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Artigos: Mundo
La hora de la purga y el milagro PDF Imprimir E-mail
Escrito por Fuente indicada en la materia   
Lunes, 22 de Agosto de 2011 14:41

Por Carlos Alberto Montaner

Estamos a escasos centímetros de una nueva recesión como la que comenzó en septiembre de 2008 tras el hundimiento de Lehman Brother. Esta vez el epicentro del terremoto económico está en Europa y la causa más directa (pero no la única) radica en el temor de los mercados al incumplimiento de sus obligaciones por parte de los gobiernos.

Grecia, Portugal, España y, en gran medida, Italia, multiplicaron su gasto público y, para hacerle frente, se endeudaron mucho más de lo que era prudente. Llegó un punto en el que la sociedad, sencillamente, no producía suficiente riqueza para pagar sus deudas y continuar el camino ascendente. Había llegado, como sucede cada cierto tiempo, la hora de apretarse el cinturón.

No hay ninguna razón para sorprenderse de la crisis económica actual. Es lo que suele ocurrir tras los periodos de “exuberancia irracional”, como advertía Alan Greenspan en sus momentos de atemorizada lucidez, luego traicionados cuando permanecía indiferente en medio de las atrocidades perpetradas por varias entidades financieras y por las agencias de calificación de riesgo que validaban esas operaciones fraudulentas.

Quizás lo extraño, en este caso, ha sido el largo periodo de incubación de la burbuja. Los economistas de la escuela austriaca lo habían anunciado desde hacía bastante tiempo: no se puede abusar del crédito y del endeudamiento sin que se produzca un grave descalabro económico. Ya en el 2001 el catedrático español Jesús Huerta de Soto predijo que las vacas flacas estaban próximas a hacer su aparición.

Según esta notable cantera de pensadores, a la que pertenecieron personajes como Ludwig von Mises y el Nobel Friedrich von Hayek, y en la que hoy se destacan economistas como el mencionado Jesús Huerta de Soto y Gabriel Calzada, la única fuente razonablemente segura del crecimiento son el ahorro y la posterior inversión. La cascada de dinero artificialmente inventado por las entidades financieras, luego prestado a tasas de interés deliberadamente reducidas por los gobiernos para estimular la inversión y el consumo, aumenta peligrosamente la masa monetaria, creando las fatales burbujas que invariablemente terminan en medio de una crisis.

La Escuela Austriaca surgió en Viena en el último tercio del siglo XIX de la mano de Carl Menger y Eugen von Böhm-Bawerk, y una de sus primeras batallas fue demostrar los disparates teóricos de Marx en la médula de su pensamiento, la teoría del valor y el papel de la plusvalía, pero ahí no terminó la cacería de errores. Posteriormente, sus cultivadores explicaron por qué estaban equivocados los economistas neoclásicos, los keynesianos y los monetaristas, desmintiendo a los académicos convencionales (el noventa por ciento de los catedráticos de economía del mundo), gentes asombrosamente tercas que no acababan de entender que la economía no es una ciencia exacta, sino una rama de la psicología o de las ciencias sociales porque descansa, esencialmente, en percepciones y decisiones subjetivas.

Según “los austriacos” –y la experiencia parece darles la razón–, las llamadas crisis periódicas del capitalismo no son otra cosa que la purga natural del sistema tras un tiempo de excesos, y resulta contraproducente tratar de evitar la contracción de la economía y el empobrecimiento relativo que sobreviene cuando el mercado se ajusta a la realidad, algo que se ha hecho evidente con el fracaso de la billonaria inyección de dinero inútilmente efectuada por el presidente Obama para tratar de frenar la hecatombe. Todo lo que ha logrado es aplazarla.

En todo caso, no estamos ante el fin del sistema capitalista ni mucho menos. Desde hace doscientos años, cada cierto tiempo sobrevienen la crisis y luego la recuperación, y ni siquiera en medio del desastre económico se paraliza el impetuoso camino del progreso en las sociedades en las que predominan el mercado y la empresa privada. La crisis de 1895 fue paralela a la invención de la aviación y del cine, mientras se extendían las redes de la electricidad y los teléfonos. La de 1929 no evitó el auge de la radio y la televisión. La que hoy nos sacude no impide los milagros técnicos y científicos con que amanecemos todos los días. Es verdad que estallan las burbujas, pero también la creatividad y la imaginación que nos rescatan de nuestros errores.

