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Cuba


Plaza vacante en el cuarto piso del MINFAR en La Habana PDF Imprimir E-mail
Escrito por Fuente indicada en la materia   
Martes, 06 de Septiembre de 2011 17:38

Por Eugenio Yáñez

Con la muerte del general Julio Casas Cuba queda momentáneamente sin Ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. El nuevo nombramiento no será fácil.

Tan importante es el cargo en Cuba, que solamente cuatro personas lo han ocupado en los casi 53 años de la etapa revolucionaria: el Comandante Augusto Martínez Sánchez, durante unos pocos meses de 1959; Raúl Castro Ruz desde 1959 hasta el 2008, con un intervalo de un año cuando cursaba estudios militares y fue ministro por sustitución reglamentaria el Comandante Juan Almeida (entonces Viceministro primero) en 1968-69; y el general de Cuerpo de Ejército Julio Casas desde febrero 24 del 2008 hasta su muerte reciente, producto de la designación de Raúl Castro como Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros en esa fecha, aunque en realidad el general Casas llevaba el peso del MINFAR desde julio del 2006, cuando Fidel Castro renunció “con carácter provisional” a causa de su enfermedad y Raúl Castro tuvo que hacerse cargo del Gobierno.

A diferencia de las naciones donde el Ministro de Defensa es una autoridad civil a la que se subordinan los mandos militares, en la Cuba de los Castro, bajo la lógica soviética, el ministro de las FAR es un jefe militar directamente subordinado a la máxima autoridad del país, que constitucionalmente, por lo general, es Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas.

En esa doctrina militar, el ministro de Defensa de los “países socialistas” siempre fue miembro del Buró Político del Partido y ostentaba el más alto grado militar (normalmente Mariscal, grado que no existe en Cuba). Además, antes de todo eso, había un requisito fundamental: fidelidad y lealtad a toda prueba, no a “la patria” o “al socialismo” en abstracto, sino a algo mucho más concreto: al poder.

Fidelidad y lealtad supone dos premisas inconmovibles: una es el compromiso de no vacilar en caso de que se de la orden de sacar al ejército a las calles para controlar una crisis que escapa al control de las fuerzas del orden interior, y otra la seguridad de que desde las fuerzas armadas no se gestarán conspiraciones contra el poder.

En la actualidad, el poder en Cuba sabe perfectamente que una “invasión yanki” no está al doblar de la esquina ni mucho menos, aunque se haya anunciado por más de medio siglo. El ministro de las FAR, entonces, no tiene que ser tanto un genio militar como una garantía para el poder.

En Cuba existen en estos momentos cinco Generales de Cuerpo de Ejército en activo, cuatro de ellos miembros del Buró Político: Abelardo Colomé Ibarra (“Furry”), ministro del Interior, Leopoldo Cintras Frías, viceministro primero de las FAR, Álvaro López Miera, viceministro jefe del Estado Mayor General, y Ramón Espinosa Martín, viceministro de las FAR. También es general de Cuerpo de Ejército y viceministro Joaquín Quintas Solás, pero miembro del Comité Central, no del Buró Político.

En la lógica mencionada, los cuatro generales de cuerpo miembros del Buró Político parecerían los candidatos con más opciones para el cargo. Pero en Cuba el Ministro de las FAR preside también el Grupo de Administración de Empresas, Sociedad Anónima (GAESA), institución empresarial controlada por los militares que maneja más de mil millones de dólares anuales y participa en infinidad de operaciones comerciales dentro y fuera del país, y requiere determinada formación y experiencia ejecutiva administrativa y financiera, entre otras cosas.

En el 2009 fueron sustituidos los tres Jefes de Ejército del país y “ascendidos” a viceministros (Cintras Frías, Espinosa Martín y Quintas Solás), pero quedaron sin mando directo de tropas. Colomé Ibarra fue viceministro primero de las FAR durante muchos años, pero fue enviado al MININT en 1989, tras la crisis con los generales Ochoa y Abrahantes. De regresar al MINFAR podría quedar como ministro del Interior el actual viceministro primero de ese órgano y Jefe de los Órganos de Seguridad del Estado, general de División Carlos Fernández Gondín. Aunque en la doctrina soviética el Ministro del Interior generalmente era miembro del Buró Político, no lo era José Abrahantes, que ocupó el cargo por ser de absoluta confianza de Fidel Castro, hasta que cayó en crisis. El general Gondín es de absoluta confianza de Raúl Castro.

