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Artigos: Mundo
Elecciones Presidenciales en Estados Unidos 2012: Un Análisis PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Sábado, 10 de Noviembre de 2012 23:33

Por Jorge Hernández Fonseca.-

Probablemente nunca antes la elección del presidente norteamericano estuvo revestida de los fuertes tintes ideológicos, que la disputa que acaba de finalizar, dando una clara victoria al candidato demócrata Barack Obama, válida para su reelección.


Elecciones Presidenciales en Estados Unidos 2012: Un Análisis

Jorge Hernández Fonseca

07 de Septiembre de 2012

La elección presidencial norteamericana se presentó como una disyuntiva importante de los rumbos políticos, económicos y sobre todo sociales, que tomará la nación Norteamericana futuramente. La disputa entre Mitt Romney y Barack Obama se proyectó más allá de una batalla por el sillón presidencial estadounidense, escenificándose como un verdadero embate ideológico entre dos formas diferentes de sociedades, en un país que representa el mayor marco cultural, civilizatorio y tecnológico de la actualidad.

Probablemente nunca antes la elección del presidente norteamericano estuvo revestida de los fuertes tintes ideológicos, que la disputa que acaba de finalizar, dando una clara victoria al candidato demócrata Barack Obama, válida para su reelección. El candidato victorioso ganó la elección en el colegio electoral, como la ley manda, y también en el llamado voto popular, obteniendo la mayoría absoluta del universo de votantes que comparecieron a las urnas.

Obama se alza con la victoria a pesar del pésimo estado de la economía del país que él había encabezado los últimos cuatro años, factor que siempre pesó en la decisiones anteriores ante las urnas norteamericanas, lo que califica adicionalmente el éxito alcanzado y de alguna manera revaloriza su posición en la disputa ideológica escenificada en la campaña electoral.

Por un lado, Mitt Romney propugnaba un “retorno a los valores conservadores tradicionales” norteamericanos, que según su razonamiento, había llevado al país a los niveles de éxito y liderazgo mundial en los aspectos sociales, económicos, políticos y militares, convirtiéndolo en la primera potencia mundial. Por su parte, Obama mostraba un camino de cambios en el conservadurismo tradicional de la sociedad, apoyando leyes de corte “progresista”, así como un sistema de asistencia social universal, todo asociado a cierta renuncia a continuar con el papel rector unilateral de EUA en el plano internacional.

La posición de Romney propugnaba el retorno de EUA a las posiciones que le permitirían re-asumir su condición de líder mundial, mientras que Obama defendía el cambio de visión hacia una sociedad más solidaria socialmente, sin una excesiva acción exterior unilateral. Se trató de una diputa relativa al papel futuro de la Nación Norteamericana en los dos aspectos principales de su accionar político: internamente, la participación del estado para el apoyo solidario social y en el aspecto exterior, el papel norteamericano en el mundo actual compartiendo el liderazgo.

Históricamente toda la sociedad humana fue creciendo paulatinamente impulsada por una mezcla de talento individual con organización colectiva del hombre, agrupándose en pueblos, ciudades, países y naciones, que por sus grados de desarrollo cultural y material general devinieron en estados de diversos tipos: algunos consiguieron crear riquezas y se convirtieron en estados fuertes y poderosos, otros menos desarrollados y por eso menos poderosos, al relacionarse con los estados ricos se convertían en dominados de diversas formas.

La historia mundial revela la sucesión de imperios dominadores, con el grupo de países y etnias dominadas. Desde el inicio de la civilización en la Mesopotamia, con sus diversas etnias que dieron lugar a los primeros imperios con dominadores y dominados, pasando por el imperio egipcio y su esplendor, los diversos imperios persas, las dinastías chinas, el imperio griego de Alejandro el Magno, el imperio romano, de varios siglos de duración y así sucesivamente hasta hoy, que se considera a EUA como el país líder mundial, o “el imperio”.

De manera que, desde que el mundo civilizado existe, hay países dominadores y dominados, lo que nos llega hasta hoy con la misma connotación de la antigüedad, denominándose “imperios” a aquellos países desarrollados que ejercen su papel de líderes mundiales. Tal es el caso de los Estados Unidos, que recibe esta denominación heredada de la guerra fría, escenificada por los dos “imperios” de la época: el imperio soviético, materializado como una falsa “unión de repúblicas” (dominador y dominados juntos en un solo “país” artificial) y los Estados Unidos, denominado por los soviéticos --y la izquierda mundial-- como “el imperio norteamericano”.