Periodista y escritor. Su último libro, una novela, se titula La mujer del coronel.

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Última actualización el Lunes, 22 de Agosto de 2011 14:43
 
Cinco cosas que EEUU puede aprender de otros países PDF Imprimir E-mail
Escrito por Fuente indicada en la materia   
Lunes, 15 de Agosto de 2011 14:30

Por Carlos Alberto Montaner

Estados Unidos pasa por un mal momento económico. La razón es la que casi siempre explica las crisis: se gasta mucho más de lo que se puede. Esto es verdad a todos los niveles: individuos, familias, empresas o estados. Curiosamente, la sociedad norteamericana sabe con bastante precisión dónde radica su Talón de Aquiles: los costos de salud (Medicare y Medicaid) y el sistema de jubilaciones (Social Security). Estos dos rubros se llevan la parte del león en el presupuesto federal y en ambos casos el aumento sustancial de los costos es producto del éxito científico y tecnológico: la longevidad de los seres humanos ha aumentado notablemente y con ella los gastos de salud y el período de retiro.

 

Sería inteligente que Estados Unidos fuera capaz de aprender de otras sociedades que se enfrentan a estos problemas con más éxito. Los suizos, por ejemplo, tienen un magnífico sistema de salud basado en un modelo universal y obligatorio de seguro médico privado altamente regulado por el Estado. Todos los individuos deben tenerlo, desde la cuna hasta la tumba, y no se discrimina de acuerdo con lo saludable o enfermiza que sea la persona, lo que distribuye equitativamente los costos entre toda la sociedad. Si el ciudadano no tiene dinero para adquirir el seguro, el Estado lo paga. La atención médica es pública y privada, y las personas pueden escoger con quién y en dónde curarse sus dolencias.

 

Los chilenos, de la mano del economista José Piñera, hermano del actual presidente, a partir de 1981 pusieron en marcha un exitoso sistema de jubilación universal basado en cuentas individuales de capitalización en lugar del modelo de reparto que existe en Estados Unidos (y en muchas naciones). Como en el caso suizo, hay siete empresas privadas llamadas Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP) que compiten entre ellas. Todas ofrecen sus servicios bajo la estricta, transparente y conservadora supervisión del Estado. El rendimiento acumulado de estas cuentas de ahorro oscila en torno al 10 por ciento anual.

 

Puestos a aprender en cabeza ajena, Estados Unidos pudiera observar con detenimiento cómo y por qué los finlandeses tienen el mejor sistema educativo del mundo si juzgamos por los resultados de los exámenes PISA. La clave parece estar en la selección, formación, remuneración y reconocimiento social de los maestros. Mientras en USA afirman que sólo enseña el que no puede hacer otra cosa, en Finlandia dan clases los mejores. Y entre las clases que imparten los finlandeses está el aprendizaje de idiomas extranjeros. No hay ninguna virtud en ser una sociedad monolingüe. Además de lo mucho que enriquece conocer otras lenguas y culturas, ya se sabe que suele haber una relación estrecha entre cociente de inteligencia y el dominio de otros idiomas.

 

Es posible, incluso, beneficiarse de la experiencia de naciones mucho más pobres que Estados Unidos en asuntos como, por ejemplo, la recaudación de impuestos. Los países bálticos y otras sociedades que abandonaron el comunismo optaron con bastante éxito por alguna variante del flat-tax en lugar de someterse a las injustas falacias de los "impuestos progresivos" que penalizan el ahorro, la formación de capital y, por ende, las inversiones y la creación de empleos. Hace unos años, Forbes publicó un estudio que parecía demostrar que con un flat-tax del que se excluyera a las familias más pobres, bastaría con que todos pagaran algo menos del 20% de sus ingresos para obtener la misma recaudación que hoy se logra con la increíble e injusta pesadilla del sistema impositivo estadounidense.