Visto así, tal vez el General de Cuerpo de Ejército Álvaro López Miera pudiera ser el nuevo ministro de las FAR: veterano de la guerrilla, relativamente “joven” (68 años), de bajo perfil público, leal a toda prueba a Raúl Castro, calificado, burócrata organizado con resultados positivos en la actividad militar, y con expediente “internacionalista”. Con asesoría adecuada pudiera también dirigir GAESA. Y sería un ministro que verían con buena cara los “históricos” para la sucesión post-raulista.

Fuera de ese círculo, otros dos miembros del Buró Político podrían ser designados, aunque sería mucho más sorpresivo que los casos anteriores: el general de división Ulises Rosales del Toro, que fue viceministro primero y jefe del Estado Mayor General, y cuya gestión de casi veinte años en la industria azucarera y la agricultura ha sido desastrosa: es persona de absoluta confianza para Raúl Castro.

El otro eventual candidato sería “un as bajo la manga”: el comandante de la revolución Ramiro Valdés. Sí, ya se lo que van a decir: que si las discrepancias con Raúl Castro, que si esto y lo otro. Pero “Ramirito” reúne todos los requisitos, incluida su experiencia dirigiendo el emporio empresarial “Gran Caimán” cuando supuestamente estaba “tronado”, que movía unos 500 millones de dólares anuales, autofinanciado, sin subsidio estatal. Y excelentes relaciones con China.

Ha sido ascendido por Raúl Castro a Ministro de Informática y Comunicaciones, miembro del Buró Político, Vicepresidente del Consejo de Ministros, y Vicepresidente del Consejo de Estado: los mismos cargos que ostentó simultáneamente en la era de Fidel Castro. Y ningún mando militar se atrevería a retar su liderazgo.

Todos saben que no dudaría en “sacar los tanques” si hiciera falta defender el poder. ¿Los sacaría contra Raúl Castro? Hasta el momento no se le conocen tendencias suicidas, y ha demostrado ser muy pragmático de acuerdo a sus propios objetivos: no tendría que hacer algo que, por razón de la biología, podría lograr con un poco más de paciencia y cuidando su salud como hasta ahora.

Además, no olvidemos que la decisión del nombramiento del nuevo Ministro de las FAR no es exclusiva de Raúl Castro: tendrá que discutirla con Fidel Castro y lograr su visto bueno, a no ser que la salud del hermano mayor estuviera tan deteriorada que no pueda hacerlo. Y de todos los eventuales candidatos, el de más confianza para Fidel Castro es Ramiro Valdés.

Sin embargo, nada asegura que el nuevo Ministro de las FAR en Cuba sea alguien no analizado en este trabajo. Al fin y al cabo, el neocastrismo se aleja cada vez más, en todos los ámbitos, del espíritu soviético, y se aproxima al chino.

Dentro de poco se sabrá quien es. Sabremos nosotros, quiero decir. Porque esta eventualidad ya estaba debidamente analizada desde hace tiempo en Punto Cero y La Rinconada.

En Cuba, para cosas como estas, no se elabora a la carrera un “Plan B”: se prepara con anticipación suficiente.

Tomado de CUBAENCUENTRO

 
Arcos y la memoria PDF Imprimir E-mail
Escrito por Fuente indicada en la materia   
Domingo, 04 de Septiembre de 2011 14:42

Por Raúl Rivero

Madrid – Ahora, cuando la oposición pacífica es una presencia tangible, viva, con temperatura, y en el forcejeo de la extensión bajo violentas acciones represivas de San Antonio a Maisí, aparece con frecuencia –tanto dentro del país como en el exilio– la figura de un hombre alto y callado que desde la mínima y desvencijada sala de su casa habanera tuvo esta realidad como una ilusión. Y como una certidumbre. Se llamaba Gustavo Arcos Bergnes.