Fuera de la diputa territorial escenificada entre EUA y la antigua Unión Soviética, existía un fondo ideológico entre ambos contendientes; se trataba de dos visiones diferentes de sociedades: por un lado, EUA propugnaba un sociedad democrática, libre política y económicamente, donde el ser humano tuviera responsabilidades individuales con su futuro y la visión soviética, socializante, donde la libertad se subordinaba a los intereses colectivos, estableciéndose una dictadura política, con la finalidad de recibir ventajas sociales colectivas.

La Unión Soviética desapareció por implosión interna, debido a que su sistema dictatorial no funcionó, ni en el aspecto social ni en el económico y el campo democrático, liderado por EUA, quedó como líder unilateral del llamado “mundo libre”, junto a los países de Europa agrupados en la Unión Europea. Este campo democrático caminó rápidamente hacia un crisis financiera de grandes proporciones y colocó sobre el tapete la discusión sobre el exceso de liberalismo de los sistema económicos-financieros por un lado, trayendo a remolque la discusión sobre los “beneficios sociales” y su conveniencia como potenciales causantes, en Europa, de la crisis.

Como que la crisis financiera golpeó por igual a Europa y Estados Unidos, se infiere que la manera de enfrentar los aspectos sociales en la Unión Europea no han sido los causantes directos de la crisis, ya que EUA había tenido hasta ese momento una manera totalmente diferente de enfocar estos beneficios y en este país la crisis ha sido igualmente profunda. En esta constatación encontró Obama el argumento básico para insistir en la necesidad de más beneficios sociales adicionales para los norteamericanos.

La indiscutible victoria de Obama apunta en dos direcciones: una dirección interna, para continuar con el establecimiento de un sistema social más parecido con el europeo --criticado por los republicanos-- y otra dirección, para detener la excesiva intervención externa unilateral de los Estados Unidos en asuntos de terceros países. Las grande preguntas para ambas direcciones serían: ¿el sistema de protección social europeo causaría un excesivo daño al papel individual que cada persona debe tener en la sociedad norteamericana como parte de su iniciativa? y ¿sería estratégicamente conveniente para EUA que abandonara voluntariamente su papel de líder mundial, sabiendo que el vacío de poder siempre es foco de la ambición de otros aspirantes, como lo demuestra la historia “desde que el mundo es mundo”?

Es claro que ambas preguntas deben ser respondidas sólo por los norteamericanos y no por el resto del mundo, que de alguna manera “observa los toros desde la barrera”, y carece de los elementos y la responsabilidad implícita en aquellos que viven en el seno de la sociedad de más alto grado de desarrollo entre las potencias mundiales actuales. Es de destacar que muchas de las actuales potencias son países “venidos a menos”, por haber sido en otros tiempos “el imperio”, sin que en ningún caso este haya sido objeto de renuncia voluntaria por parte de quienes lo ejercieron, la mayoría de las veces de manera cruel y sangrienta.

Artículos de este autor pueden ser encontrados en http://www.cubalibredigital.com

Última actualización el Sábado, 10 de Noviembre de 2012 23:35
 
Elecciones en Estados Unidos: ¿Sandy al rescate de Obama? PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Viernes, 02 de Noviembre de 2012 12:06

Por Daniel Zovatto.-

La combinación de aciertos y errores cometidos por Obama y Romney durante la campaña y la evolución de los datos económicos determinan que la elección presidencial estadounidense contenga una alta dosis de suspenso debido a la estrecha diferencia que separa a ambos candidatos. Ni las convenciones, ni los tres debates, ni la publicidad negativa, ni los miles de millones de dólares invertidos en la misma (la más cara de la historia norteamericana), ni incluso el huracán Sandy (convertido en tormenta tropical Sandy) han sido capaces de desempatar a los dos rivales en esta altamente polarizada y disputada elección. Será pues una final infartante la que viviremos en la noche del martes 6 de noviembre, cuando se definirá al presidente de Estados Unidos de los próximos cuatro años.