 

Hasta del pequeño Portugal, hoy sacudido por la crisis económica, también es posible aprender una lección provechosa: la despenalización del consumo de drogas y el enfrentamiento de este flagelo como un problema médico, no policíaco. Para los portugueses, desde el 2001, carece de sentido encarcelar a los adictos en lugar de ayudarlos (si lo desean) a abandonar sus perniciosos hábitos mediante tratamientos de rehabilitación o, si no pueden o quieren, se les alivia sus necesidades prescribiéndoles las drogas anheladas.

 

De los casi tres millones de presos que existen en Estados Unidos, la mitad fueron encarcelados por alguna vinculación con el tráfico o consumo de estupefacientes. Este problema desaparecería si Estados Unidos imitara a Portugal. No hay ninguna garantía de que con esta estrategia disminuiría el número de adictos, pero sin duda se aliviarían muchas tensiones sociales, se reduciría notablemente la violencia y bajarían marcadamente los costos de perseguir, juzgar y encarcelar a cientos de miles de personas. O sea: ventajas para todos. Todo está en ser capaces de aprender en cabeza ajena.

 

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Última actualización el Lunes, 15 de Agosto de 2011 14:35
 
Maldad patológica y maldad ideológica PDF Imprimir E-mail
Escrito por Fuente indicada en la materia   
Sábado, 06 de Agosto de 2011 11:47

Por Carlos Alberto Montaner

La defensa del noruego Andres Breivik girará en torno a su presunta locura. El abogado defensor intentará persuadir a los jueces con un razonamiento muy extendido: ¿quién, que no esté absolutamente loco, es capaz de organizar semejante carnicería entre un grupo de inocentes? A lo que tal vez agregue un elemento adicional que reforzaría su tesis: el señor Breivik tomó alguna droga antes de cometer sus asesinatos. Esos psicotrópicos afectaron su conducta.

Ignoro si la justicia noruega aceptará esos argumentos. Espero que no los tomen en cuenta. Son producto de la interesada confusión entre la maldad patológica y la maldad ideológica. La maldad patológica deriva, en efecto, de un trastorno de la racionalidad. El loco oye voces, a veces acompañadas de visiones, que le piden que mate. Él se limita a obedecer esas órdenes. Usualmente, a ese tipo de demente lo clasifican como esquizofrénico. Es posible, incluso, que las voces y las visiones tengan un componente positivo: Juana de Arco, entre otros muchos “visionarios”, probablemente era una esquizofrénica que militó en una causa noble.

El malvado ideológico es otra cosa. Es alguien que puede hacer daño sin ningún freno moral porque sus creencias y valores lo autorizan para ello. Hitler no era un loco. Era un malvado ideológico convencido de que debía exterminar a los judíos, a los gitanos, a los Testigos de Jehová o a los homosexuales porque eran seres dañinos para la especie. Lenin, Stalin o Mao eran también malvados ideológicos. Para ellos el asesinato en masa de los “enemigos de clase” no constituía un crimen sino una necesaria obra de limpieza revolucionaria que se ajustaba al catecismo marxista y a la dictadura del proletariado.

Cuando Hugo Chávez, en 1992, ataca la mansión presidencial y provoca centenares de muertos en las calles de Caracas, o cuando le escribe una carta de solidaridad a Carlos Ilich Ramírez, el despiadado “Chacal” autor de innumerables crímenes, no es víctima de una distorsión de la realidad, sino de un juicio ético pervertido por la ideología. La muerte violenta de sus adversarios, simplemente, le parece justificable. Por eso no tiene inconveniente en abrazar a Ahmadineyad, el tirano iraní que afila la espada nuclear para acabar con los israelíes.

Incluso los matarifes de las bandas de narcotraficantes son malvados ideológicos. Sus abominables acciones no derivan de creencias políticas, sino de intereses y valores tribales que generan sus códigos de comportamiento: para ellos decapitar inmigrantes o extorsionar a los trabajadores es legítimo porque les genera dinero y les gana el respeto de la banda a la que pertenecen y el terror de la sociedad sobre la que imperan.

