la crisis bancaria y de la crisis de las finanzas públicas. Porque viene. Pronto estará aquí. Y nadie reflexiona lo suficiente acerca del escenario de lo peor; como si bastase, para conjurarlo, con no pensar en ello.

 

Así se desarrollará, en diez etapas:

 

1. Grecia, no teniendo ya los medios para financiar sus déficits, deja de reembolsar a sus acreedores, de pagar una parte de sus jubilaciones, de abonar un porcentaje de los sueldos a sus empleados públicos. Todos los bancos que le han prestado y todas las empresas que le venden armas y otros productos de primera necesidad sufren pérdidas. Pese a ello, Grecia no sale aún de la zona euro: ningún tratado la obliga ni lo hace posible; más aún, nadie puede forzar a los griegos a convertir los euros que poseen en una dracma de menor valor.

 

2. Para reflotar a ese país, la eurozona rechaza entonces utilizar los magros recursos del Fondo de Estabilización Europeo y crear eurobonos (que sólo tienen sentido con una fiscalidad europea, para reembolsarlos, y un control europeo de los déficits de los presupuestos nacionales, para evitar hacer de ellos un mal uso).

 

3. A falta de instrumentos financieros europeos suficientes, los demás países de la Unión abandonan a Grecia a su suerte.

 

4. Los mercados, es decir esencialmente los prestamistas de Asia y Medio Oriente, se inquietan por este abandono y les cobran cada vez más por sus capitales a Portugal, España e Italia.

 

5. La crisis se extiende a Francia, al verse que su situación financiera no se equipara siquiera a la de Italia (cuyo presupuesto, aparte del servicio de la deuda, tiene excedente, a diferencia del de Francia), y al medirse que esos bancos y compañías de seguros detentan una amplia parte de la deuda pública de los países periféricos y tienen aún masivamente en sus carteras activos tóxicos, actualmente sin valor.

 

6. Para evitar el derrumbe de sus bancos, se busca accionarios privados o públicos. En vano: hay que conseguir, sólo para los bancos franceses, el equivalente al 7% de su PIB.

 

7. En pánico, el Banco Central Europeo consiente entonces un financiamiento masivo de sus bancos, resolviendo nuevamente un problema de solvencia mediante la provisión de liquidez.

 

8. Horrorizada por ese laxismo, Alemania sale entonces del euro y crea un "euro+", siguiendo un plan ya bien preparado que, según un banco suizo, cuesta a cada ciudadano alemán entre 6 y 8.000 euros el primer año y luego entre 3.500 y 4.500 anuales.

 

9. La explosión del euro revela entonces a los mercados que los bancos anglosajones no andan mejor, porque tampoco ellos se han liberado de sus productos tóxicos y porque la burbuja inmobiliaria no está allí para mantener la ilusión.

 

10. Se produce entonces el derrumbe del sistema financiero occidental, una gran depresión, un desempleo generalizado y, a mediano plazo, el cuestionamiento mismo de la democracia.

 

No se exorciza semejante tragedia negándose a reflexionar acerca de ella. Y puesto que los gobiernos no parecen dispuestos a actuar seriamente para evitarla, por qué no pedirle al Parlamento europeo que se reúna en sesión extraordinaria, se declare Asamblea Constituyente, vote la puesta en marcha de un verdadero federalismo presupuestario, del cual depende la supervivencia de todos lo que hemos construido, desde que Europa renunció a la barbarie. Hace no tanto tiempo.

Fuente: Slate.fr

Jacques Attali es un economista y escritor francés, consejero de Estado honorario. Cofundador y editorialista de Slate.fr y columnista de la revista L'Express. Preside Planet Finance y es autor de más de 50 obras

 
Una guerra por el petróleo PDF Imprimir E-mail
Escrito por Fuente indicada en la materia   
Domingo, 04 de Septiembre de 2011 14:54

Por Luis del Pino-

Zapatero y el PSOE no solo nos han llevado a una guerra por el petróleo. Es que, para colmo, el petróleo era para otros.

El 22 de marzo de este año, José Luis Rodríguez Zapatero comparecía ante el Parlamento español para solicitar la convalidación de la intervención militar en Libia. No se trataba de aprobar esa intervención, puesto que el gobierno español ya había comprometido nuestra participación y ya se había, producido, de hecho, la movilización de cuatro aviones de caza para acciones ofensivas, un avión de abastecimiento, una fragata y un submarino. Lo que Zapatero hacía era buscar la cobertura parlamentaria a posteriori para algo que era ya un hecho consumado.

En su discurso, en el que en ningún momento calificó la intervención en Libia como una guerra, Zapatero explicó las supuestas razones que llevaban a España a participar, como miembro de la OTAN, en el conflicto. "La razón por la que estamos interviniendo en Libia", dijo Zapatero, "es un principio humanitario: para defender a los ciudadanos de los ataques de las propias fuerzas libias". La comunidad internacional ha decidido, continuó, "mostrar al pueblo libio nuestra determinación de apoyarle para que pudiese realizar sus aspiraciones y construir su futuro democrático, respetando su soberanía e integridad territorial". Según el presidente del gobierno español, España debía "contribuir a la protección del pueblo de Libia, a prestarle apoyo humanitario, y a facilitar la realización de sus aspiraciones."