Voto popular y voto electoral

Al día de hoy, la mayoría de los tracking polls muestran un empate técnico entre Obama y Romney, con muy leve ventaja (dentro del margen de error) para este último. Si bien importantes, estas encuestas no son útiles para anticipar el vencedor ya que miden la intención del voto popular a escala nacional, que no cuenta en las elecciones presidenciales estadounidenses.

El presidente Obama sigue desde Casa Blanca el paso del huracán Sandy

El voto que sí importa es el electoral, es decir el voto en cada uno de los 50 estados más el del Distrito de Columbia (donde se ubica la capital de la nación). En el sistema electoral estadounidense el presidente no se elige mediante el voto directo (voto popular) sino a través del Colegio Electoral (el cual se reúne a principios de diciembre), es decir a través de los electores provenientes de los 50 estados (cuyo número varía de estado a estado en función de su población) más los del Distrito de Columbia. Como señaló Tocqueville, las presidenciales estadounidenses son unas elecciones atípicas en las que se vota Estado por Estado y no a escala nacional. La trascendencia internacional de las elecciones presidenciales norteamericanas contrasta con el carácter local de las mismas.

El Colegio Electoral (un sistema anticuado que data del siglo XVIII) cuenta con 538 integrantes y, para ganar, Obama o Romney deben alcanzar la mágica cifra de 270 electores (la mitad más uno). Si el Colegio Electoral no puede elegir presidente, entonces lo hace la Cámara de Representantes del Congreso (Cámara Baja), y los vicepresidentes son elegidos por el Senado. Este fenómeno,  muy infrecuente, tuvo lugar en dos oportunidades durante el siglo XIX. Otra circunstancia posible, por las particularidades de este sistema electoral, es que quien gane el voto popular pierda el voto electoral. En cuatro ocasiones se produjo esta situación, la última de ellas en 2000, cuando Gore, quien obtuvo medio millón de votos más que Bush (hijo), fue derrotado por éste al lograr 271 electores (con la ayuda, como recordamos, de la Corte Suprema de Justicia, que falló a su favor en relación con los electores del estado de la Florida). Una situación similar podría ocurrir en esta elección, en la que Romney ganase el voto popular pero Obama lograse su reelección al triunfar en el voto electoral.

A la fecha, según proyecciones de The Washington Post y The New York Times,  Obama lleva una relativa (pero ni suficiente ni segura) ventaja sobre Romney en materia de número de electores del Colegio Electoral. Hay siete estados (los “siete magníficos”) que se conocen como “swing states”, en los que nada es seguro ya que cambian, oscilan, de una elección a otra en cuanto a quién apoyan. De estos siete, en esta elección sobresalen tres por su importancia: Ohio (para muchos analistas el más importante y en el que Obama aventaja a Romney por 4 puntos), Florida (donde Romney lleva una leve ventaja) y Virginia (donde ambos candidatos aparecen empatados).

De acuerdo a las proyecciones de los medios norteamericanos arriba citados, si Obama ganase en Ohio (lo cual parece probable), y triunfase asimismo en Colorado y Nevada, por ejemplo, aún perdiendo en Florida, Virginia y en el resto de los “swing states” lograría el número mágico de los 270 electores. Para decirlo de otra manera, Obama necesita sólo Ohio, Florida o Virginia para evitar que Romney llegue a 270 votos electorales en la mayoría de los escenarios. Romney en cambio necesita los tres. Existen otras combinaciones posibles, pero en la mayoría de ellas Obama lleva la delantera sin que ello implique, en modo alguno, que la elección esté definida.

En efecto, la sociedad norteamericana se encuentra muy dividida y polarizada, registrando un incremento muy fuerte de la desigualdad. En el voto de la población blanca, Romney lleva una clara y abultada ventaja sobre Obama, sobre todo de los hombres. El 79% de los probables votantes de Romney se identifican como cristiano blanco, mientras que sólo 4 de cada 10 votantes de este mismo grupo apoya a Obama. Por su parte, el presidente aventaja a Romney en el voto joven, en el de las mujeres (ayudado por las posiciones retrogradas y ultra conservadoras de algunos republicanos en temas como el acceso de estas a los servicios de la salud, el aborto, las violaciones, etc.) y de manera contundente en el de los afroamericanos y los latinos (73% a 22% son pro Obama).