En realidad, los malvados patológicos son muy pocos. La fauna que abunda es la de los malvados ideológicos. Como nos reveló el Premio Nobel Konrad Lorenz enSobre la agresión, los seres humanos carecen de frenos instintivos que les impiden hacerles daño a sus congéneres, horrible descubrimiento al que acaso no fue ajena su propia y lamentable militancia en el partido nazi, hecho del que se arrepintió en su momento.

Prácticamente, cualquier ser humano “normal” puede torturar cruelmente o asesinar a otra persona si sus ideas, creencias, intereses, valores y atmósfera social así lo demandan. Siempre recuerdo la sorpresa que me causó saber que cerca de mi casa en La Habana vieja, hace ya muchas décadas, existía una siniestra edificación del siglo XIX, “el azotadero”, a donde las personas honorables llevaban a sus esclavos desobedientes para que los desollaran a palos. Generalmente, acudían a ese sitio tras escuchar misa en la hermosa Iglesia del Ángel.

No hay que dejarse confundir con los malvados ideológicos. Hay que castigarlos con la severidad que permita la ley y con el desprecio público por sus actos. Y hay que comprender que la única correa capaz de sujetar al feroz animal que duerme en el corazón de nuestra especie son las instituciones surgidas de la Ilustración para proteger los derechos individuales y para limitar y fragmentar la autoridad de quienes ejercen el poder. Sólo estamos a salvo del zarpazo de los otros cuando nos contenemos todos con la camisa de fuerza de la institucionalidad proporcionada por la democracia liberal. Fuera de ese marco comienza la selva.

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Noruega:el fin de la ingenuidad PDF Imprimir E-mail
Escrito por Fuente indicada en la materia   
Miércoles, 27 de Julio de 2011 15:08

Por Daniel Zovatto

El sanguinario atentado en Noruega, perpetrado el pasado viernes 22, que arrojó más de 90 muertos y 100 heridos capturó la atención mundial, desplazando las noticias calientes que hasta ese momento disputaban nuestra atención: las declaraciones del magnate Murdoch y de su hijo James ante el Comité del Parlamento inglés por las escuchas ilegales; la pelea entre demócratas y republicanos para evitar que el próximo 3 de agosto Estados Unidos entre en suspensión de pagos, y el acuerdo europeo para salvar (¿por la última vez?) a Grecia y al euro.

En el momento de escribir este artículo (domingo 24 de julio), una Noruega atónita, desgarrada y en duelo entierra a sus muertos, mientras la investigación policial está en pleno curso. En los próximos días tendremos una idea más clara de los hechos y del perfil de su autor principal y cómplices potenciales. El horrible ataque (coche bomba en Oslo y ametrallamiento a sangre fría de más de 85 jóvenes en la Isla de Utoya) trae a mi mente la imagen del cuadro El grito (1893), pintado por el expresionista noruego Edvard Munch. El rostro inundado de pavor que refleja dicha obra es el que hoy, en mi opinión, describe mejor la tragedia nacional noruega más grave desde la Segunda Guerra Mundial.

¿Qué pudo haber llevado a Anders Behring Breivik, joven noruego de 32 años, a protagonizar semejante acto de barbarie en uno de los sitios más pacíficos, desarrollados y estables del mundo? Noruega, un hermoso y pequeño país de casi cinco millones de habitantes, que admiro, respeto y conozco muy bien, es una monarquía constitucional, rica en gas y petróleo, cuyos niveles de calidad de vida son los más altos del mundo. Además, entre otras cosas, sus tasas de corrupción son bajísimas; ocupa el primer lugar en el índice de desarrollo humano de las Naciones Unidas; es sede del premio Nobel de la Paz, y un actor de primera línea en la defensa de los derechos humanos, la igualdad de género, la protección del medio ambiente y la solución pacífica de los conflictos. Es, también, el país que más dinero aporta (en relación con su producto interno bruto) para la cooperación y el desarrollo internacional.

