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Artigos: Cuba
Facilitar la inversión extranjera... pero no demasiado PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Viernes, 10 de Agosto de 2018 01:14

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Por EUGENIO YÁÑEZ.-

Ante la incuestionable evidencia de que la inversión extranjera no fluye hacia Cuba ni en la cantidad imprescindible ni con la celeridad requerida, el Gobierno ha decidido modificar las normas y procedimientos establecidos.

Sin embargo, como de costumbre, las medidas terapéuticas adoptadas para superar esta grave crisis, no públicamente reconocida del todo, resultan incompletas.

En un proceso serio de toma de decisiones de cualquier tipo es indispensable identificar claramente cuál es el problema y cuáles son sus causas, para intentar encontrar soluciones adecuadas y definitivas, y no limitarse a curitas de mercurocromo o una declaración de intenciones.

Cuando se aprobó la nueva ley de inversión extranjera en 2014 se declaró públicamente que el país requeriría unos 2.500 millones de dólares anuales de capital extranjero para que el producto interno bruto (PIB) creciera alrededor del 5% cada año, con la intención de avanzar hacia un socialismo próspero y sustentable que debería alcanzarse en algún momento, quién sabe cuándo.

 

Más vale tarde que nunca, es cierto, pero si lo que llega tarde además llega mal, escapar del nunca resulta más difícil todavía

Esas cifras continúan en el reino de lo imposible en agosto del 2018, y de ahí las nuevas medidas. Más vale tarde que nunca, es cierto, pero si lo que llega tarde además llega mal, escapar del nunca resulta más difícil todavía.

Además del absurdo prácticamente exclusivo para Cuba de ser quizás el único país del mundo cuyo Gobierno privilegia la inversión extranjera sobre la de sus nacionales -se cierra así la posibilidad de recibir millones y millones de dólares frescos de una diáspora que constituye un porcentaje importante de la población-, no ofrece suficientes facilidades a los potenciales inversionistas extranjeros para que arriesguen su dinero en la Isla.

De nada valen las Carteras de oportunidad que año tras año se ofrecen en cuanta feria, foro o evento para promover la inversión extranjera en la (¿todavía?) Perla de las Antillas, o las recientes medidas para agilizar trámites y simplificar procedimientos, que aunque acelerarán el proceso no eliminarán la trabazón, mientras no se acaben de resolver dos problemas fundamentales:

El primero sería la imperiosa necesidad de que exista y funcione un tribunal realmente independiente a donde puedan acudir los inversionistas para dirimir sus litigios y reclamaciones con la parte cubana, como normalmente sucede en los países democráticos entre inversionistas extranjeros y autoridades nacionales, sin que signifiquen agresiones imperialistas, ni guerras o peleas a golpes o disparos, sino diferentes interpretaciones de requerimientos legales o procedimientos y reglamentaciones que es necesario aclarar y definir para poder funcionar día a día.

 

El primero sería la imperiosa necesidad de que exista y funcione un tribunal realmente independiente a donde puedan acudir los inversionistas para dirimir sus litigios y reclamaciones con la parte cubana

Para eso, es imprescindible que los jueces de tales tribunales se subordinen a su conciencia y a las leyes establecidas, para decidir conforme a la letra y el espíritu de la legislación. Subordinarse al Partido Comunista antes que a la ley, aunque el Gobierno lo considere justo y necesario y lo avale la Constitución, en el comercio y las relaciones económicas internacionales, en todo el mundo es absolutamente inaceptable.

El segundo requerimiento que necesita solución es la absurda presencia de una empresa estatal dedicada a imponer al inversionista extranjero los trabajadores que deberá utilizar en sus negocios en Cuba.

Dejando a un lado el aspecto ético de que parte del dinero que el inversionista extranjero pagaría por el trabajador contratado queda en manos de una empresa estatal que no hace más que eso, y aunque el inversor no tuviera reparos morales ni legales en participar en ese contubernio, queda el evidente problema de que cada persona que pone en riesgo su dinero en cualquier negocio desea poder controlar en qué y cómo lo gasta.

Naturalmente, si una empresa de Cuba le facilitara al inversionista opciones de trabajadores de acuerdo a lo que necesite para su negocio, podría ser un gran servicio. Si el inversionista, proveniente de cualquier país, necesitara tres ingenieros para la planta de montaje que pretende establecer en la Isla, no rechazaría que la contraparte cubana le presentara un listado de ingenieros con la calificación requerida para que él pudiera entrevistarlos y seleccionar los que considere más apropiados.