"España asume", concluía Zapatero, "su responsabilidad como miembro activo de la Comunidad Internacional... que, con esta decisión, ha dado un paso de relevancia histórica: fijarse con toda claridad la tarea de proteger a un pueblo, en este caso, el pueblo libio, de la amenaza que representan sus actuales gobernantes, y facilitarle la realización de sus aspiraciones de autogobierno".

El discurso de Zapatero iba en la línea del que tres días antes había pronunciado Nicolás Sarkozy en el Palacio del Eliseo, tras la reunión de París convocada por el presidente francés, con el fin de decidir los pormenores de la intervención militar. En aquel discurso, Sarkozy declaraba solemnemente que la comunidad internacional salía "en ayuda de un pueblo en peligro de muerte..., en nombre de la conciencia universal, que no puede tolerar tales crímenes" como los que Gadafi estaba cometiendo.

El pasado jueves, sin embargo, el diario francés de izquierda Liberation hacía pública la existencia de un acuerdo secreto entre Francia y los rebeldes libios para que el país galo controlara el 35% de la producción petrolífera libia, como pago al apoyo que Sarkozy ha brindado a los rebeldes. El acuerdo se enmarcaría, según Liberation, en la guerra comercial que en estos momentos estarían manteniendo distintos países miembros de la OTAN por el control del mercado y los recursos del país africano.

Esa guerra comercial enfrentaría por un lado a Italia, que pretende mantener su primacía en el sector petrolífero libio a través de la empresa estatal de hidrocarburos ENI, y por otro lado a Francia y Gran Bretaña, deseosas de que sus empresas petrolíferas incrementen su presencia en el que es actualmente el cuarto mayor productor de petróleo de África y el que cuenta con las mayores reservas de crudo. Una guerra comercial, según el diario italiano La Stampa, en la que el gobierno francés habría apretado el acelerador, ante el inminente fin del conflicto.

Como prueba de la existencia del acuerdo entre el gobierno francés y los rebeldes libios, el periódico Liberation reproducía una carta del Consejo Nacional de Transición libio fechada el pasado 3 de abril y dirigida al emir de Qatar, que habría actuado de intermediario de los acuerdos con Francia.

La existencia de ese acuerdo fue rápidamente desmentida por los rebeldes libios, aunque el ministro francés de Asuntos Exteriores, Alain Juppé, respondió de una manera bastante menos categórica a las preguntas de los periodistas. En una entrevista concedida a la cadena de radio RTL, Alain Juppé dijo que "no le constaba" la existencia de esa carta de los rebeldes libios al emir de Qatar, y que tampoco conocía de la existencia de ningún acuerdo formal. Sin embargo, a continuación añadió: "Lo que sí sé es que los rebeldes libios han declarado oficialmente que, en lo que respecta a la reconstrucción de Libia, recurrirán con carácter preferente a aquellos que les han ayudado". "Lo cual", sentenció Juppé, "me parece justo y lógico".

También el director general de la petrolera francesa Total, Christophe de Margerie, afirmó desconocer el acuerdo para que Francia recibiera el 35% del petróleo libio, pero el diario francés Liberation publicó que representantes de esa petrolera francesa habrían mantenido diversas reuniones en Benghazi a lo largo de junio y julio, , con el apoyo del gobierno de Sarkozy, para establecer contactos con el Consejo Nacional de Transición libio.

El mismo jueves, el periódico inglés The Guardian informaba de que también el Reino Unido estaría tomando posiciones y que British Petroleum está manteniendo negociaciones para reanudar sus prospecciones petrolíferas en Libia. Algunos analistas enmarcan dentro de este contexto la reciente decisión del Reino Unido de desbloquear los fondos del estado libio en instituciones financieras británicas.

Aunque Gadafi aún no ha sido localizado, y aunque todavía quedan bolsas de resistencia de los partidarios del régimen anterior en torno a la ciudad de Sirte, parece que la pelea por el oro negro ha comenzado. Y lo ha hecho con una obscenidad que deja en evidencia la retórica pacifista de quienes justificaban esa guerra en las supuestas atrocidades de Gadafi contra su población, al mismo tiempo que contemporizan con un régimen sirio que se está comportando de forma mucho más sanguinaria a la hora de reprimir las protestas de sus ciudadanos.

Quienes también quedan en evidencia son el presidente del Gobierno español y el propio Partido Socialista, que no solo metieron a España en una guerra sin contar con la previa autorización parlamentaria, sino que además mintieron al justificar con razones humanitarias lo que parece que no era sino una intervención militar por el control del petróleo libio.

Pero al menos los franceses, los ingleses o los italianos pueden justificar su participación en esa guerra aduciendo razones comerciales y económicas. Mientras que España, por lo que se ve, ni siquiera cuenta en esa pelea de buitres por las reservas de crudo libias.

Zapatero y el PSOE no solo nos han llevado a una guerra por el petróleo. Es que, para colmo, el petróleo era para otros.

Última actualización el Domingo, 04 de Septiembre de 2011 15:10
 
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