Las investigaciones preliminares caracterizan a Breivik como un fundamentalista cristiano, islamófobo, derechista y racista, enemigo acérrimo de las políticas liberales de inmigración. De sus propias declaraciones, en las cuales ha reconocido su autoría (sin admitir por el momento responsabilidad penal), califica a las mismas como “atroces pero necesarias”. De sus cuentas en Facebook y Twitter y de otros documentos recientemente incautados, van surgiendo evidencias que permitirán delinear el perfil psicológico de Breivik, sus creencias y el propósito de su accionar. Pero, quizás, habrá que buscar las pistas sociológicas de semejante acto de barbarie en las novelas de los escritores suecos Henning Mankell (y su famoso detective Kurt Wallander), y del ya fallecido Stieg Larsson, quienes describen sutilmente las pulsiones oscuras y el malestar que atraviesa a las, en apariencia, perfectas sociedades nórdicas, o en las novelas del noruego Jo Nesbo, quien describió en su obra Petirrojo un atentado de la ultraderecha.

Hay que tener presente que este atentado registra antecedentes en otros países nórdicos, si bien de menor calibre. Varios analistas han calificado este ataque como el “momento Oklahoma City” europeo, en alusión al ataque perpetrado por el militante de derecha estadounidense Timothy McVeigh quien, en 1995, detonó un camión bomba frente a un edificio del gobierno federal en la ciudad de Oklahoma, matando a 168 personas. Cabe señalar, asimismo, que los movimientos ultraconservadores de derecha europeos (que se caracterizan por un sentimiento de fuerte repudio, odio y xenofobia frente al Islam y la inmigración) vienen fortaleciendo sus contactos y creciendo electoralmente en varios países, entre los que cabe mencionar a Holanda, Finlandia, Suecia y la propia Noruega. Y no conviene olvidar el asesinato, en 1986, del líder socialdemócrata sueco Olof Palme, entonces Primer Ministro; ese doloroso antecedente criminal que permanece todavía sin esclarecer.

¿Qué impacto tendrá esta masacre en el modo de vida de los noruegos? ¿Hasta qué punto logrará infundir miedo en una sociedad que hasta hace pocos días se creía inmune al terror y que era una de las más abiertas del mundo? ¿Cuál será el rostro y el perfil de Noruega como sociedad después de estos horribles atentados? En mi opinión, éste es el gran tema a observar; en otras palabras, cómo evolucionará la sociedad noruega en los próximos meses, en especial respecto de su capacidad para digerir esta tragedia sin afectar sus valores y principios fundamentales.

Lo que es seguro, si se confirma la autoría en solitario de Breivik, es que habrá cuestionamientos muy severos acerca de la debilidad de la seguridad noruega y de la falta de eficacia de sus servicios de inteligencia. La infravaloración de parte de los servicios secretos noruegos (PST), quienes subestimaron la seria amenaza que representaban los grupos radicales de extrema derecha, así como la demora de la policía en responder al tiroteo en la isla de Utoya, parecieran confirmar la veracidad de los informes estadounidenses filtrados por Wikileaks, los cuales advertían que el paraíso noruego no estaba preparado (por debilidad de su aparato de seguridad y exceso de confianza) para hacer frente a un ataque terrorista. La tragedia tendrá, asimismo, consecuencias previsibles en las elecciones locales de este año así como en el debate político nacional que en relación con este tema ya ha dado inicio.

Es igualmente probable que como consecuencia de estos atentados surjan voces que demanden (como ocurrió en Estados Unidos y en Reino Unido después de los atentados terroristas que afectaron a ambos países) mayor seguridad, mayores controles, disposiciones más represivas y regulaciones más restrictivas en materia de inmigración, libertad y derechos humanos.

El fanatismo de Breivik y su masacre a sangre fría han colocado a Noruega en esta encrucijada histórica. Si prevalece el miedo y la sociedad se cierra, entonces Breivik habrá logrado su objetivo principal: estremecer, en lo más profundo, los valores que los noruegos más aprecian (su apertura, su seguridad, su libertad de expresión). Por el contrario, si los noruegos procesan su dolor y su temor, y preservan los valores y principios que los distinguen, entonces el grito de pavor y dolor que hoy desgarra a Noruega se convertirá en un grito de libertad.

De ahí que, conscientes de que (además de la tragedia humana) la consecuencia más grave de los atentados sería si éstos provocan un cambio negativo en el estilo de vida de Noruega, el rey Harald V y el primer ministro Jens Stoltenberg se apresuraron a hacer un llamado a la población a no doblegarse, a mantenerse unidos, a no tener miedo, y a responder a los atentados “con más democracia, más apertura, más humanidad, pero sin ingenuidad”.