Con el sistema en vigor, si una empresa extranjera necesita tres trabajadores, el Gobierno escoge a tres personas y se los manda, sin dejar al inversionista la posibilidad de hacer una selección en función de sus propios criterios.

 

Es intrascendente si el Gobierno flexibiliza regulaciones y aligera la carga burocrática que asumen los inversionistas extranjeros para arriesgar su dinero en Cuba, simplificando problemas de segundo orden

Cuando se le comunica que no tiene más opciones que las que le presenta la agencia empleadora estatal cubana, ese inversionista extranjero comienza a preguntarse, con todo su derecho, si no podría ser mejor negocio establecer su planta de montaje en República Dominicana, Costa Rica, Panamá, o Jamaica.

Entonces, es intrascendente si el Gobierno flexibiliza regulaciones y aligera la carga burocrática que asumen los inversionistas extranjeros para arriesgar su dinero en Cuba, simplificando problemas de segundo orden, aunque sea importante hacerlo, si frente a las dos cuestiones críticas que frenan la voluntad del inversionista, no se modifica nada y hay que seguir dependiendo de las veleidades y humores del Gobierno.

Mientras las cosas sean así, sin soluciones verdaderamente reales, los problemas se mantendrán. Aunque se tomen medidas para ilusionar... o entretener.

Porque los gobiernos no están para entretenerse, sino para resolver problemas.

14 Y MEDIO

Última actualización el Sábado, 18 de Agosto de 2018 01:20
 
Cuba, Trump y Putin PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Viernes, 25 de Noviembre de 2016 22:42

Por Jorge Hernández Fonseca.- 

Pensar que a Trump no le interesa la influencia norteamericana en Cuba es darle muy poca valía al presidente electo y a su equipo y es pensar que la historia entre EUA y Cuba no existe. Hay sangre norteamericana derramada en tierra cubana para tirar a España de la isla y hay mucha sangre norteamericana y latinoamericana derramada durante los espasmos hegemónicos castristas en toda Latinoamérica. Ni Trump, ni ningún otro presidente que respete a Norteamérica cometería la locura de dejar la isla en manos de la familia Castro, o de los rusos.

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Con relación a la presidencia de Donald Trump hay muchas conjeturas, pero un aspecto se tiene como real: las relaciones de EUA y Cuba regresarán al campo de la defensa norteamericana de sus intereses en el área, sin providenciar a la dictadura cubana la posibilidad de continuar oprimiendo con dinero estadounidense, de regreso al compromiso que Estados Unidos ha tenido siempre con la independencia de la isla. Por eso nos dieron libertad en 1902.

Última actualización el Domingo, 27 de Noviembre de 2016 12:19
 
No es una “nueva” Constitución lo que necesitan los cubanos, sino un nuevo sistema sociopolítico PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Viernes, 03 de Agosto de 2018 02:13

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Por Dr. Alberto Roteta Dorado.- 

¿Se aparta realmente Cuba del “comunismo” con su “nueva” Constitución? Antes de analizar brevemente el asunto merece explicarse el porqué de las comillas que significan la duda de los términos comunismo y nueva sin que nos apartemos del tema en cuestión.


No es una “nueva” Constitución lo que necesitan los cubanos, sino un nuevo sistema sociopolítico.

Por el Dr. Alberto Roteta Dorado.

Santa Cruz de Tenerife. España.- Por estos días los que nos dedicamos al análisis del acontecer cubano y del mundo hemos puesto nuestra mirada en los llamados cambios constitucionales, los que recién aprobó como proyecto la Asamblea Nacional de Cuba para luego ser “debatidos” entre el 13 de agosto y el 15 de noviembre, amén de “someterlo” a referéndum, cuyos resultados podrían ser manipulados para legitimar dichos cambios constitucionales a partir de una aparente aprobación popular, así como puestos de nuevo a “consideración” de dicha Asamblea Nacional, quien supuestamente dará el veredicto final del gran simulacro en pos de lo que el castrismo cree que es la democracia.

Luego de los análisis profundos de algunos estudiosos y politólogos – solo incluyo a los que de verdad lo son y sustentan sus criterios en opiniones con conocimiento de causa– me va quedando pues muy poco nuevo que abordar, por lo que considerando esto último y por respeto hacia aquellos de los que aprendo cada día, me limitaré a unos breves apuntes en torno al polémico tema de la futura Constitución que pronto entrará en vigor en la mayor de las Antillas.

¿Se aparta realmente Cuba del “comunismo” con su “nueva” Constitución? Antes de analizar brevemente el asunto merece explicarse el porqué de las comillas que significan la duda de los términos comunismo y nueva sin que nos apartemos del tema en cuestión.