El peso del voto latino es cada vez mayor. En estas elecciones, de los 25 millones de electores latinos potenciales (22% más que en el 2008), 12 millones podrían llegar a votar. El problema es que los latinos se registran y votan menos que el resto de la población estadounidense. De ahí la importancia, para el comando de Obama, de asegurar que los latinos salgan a votar, incluso que lo hagan por correo o bien de manera adelantada para evitar una abstención de último momento ya que, como sabemos, en Estados Unidos se vota durante un día laboral (el primer martes después del primer lunes del mes de noviembre cada cuatro años).

A la caza de los indecisos

De ahí que en estas últimas semanas la atención de los dos candidatos, de sus vicepresidentes y de sus respectivos equipos de campaña ha estado centrada en estos “swing states”, y de manera particular en los indecisos. Son estos, menos de un millón de votos en un país de 300 millones de habitantes, los que definirán la elección presidencial. Es una batalla que se libra en el terreno, condado por condado, donde la historia electoral y la demografía han sido estudiadas, por ambos bandos, al milímetro para poder calibrar el contenido específico de sus mensajes .

Romney participa en el reparto de ayuda a los damnificados por el huracán Sandy

Por eso las estrategias dirigidas a ganarse este puñado de indecisos son muy importantes. Mientras Romney ha moderado su mensaje moviéndose hacia el centro,  y sigue machacando que el tiempo de Obama “ya fue” y que él sí tiene la capacidad y la energía de liderar el “gran cambio” que Estados Unidos necesita para salir de la grave situación que atraviesa, Obama apuesta todo a su comando de campaña en el terreno (su maquinaria de movilización del voto es superior a la de Romney) para intentar llegar con el mensaje correcto a cada indeciso, sumando en el último tramo de su campaña al ex presidente Bill Clinton, cuya participación en la convención demócrata fue decisiva.

Un factor adicional que ha venido a sumar más incertidumbre es la evolución de los datos económicos. Si la economía fue durante toda la campaña el gran dolor de cabeza para Obama, las noticias de las últimas semanas parecieran comenzar a jugar a su favor. El desempleo (si bien aún alto) bajó del 8% (estuvo por encima durante los últimos 42 meses). El crecimiento económico subió a 2% en el tercer trimestre, las ventas de inmuebles subieron 5.7% y la FED reiteró su decisión de seguir estimulando a la economía para asegurar la sostenibilidad de la recuperación.

Dentro de esta misma línea de moderado optimismo un reciente informe del FMI expresa que la economía norteamericana se está recuperando bien y que en los próximos cuatro años (justo el período del próximo presidente) se convertirá en la economía con la tasa más alta de crecimiento (3 por ciento de promedio) entre los países ricos. Obama aprovechó esta situación, y señaló que estos datos demuestran que sus políticas comienzan a dar resultado y que, por ello, necesita un segundo periodo para consolidar estos avances. Sin embargo, Romney venció en el primer debate (cuyo tema central fue la economía y el empleo) y un amplio número de estadounidenses sigue viéndolo más capacitado que Obama para manejar la economía y generar empleo.

Reflexión final

Independientemente de quien gane estas elecciones, lo más probable es que el próximo presidente tendrá que lidiar (igual que durante los últimos años) con la difícil realidad de un gobierno dividido, ya que mientras la Cámara Baja pareciera que seguirá en manos de los republicanos, todo indica que el Senado se mantendría bajo control de los demócratas. Escenario político muy complejo, en una sociedad dividida, polarizada y aquejada de graves desafíos, cuya solución demanda alcanzar acuerdos que vayan más allá de las líneas partidarias.

Y por si el nivel de dramatismo no hubiese sido ya lo suficientemente alto, Sandy irrumpió en plena campaña, provocando graves daños y al menos 38 muertes en la costa este, modificando el calendario electoral, suspendiendo el voto anticipado en numerosos Estados (lo que podría jugar en contra de los demócratas), pero ofreciéndole al mismo tiempo a Obama una oportunidad única para demostrar (y rentabilizar, si lo hace bien, debido a la lógica empatía que suele darse entre el pueblo y su Presidente en este tipo de crisis ) su liderazgo en el manejo de un desastre de esta gravedad.