Infolatam
24 de julio de 2011

 
Lagarde en el FMI: ¿Qué opina América Latina? PDF Imprimir E-mail
Escrito por Fuente indicada en la materia   
Viernes, 08 de Julio de 2011 11:48

Por Federico Steinberg

Como era previsible, Christine Lagarde le ha ganado la carrera a Agustín Carstens y será la próxima Directora Gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI). A primera vista, para América Latina esto suena como una muy mala noticia. Era la primera vez que un latinoamericano, el Gobernador del Banco Central de México, aspiraba seriamente al puesto. Pero se enfrentaba con la regla no escrita según la cual un europeo siempre dirige el FMI (y a cambio un estadounidense es su número dos y también dirige del Banco Mundial), y no ha podido romper este maleficio.

La hasta hoy ministra de Finanzas francesa ha salido elegida con los votos de europeos y estadounidenses, e incluso con los de algunos países en desarrollo, lo que muestra que la cohesión de las potencias emergentes es más un mito que una realidad. Una vez más, le proceso de selección no ha estado basado en criterios de objetividad, mérito y capacidad, lo que ha despertado ciertas críticas por parte de algunos países emergentes.

No se trata de que Lagarde no sea una buena candidata (que lo es) sino de que la falta de transparencia del proceso de selección, la ausencia de debate sobre quién sería el mejor candidato y la importancia simbólica de que esta poderosa institución siga estando en manos europeas socaban la legitimidad del proceso.

La elección de Lagarde muestra bien que aunque los países emergentes están ganando peso en la economía mundial a gran velocidad, todavía no son capaces de transformar esa mayor presencia en poder e influencia. Aunque está en marcha una reforma de cuotas en el FMI para transferirles un 6% de los votos (lo que supondrá una pérdida de la misma cuantía para los países avanzados), Occidente sigue siendo hegemónico en la institución, como muestra la siguiente tabla.

Cuotas y votos del FMI (%)

(20 países con mayor porcentaje de voto, todos ellos por encima del 1%)

De hecho, como demuestra el recientemente publicado Índice Elcano de Presencia Global del Real Instituto Elcano (IEPG), la presencia de los países emergentes, aunque destacada en el ámbito económico, es todavía limitada en los campos militar, científico, social y cultural. Y mucho menos en su capacidad de influencia real para dar forma a los procesos de gobernanza económica internacional. Por utilizar un término de actualidad, pueden dejar oír su voz por estar indignados por el actual orden internacional pero todavía no tienen poder suficiente para modificarlo, algo que posiblemente sí tendrán en las próximas décadas.

Pero más allá de este tema, qué puede esperar América Latina del FMI de Lagarde. Bajo la nueva dirección, el FMI intentará continuar y consolidar los cambios que impulsó su anterior Director Gerente desde el estallido de la crisis. Estos cambios, que fueron muy bien recibidos por los países de América Latina, se centraron en aumentar la capacidad de préstamo de la institución, modificar los criterios de condicionalidad de sus créditos y cambiar radicalmente su discurso sobre las bondades de la liberalización financiera y los problemas de los controles de capital.

Además, el FMI incentivó el uso de políticas contra cíclicas en todo el mundo (incluida América Latina) ante el shock externo que supuso la crisis financiera; es decir, sólo ha prescrito su dura medicina de los años noventa a países que tuvieran problemas de deuda y déficit de los que fueran responsables, como en los casos de Grecia, Irlanda y Portugal.

En todo caso, América Latina es una región que está creciendo con fortaleza y que, por el momento (y esperemos que por muchos años), no necesitará de los préstamos del FMI. Por lo tanto, puede permitirse el lujo de esperar, ayudar a Lagarde a rediseñar este nuevo FMI que el mundo necesita para el siglo XXI y volver a la carga para que su Director Gerente no sea un europeo dentro de unos años. Tal vez entonces obtenga una victoria (con el permiso de China).

Infolatam
Madrid, 29 junio 2011

 
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