En los vapores de este verano, mientras la policía acosaba, golpeaba y arrestaba a las Damas de Blanco, a las mujeres de apoyo, a decenas de opositores en La Habana, Santa Clara, Camagüey, Oriente, una amiga, compañera de muchos años de Arcos Bergnes, me dijo por teléfono desde de Cuba: “Con todo este ajetreo y estas batallas hemos pasado por debajo de la mesa el quinto aniversario de la muerte de Gustavo. O, a lo mejor, esos brotes de rebeldía son el homenaje que quiere recibir allá donde está”.

En efecto, Arcos, fundador del Comité Cubano Pro Derechos Humanos (CCPDH) junto a otros disidentes, había nacido en Caibarién en diciembre de 1926 y murió en La Habana el 8 de agosto de 2006.

Él era un hombre que venía de la lucha, de la cárcel, un señor a salvo de las seducciones del poder, un cubano de la calle que quería vivir en un país con democracia. No tenía ínfulas de profeta, ni se creía infalible. Era un disciplinado lector de historia y un conversador demorado que se negaba a dar lecciones. Prefería reflexionar y escuchar. Tenía coraje para soportar, con la misma entereza (y una estudiada indiferencia) los mítines de repudio que le organizaba el gobierno y los ataque verbales de diversos orígenes.

No era un santurrón, ni un soñador sin base. Quería la unidad en el respeto, pero no la unanimidad y utilizaba un vocabulario escogido para rechazar a quienes consideraba fuera de las fronteras de su ámbito de combate frente al comunismo.

Iban muchos opositores de todas las edades de todas las tendencias a verlo y a conversar con él, pero no recibía a nadie en las pantuflas de un experto. Se visitaba a alguien querido que ni siquiera era un viejo aunque hubiera vivido muchos años.

Yo creo que mucha gente iba a buscar fuerza, confianza, valor para encontrar puntos de contactos en la amplitud y las complejidades del pensamiento. A verlo en su entereza y en su austeridad, a escucharlo decir lo que pensaba no como un viejo maestro encapotado sino como un amigo que canta las cuarenta.

Parece natural una evocación de Gustavo Arcos Bergnes en esta hora de efervescencia y renovación de la oposición y que se le reanime en el recuerdo junto a los iniciadores de esa corriente contestataria que desde los años ochenta sostiene la esperanza de un cambio y manda señales cada día más rotundas desde las bases de la sociedad.

Unos días después de la muerte de Arcos, el periodista Adolfo Rivero Caro (fallecido recientemente en el exilio) escribió una nota en la que recordaba que durante su última conversación telefónica Gustavo le confesó que estaba muy orgulloso de lo que habían hecho. “Cómo ha cambiado el movimiento”, dijo, “ya no somos unos pocos. Ahora estamos en todo el país”.

 
PROPAGANDA Y HEGEMONÍA COMUNICACIONAL PDF Imprimir E-mail
Escrito por Fuente indicada en la materia   
Viernes, 02 de Septiembre de 2011 20:52
Por Raúl Fernández Rivero

Durante muchos años se han usado en política técnicas de propaganda, para
presentar, hacer gratos y conquistar al voto ciudadano para  determinados
candidatos. Estas técnicas han variado con los años. Últimamente la
formación de una imagen agradable y “televisiva” del candidato, como colores
de trajes y corbatas, o el uso de fotos en camisa, cambios de estilo de
peinado, arreglo de la dentadura, y hasta correcciones estéticas de su
físicos, alardes deportivos ya sean caminatas entre los más pobres o
partidos de básquet ball, han competido con la técnica de acusar de actos
-verosímiles o no- al opositor, descreditar a sus colaboradores  y sobre
todo atacar en los puntos débiles y hasta familiares al oponente. Estas
guerras sucias, donde todo vale, que desacreditan la política y sus actores,
son cada vez más usadas en las campañas electorales alrededor del mundo.  Se
basan en el concepto, que no se gana con una buena declaración de
principios, sino cuando se elimina al contendiente. Y cualquier cosa es
válida para lograrlo.