Para Obama, Sandy es una oportunidad de demostrar que sí tiene carácter y compensar de este modo lo que ha sido uno de sus grandes problemas durante la mayor parte de su presidencia: su aparente frialdad y desconexión con el ciudadano medio. Si Obama utiliza esta oportunidad con prudencia, como bien ha dicho Antonio Caño de El País, “puede llegar a ser el factor inesperado que cambie el rumbo de la campaña, la verdadera sorpresa de octubre”. Empero, la mayoría de los analistas coinciden en señalar que las consecuencias reales sobre el resultado electoral son difíciles de determinar, lo cual contribuye a incrementar, aún más, el de por sí elevadísimo grado de incertidumbre que caracteriza a esta campaña.

Resumiendo: el momento de la verdad se acerca para los candidatos (y los encuestadores). A escasos días de las elecciones presidenciales del 6 de noviembre, lo único cierto es que el resultado final sigue siendo incierto.

Tomado de INFOLATAM

 
EUA: Elección capital PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Viernes, 26 de Octubre de 2012 11:22

Artículo del GEES.-

El 6 de noviembre América elige al líder del mundo libre. Por la diferencia entre los candidatos, la elección es decisiva.

Obama ha orientado ideológicamente la nación hacia el intervencionismo estatal. Esta política fallida (el crecimiento es el menor obtenido después de cualquier recesión precedente y la población activa está a niveles de los ochenta) contrasta con la seguida en el resto de Occidente. En la lucha contra la amenaza islamista, Obama ha combinado el uso de aviones teledirigidos para liquidar terroristas y el penal de Guantánamo con la retirada estratégica y el abandono de Oriente Medio, lo que ha llevado a Irán al umbral de la capacidad nuclear. El lamentable incidente libio es significativo. Obama pretendió ser apreciado por sus políticas amigables y limitó la seguridad de embajadas y consulados, pero continuaba matando miembros de Al Qaeda. Cosechó cuatro cadáveres que luego intentó falazmente endosar a un presunto video idiota. Finalmente, la desmesurada deuda americana pone en peligro su autonomía y la recuperación económica mundial, lo que fomenta la agresividad de potencias rivales.

La campaña está obligando a matizar a Obama y promete a los republicanos el control de –al menos– la Cámara de Representantes, lo que evitaría, como estos dos últimos años, los males mayores de un hipotético segundo mandato. Pero la orientación del presidente es clave para Occidente.

¿Quién va ganando? Romney asciende en las encuestas, lo que demuestra que los debates le han resultado favorables, cosa que no sabrán leyendo los medios habituales. Para Rasmussen, que en la pasada elección acertó los porcentajes de los contendientes, el republicano tiene 4 puntos de ventaja. Sin embargo, la media de Real Clear Politics otorga a Romney sólo un 0,9% de margen.

Según la referida media, Romney aventaja a Obama por 206 a 201 votos electorales, con 131 en disputa. En cambio, si se atribuyen estos a los candidatos con más opciones ganaría Obama por 281 a 257. Por fin, en la medición de satisfacción con la labor presidencial, indicativa de las intenciones de voto, tanto Rasmussen como Gallup dan a Obama la fatídica cifra del 50%, que le permite pensar que resultará reelegido. Para acabar de dar emoción al asunto, el estado de Ohio, microcosmos que suele designar al vencedor global, está empatado.

Eso sí, dada la tendencia, Obama no está tan seguro de vencer como lo estaba hace tres semanas.

Es esencial que gane alguien con la visión tradicional americana de un estado limitado que privilegie la tarea fundamental de la seguridad sobre el intervencionismo económico, dejando libre a la sociedad. La consecuencia de unos Estados Unidos en declive sería el fin de la Pax Americana encarnada por Truman y Kennedy, dos demócratas de los de antes. Pensar que los peligros –islamismo radical y expansión china– no son comparables a los de la Guerra Fría y que no requieren similar resistencia sería la mayor temeridad.


GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.
Tomado de LIBERTAD DIGITAL, MADRID, ESPAÑA
Última actualización el Viernes, 26 de Octubre de 2012 11:26
 
Obama vs. Romney: el tercer debate PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Miércoles, 24 de Octubre de 2012 11:52

Yo no se quién ganó el tercer y último debate antes de la cita electoral del 6 de noviembre. Pero la verdad es que no importa. Obviamente, cada campo defiende que su candidato salió victorioso, y las encuestas dan unas cifras tan manipuladas como inconsecuentes, al no poder ofrecer un ganador claro. Pero tampoco esto es importante. Por varias razones. La primera es de contexto: los debates raramente tienen un impacto crucial en las inclinaciones de los votantes; a lo sumo, el más determinante es siempre el primero, no el segundo ni –mucho menos– el tercero. En el primero, todo el mundo otorgó una aplastante victoria al candidato Romney sobre el presidente Obama; en el segundo, la mayoría de encuestas ofreció una ligera ventaja a Obama, pero eso no consiguió cambiar la tendencia al alza del candidato republicano. Es poco probable que este tercero, más alejado en sustancia de las preocupaciones del americano medio y menos visto que los dos anteriores, altere sustancialmente la susodicha tendencia, tan visible como consolidada: Romney sube, mientras que Obama baja. Y este tercer debate no basta para cambiar la dinámica. No es ningún dato científico, pero, por si sirve de algo, puedo decir que en el bar del hotel donde me hospedaba anoche –estoy en los Estados Unidos– el público prefirió continuar viendo un partido de fútbol americano antes que enchufarse al debate.

Por otro lado, hay que tener presente que el objetivo no es ganar los debates, sino las elecciones. De ahí que evitar una derrota clara en un debate pueda conllevar una gran ventaja estratégica para la campaña global, que, como digo, es lo que al final importa. La estrategia de Obama en estas semanas ha girado en torno a la descalificación de su adversario, con el objetivo de pintar a Romney como alguien que no reúne las condiciones básicas para ser presidente de América. Por lo que hace a Romney, ganar este debate significaba romper la estrategia de Obama y consolidar una imagen de alguien creíble, serio, pragmático y responsable. De ahí que en este tercer y último debate el republicano evitase una y otra vez las posturas agresivas y enseñase su lado más moderado. Quería dejar claro que no es un militarista agresivo, que no busca iniciar nuevas guerras movido por la pasión o el capricho, que conoce los temas de los que habla: era más que suficiente para lograr su objetivo último, desarmar toda la estrategia de Obama. Anoche, la frase que condensó estupendamente su filosofía fue: "Atacarme personalmente no es un sustitutivo de una buena política". De hecho, Obama, que se mostró agresivo hasta lo desagradable, debió de temer que su actitud le traería problemas; pero cuando cambió el paso lo único que pudo decir contra su oponente es que no hay diferencia entre lo que propone y lo que él, como comandante en jefe, está haciendo. Pero, como un votante indeciso comentó tras el debate, "si no hay diferencias en política exterior, la cosa se decide por la economía"; y ese es el terreno más perjudicial para Obama y más favorable a Romney.

En fin, ¿perdió Romney la oportunidad de castigarle el hígado a Obama con temas como, por ejemplo, el llamado Benghazigate? Sin duda. Claramente no quiso hacer sangre. ¿Logró Obama descalificar por completo a su adversario? No, a todas luces, a pesar de que lo intentó con insistencia. Tal vez por ello haya descontentos en ambos lados y las encuestas favorezcan a uno u otro según se reaccione a las formas o al fondo.

He aquí la clave para sopesar las posibles implicaciones del debate: Obama tenía que ganar por KO si aspiraba a revertir su tendencia a la baja, mientras que Romney solo debía mantener el tipo para consolidar su tendencia al alza. Juzgar el debate de manera aislada y sin ponerlo en perspectiva es no ver el bosque porque estamos obnubilados con el árbol.

¿Significa esto que la carrera está ya decidida y que el ganador va a ser el candidato republicano, que Obama va a ser un presidente de un solo mandato? No. Lo que significa, hoy por hoy, es que la carrera electoral está abierta, y eso, hoy por hoy, juega en contra de Obama y a favor de Romney. Igualmente significa que, se vote lo que se vote el 6 de noviembre, el resultado no se explicará por este tercer debate. Por eso no hay que matarse por dar un ganador.

Tomdo de EL PAÍS, MADRID, ESPAÑA

 
ESPAÑA Y LA CRISIS PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Domingo, 30 de Septiembre de 2012 12:13

Por Carlos Alberto Montaner.-

España afronta una crisis a tres bandas. La más evidente es la económica. Ésa es la madre del cordero. La crisis económica tiene elementos financieros y fiscales, y se expresa en un altísimo nivel de desempleo, especialmente entre los jóvenes, todo consecuencia de la debilidad tradicional del tejido productivo nacional: poca innovación y escasa productividad.

La sociedad española, sencillamente, no produce lo suficiente para dar trabajo y costear el Estado de Bienestar y la enorme burocracia generada por diecisiete gobiernos regionales. Es obvio: si se quiere vivir como los alemanes y los suecos hay que producir y administrar como ellos. De lo contrario, las cuentas nunca salen.

A esa crisis le sigue el viejo fantasma del separatismo vasco y catalán, especialmente el catalán, exacerbado en épocas de vacas flacas. Con un territorio de 32 000 kilómetros cuadrados, siete millones y medio de habitantes, una lengua, una historia y una cultura propias, muchos catalanes se sienten parte de una entidad nacional diferente a la española. ¿Son la mayoría? Es difícil saberlo. Depende de la provincia y hasta del pueblo donde se mida la intensidad del sentimiento nacionalista.

También es casi imposible medir un fenómeno subjetivo como es la importancia con que cada uno de ellos asume la identidad catalana, y en qué medida la contraponen a la española. (Cuatro de mis tías abuelas por el lado materno, originarias de Lloret del Mar, unas bellas mujeres, vivieron y murieron solteras en La Habana, suspirando porque nunca encontraron catalanes con los cuales casarse).

El cuadro vasco es diferente. Con un pequeño territorio de 7 200 kilómetros cuadrados –la reivindicación de las provincias vascas francesas es una fantasía infantil–, poco más de 2. 250 000 habitantes, una lengua, el euskera, endiabladamente difícil de aprender, que sólo habla menos de un tercio de la población, y muy escasas manifestaciones culturales, es más improbable que los vascos logren crear un estado independiente, objetivo que, además, según las encuestas, no comparte la mitad de los habitantes de la región.

No obstante, Euskadi es la zona de España más industriosa, la que más riqueza per cápita genera, y la que ha logrado, junto a Navarra (mitad vasca) la mejor calidad de vida en toda la Península, como puede comprobar cualquiera que tenga la dicha de visitar San Sebastián o Vitoria.

El tercer factor de inestabilidad es la fragilidad institucional, y muy especialmente el modelo de Estado. A lo largo de los últimos dos siglos la dinastía real de los Borbones ha provocado tres terribles guerras civiles “carlistas”, ha desaparecido tres veces (y otras tantas ha sido milagrosamente restaurada), y en dos oportunidades los españoles han ensayado, sin ningún éxito y con desenlaces sangrientos, el modo republicano de gobierno.

El rey Juan Carlos es muy popular en el país, y la mayor parte de los españoles le atribuye, con razón, un papel muy relevante en la transición a la democracia, pero probablemente él es más respetado que la institución monárquica, aunque su hijo Felipe y la princesa Letizia son también muy queridos y admirados.

En todo caso, la relación de los españoles con su casa real no parece ser tan fuerte como la que se observa en Inglaterra, Holanda o los países escandinavos. En fecha tan reciente como 1975, la víspera de la muerte de Franco, a Juan Carlos le llamaban “el breve”, porque muchos españoles pensaban que duraría muy poco en el trono.

La conclusión de este sucinto análisis es obvia: España, como la conocemos, con sus gobiernos autonómicos y su monarquía, sólo puede sobrevivir en democracia si logra un mínimo razonable de prosperidad económica, movilidad social y progreso material, en el que la mayor parte de la población y las distintas regiones encuentren que tiene sentido participar en un modelo de Estado y de una forma de gobierno que las beneficia y que están a su servicio. Pero todo eso implica ampliar, fortalecer y modernizar el tejido empresarial. Si no se produce esa transformación, la crisis puede desembocar en un desastre permanente. Ése es el dilema.

Periodista y escritor. Su último libro es la novela La mujer del coronel.

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