Ante cualquier contienda electoral por muy pequeña que sea, niéguese a ser
parte de está macabra acción, en la que Ud. no puede permitirse participar.
Exija, demande, obligue  que las campañas se basen en principios y valores,
con programas concretos a ser controlados por los ciudadanos votantes y no a
guerras personales de insultos, descalificaciones reales o no, que desvían
el curso del debate sano, limpio y obligatorio, público y de absoluta
difusión.

La propaganda, que es la forma de influir, de manera efectiva, en los
sentimientos, pensamientos y deseos del sector poblacional quien van a
dirigida, fue definida por Richard Alan Nelson en su acepción más precisa
como:

"De forma neutral la propaganda es definida como una forma intencional y
sistemática de persuasión con fines ideológicos, políticos o comerciales,
con el intento de influir en las emociones, actitudes, opiniones y acciones
de los grupos de destinatarios específicos a través de la transmisión
controlada de información parcial (que puede o no basarse en hechos) a
través de los medios de comunicación masiva y directa."

*—Richard Alan Nelson, A Chronology and Glossary of Propaganda in the United
States, 1996*

La propaganda no solo se limita a la etapa electoral, sino que es utilizada
por gobiernos y partidos políticos, con el fin de conseguir la aceptación de
los ciudadanos a sus políticas,  estrategias y acciones comunes, por medio
de un intento capitalizar paso a paso una hegemonía comunicacional. Que solo
puede lograrse cuando la capacidad política e instrucción de la ciudadanía
tiene fallas serias, por falta de experiencia democrática o por rechazo a
los partidos e instituciones políticas mediante un plan bien trazado y
ejecutado, fruto de crisis económicas o debacles de ideas globales,  por
ejemplo la época post primera guerra mundial en Europa, o la crisis del
socialismo real post caída del muro de Berlín.



Los países poco desarrollados políticamente, con una fuerte historia de
caudillismo, gobiernos militares, crisis repetitiva de corrupción de los
entes públicos y con poblaciones susceptibles a la veneración semireligiosa
de líderes carismáticos, son presa más fácil de este intento de someterlos
por la hegemonía comunicacional y la aplicación de reglas escritas y claras,
y muy usadas después de 1914, por tirios y troyanos, comunistas,
protosocialistas a ultranza, nacional socialistas, fascistas modernos y
caudillos militares.



Tanto es así que existe un protocolo de *ONCE PRINCIPIOS* que guía su
propaganda.



1.      *Principio de simplificación y del enemigo único*. Adoptar una única
idea, un único símbolo. Individualizar al adversario en un único enemigo.

2.      *Principio del método de contagio*. Reunir diversos adversarios en
una sola categoría o individuo. Los adversarios han de constituirse en suma
individualizada.

3.      *Principio de la transposición*. Cargar sobre el adversario los
propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. «*Si no
puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan*».

4.      *Principio de la exageración y desfiguración*. Convertir cualquier
anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave.

5.      *Principio de la vulgarización*. Toda propaganda debe ser popular,
adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va
dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser
el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es
limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para
olvidar.

6.      *Principio de orquestación*. La propaganda debe limitarse a un
número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y
otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el
mismo concepto. Sin fisuras ni dudas. De aquí viene también la famosa frase:
«*Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad*
».

7.      *Principio de renovación*. Hay que emitir constantemente
informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que, cuando el adversario
responda, el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del
adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de
acusaciones.

8.      *Principio de la verosimilitud*. Construir argumentos a partir de
fuentes diversas, a través de los llamados globos sondas o de informaciones
fragmentarias.

9.      *Principio de la silenciación*. Acallar las cuestiones sobre las que
no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen el
adversario, también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación
afines.

10.  *Principio de la transfusión*. Por regla general, la propaganda opera
siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional
o un complejo de odios y prejuicios tradicionales. Se trata de difundir
argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas.

11.  *Principio de la unanimidad*. Llegar a convencer a mucha gente de que
piensa «como todo el mundo», creando una falsa impresión de unanimidad.

Si Ud. vive en América latina, analice y verá como distingue sin mucho
esfuerzo,  a varios de estos Gobiernos que están empleando estos principios
al pie de la letra.

Tome uno a uno cada principio y compárelo con lo que pasa en su país. Se va
a sorprender de lo que hace su gobierno. Pero si ve que esto está
sucediendo, empiece a combatirlo;  porque si los deja, Ud. no tendrá
libertad de pensamiento más nunca y será un infeliz por toda su vida.

Si lo sabré yo, ya lo he visto dos veces.

Raúl Fernández Rivero

Última actualización el Viernes, 02 de Septiembre de 2011 20:56
 
La nomenclatura disidente: de Đilas a Gorvachev PDF Imprimir E-mail
Escrito por Fuente indicada en la materia   
Viernes, 02 de Septiembre de 2011 20:39

Por HUBER MATOS ARALUCE

Una parte del exilio cubano cree que Pablo Milanés es un enemigo y  ni él ni los de su clase merecen tregua.

 

Otros creemos que, como Milanés, hay muchos cubanos  que apoyaron a  la dictadura pero ya no quieren defenderla. Son parte de una  nomenclatura disidente que tiene la obligación moral de ayudar  a mandar al castrismo al cementerio.

 

Esto no haría de Pablo Milanés un patriota como el cubano que fusilaron por combatir la tiranía o el que pasó una buena parte de su vida en la cárcel por luchar por la libertad. A Milanés se le puede atacar por su pasado pero se le debe reconocer lo que haga y diga en contra del castrismo.

 

Laura Pollán ha reaccionado en forma inteligente: “Pablo Milanés siempre ha sido muy diferente del resto de los artistas cubanos. A pesar de que canta aquí, en Cuba …siempre ha mantenido una actitud diferente y le agradecemos que haya pedido el cese de la represión a las Damas de Blanco”.

Lo históricamente cierto es que los comunistas que han cuestionado al comunismo lo han debilitado.   Muchos de ellos convertidos en disidentes fueron claves en la desintegración del imperialismo soviético.

 

Uno de los primeros comunistas disidentes fue el yugoeslavo Milovan Đilas.  Siendo vicepresidente de un gobierno comunista llegó a la conclusión de que el comunismo era una farsa.  Denunció la invasión soviética de Hungría en 1956 y escribió La Nueva Clase un libro en el que denunció a la clase privilegiada creada por el comunismo.

 

Otro comunista famoso fue el físico nuclear Andrei Sajarov, científico importante en el desarrollo del poderío nuclear soviético.  A Sajarov lo entristeció la muerte de Stalin.  Él pensaba “que en los tiempo de grandes crisis históricas las brutalidades eran inevitables”. A pesar de que luego repudió los excesos de Stalin, Sajarov siguió siendo comunista.  Explicó que le tomó: “muchos años entender y sentir la especulación, el engaño y la falta de relación con la realidad que había en” el comunismo.  Sajarov había ganado el premio Lenin y el premio Stalin.  Fue uno de los más famosos defensores de los derechos humanos en el mundo comunista y por esta razón gano el premio Nobel de la Paz en 1975.

 

El más importante de todos los disidentes comunistas fue Mijail Gorbachev,  Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética  desde 1985 hasta 1989 y presidente ejecutivo de la Unión Soviética de 1989 a 1991. Gorvachev quería hacer del comunismo un sistema más eficiente y más democrático.  Las reformas que propuso demostraron que el comunismo había fracasado.  Los intransigentes del partido le declararon la guerra.  Intentaron darle un golpe de estado que no triunfo gracias a otro comunista, Boris Yeltsin. La URRS se desintegró gracias a las iniciativas de Gorvachev y las acciones de Yeltsin.

 

En Cuba hay una nomenclatura disidente que se ha dado cuenta  de que el castrismo ha sido un fraude.  Esa disidencia quiere cambios importantes.  Raúl y la gerontocracia les temen porque son enemigos que tienen adentro, como lo fueron del dogmatismo marxista-leninista en su tiempo Đilas, Sajarov y Gorvachev.

 

Que Milanés denuncie los atropellos a las Damas de Blanco debilita al castrismo y que se queje de que no publican sus declaraciones en Cuba lo daña también.

 

 

 
Pablo Milanés y la nomenclatura disidente PDF Imprimir E-mail
Escrito por Fuente indicada en la materia   
Lunes, 29 de Agosto de 2011 00:51

Por HUBER MATOS ARALUCE

Quienes critican la presencia de Pablo Milanés en Miami tienen sus razones. No hay por qué tildarlos de derechistas o intransigentes. Un buen amigo que no es de derecha ni es intransigente; considera que el concierto en Miami es una falta de sensibilidad de parte del artista y de quienes lo invitaron.

 

Hay quienes piensan que nadie tiene que arrepentirse por haber luchado por una causa que creyó justa.  Creo que no solamente deben arrepentirse. Deben tratar de enmendar su error en la misma proporción en que fueron corresponsables de la tragedia sufrida por el pueblo.  A Pablo y  a muchos les queda una tarea importante por delante.

 

Pablo Milanés pudo  expresar su pesar a miles de familias que viven en Miami y que sufrieron en forma terrible  en manos de los “revolucionario castristas”.  ¿Lo ha hecho, lo hará?

 

Hay otros compatriotas que le dan la bienvenida en Miami.  Argumentan que se ha definido en forma clara como un reformador.  Señalan que el cantautor tiene derecho a cantar en Miami porque los Estados Unidos es una democracia.  Tienen sus razones.

 

Parece que Pablo pertenece a la categoría de cubanos que bautizo como “la nomenclatura disidente”.  No son los disidentes que una vez se vincularon con el régimen y  luego rompieron con él en forma radical, como Vladimiro Roca.   Milanés pertenece a otro grupo.

 

Es el tipo de disidente que usa un lenguaje a veces claro y a veces confuso. Dicen  que son fieles a la revolución.  ¿A cuál revolución?  ¿La de los paredones?  ¿La que llevó a dos millones de personas al exilio y al país a la ruina?  No sabemos de cuál habla Pablo Milanés, pero no nos cerremos el entendimiento porque lo podemos deducir por otras declaraciones suyas.

 

Este tipo de disidente usa la palabra “revolución” como un escudo que le permite hacer críticas  al sistema sin que los represores de la tiranía los acusen de “contrarrevolucionario”.   Ha escogido esta estrategia.  La nomenclatura disidente está compuesta por centenares de miles en la isla. Ninguno tan famoso en el mundo como Pablo Milanés.

 

La oposición democrática –derecha, izquierda, centro, intransigente, no intransigente, etc. – tiene que decidir si acepta a la nomenclatura disidente como aliada, o la afronta como enemiga.

 

Rechazarla  como aliada es un error.  Ese grupo  está en busca de un espacio en la Cuba de mañana. Para ellos, para sus familias y para redimir sus conciencias.  Algunos serán sinceros, otros serán oportunistas, pero esas categorías morales las tenemos en todos los campos de la política cubana.

 

Mijaíl Gorbachev en su momento fue un miembro de la nomenclatura disidente de la URSS.  A pesar de que era la máxima autoridad del imperio, insistió una y otra vez en salvar al “socialismo”.  Margaret Thatcher tuvo que convencer a Ronald Reagan  de que las intenciones de Gorbachev eran auténticas.  Su glasnost y su perestroika fueron las semillas que acabarían con el comunismo.  Lo demás es historia.

 

Hay gente que se hace pasar como miembro de la nomenclatura disidente, pero su intención es tratar de  engañar al pueblo y a la prensa extranjera. Quieren hacerles creer  que  en Cuba habrá cambios verdaderos. En realidad su intención es consolidar el castrismo.  Hace algunos años, Raúl Castro fue el máximo exponente de esa falsa disidencia, hasta que se quitó la careta.

 

Pablo Milanés parece un representante auténtico de la nomenclatura disidente.  ¿Qué hacer?  ¿Participamos con  los miembros de esa nomenclatura  en la reconstrucción de Cuba democrática o les hacemos la guerra?  Ratifico: ¡Cuba democrática! No creo que ellos para actuar nos vayan a pedir permiso.  No lo están haciendo.



 

Última actualización el Lunes, 29 de Agosto de 2011 00:55
 
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