No puede plantearse bajo ningún concepto la idea de que ciertas sociedades como la cubana se encausen hacia las vías del “comunismo”, por cuanto jamás ha existido el comunismo en el orden práctico, esto es, como acto concretado y puesto en marcha aunque sea de modo experimental. Las absurdas ideas de Karl Marx, generalmente respaldadas por su entrañable compañero Federico Engels, aunque este último hacia el final de su existencia  – una vez que Marx ya no estaba entre los vivos– intentó rectificar algunas concepciones que más tarde fueron ocultadas ante la posibilidad de un escándalo teórico entre los comunistas de su tiempo, jamás se han llegado a consumar, y esto es suficiente como para que cualquier posible especulación acerca de una fase considerada aun superior al socialismo marxista pueda someterse a ser susceptible de desarrollarse a plenitud, excepto por aquellos dejados llevar por la enajenación que con frecuencia acompaña a los partidistas socialistas empeñados en hacer realidad lo inexistente.

Tampoco podemos hablar de una constitución “nueva” toda vez que solo se trata de remiendos y retoques al decadente engendro que proporcionó al dictador Fidel Castro su posicionamiento definitivo en el poder de manera oficial a partir de la legitimación del panfleto constitutivo de 1976, aun vigente en la isla hasta que entre en vigor el actual. Recordemos que es de esta etapa la aparición del omniabarcante cargo de Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros y la desaparición del cargo de Presidente de la República. De modo que la novedad es solo tras la apariencia formal para dar la imagen de cambios con la nueva figura presidencial y la retirada parcial – permanece al frente del Partido Comunista de Cuba, la “fuerza superior dirigente”, ratificado en la nueva constitución– del octogenario Raúl Castro.

Una vez precisado esto retomemos la idea acerca de si se aparta o no Cuba del comunismo con los cambios de la “nueva” Carta Magna. El hecho de que se “actualicen” ciertos conceptos que se encuentran en total estado de caducidad no significa que el régimen esté cediendo en su empreño por perpetuarse en el poder desde su obsoleta perspectiva socialista.

Es un grave error pensar y creer que al suprimirse la idea de que Cuba se prepara para avanzar hacia la sociedad comunista, las cosas pudieran experimentar cierto giro que la aproxime a las concepciones capitalistas, de derecha o de centro derecha. Según se expone en el capítulo I, Fundamentos políticos, sociales y económicos del Estado, artículo 5 de la Constitución de 1976: “El Partido Comunista de Cuba, vanguardia organizada marxista-leninista de la clase obrera, es la fuerza dirigente de la sociedad y del Estado, que organiza y orienta los esfuerzos comunes hacia los altos fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista”.

Según la modificación actual se suprimió lo referente al avance hacia la sociedad comunista añadiéndose otra descabellada idea, por cuanto el partido único jamás podrá desarrollar valores éticos, morales y cívicos en los cubanos. El artículo 5 queda pues de esta forma: “El Partido Comunista de Cuba, único, martiano, fidelista y marxista-leninista, vanguardia organizada de la nación cubana, sustentado en su carácter democrático y la permanente vinculación con el pueblo, es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado. Organiza y orienta los esfuerzos comunes hacia la construcción del socialismo. Trabaja por preservar y fortalecer la unidad patriótica de los cubanos y por desarrollar valores éticos, morales y cívicos”. (Se destaca en negra lo añadido)

Téngase en cuenta que el socialismo se caracteriza, al menos teóricamente y de acuerdo con los preceptos clásicos marxistas, no solo por la posesión por parte del proletariado de los medios de producción, esto es, la supresión de la propiedad privada, sino la negación del pluripartidismo, algo que la Constitución cubana de 1976 deja bien precisado en su artículo 5, y se ratifica en la actual al reafirmar la concepción de que “El Partido Comunista de Cuba, único, martiano, fidelista y marxista-leninista, vanguardia organizada de la nación cubana…”

De modo que no queda lugar para la participación de otros partidos políticos legalizados, o sea, con personalidad jurídica que les permita competir en procesos eleccionarios junto al eterno partido oficialista, lo que no se resuelve en las “reformas” actuales. Esto significa que si bien el término comunismo no fue utilizado – algo muy bien pensado para que el decadente régimen y su partido único no sigan siendo el hazmerreír de aquellos que aún piensan en el mundo con un mínimo de decoro– no es sinónimo de un distanciamiento de los cánones socialistas que durante varias décadas ha estado exponiendo el régimen ante el mundo.

Para replantearnos el concepto de salida del comunismo hemos de considerar ciertas pautas, entre las que no pueden ser omitidas el derecho a la libertad de expresión, la posibilidad de elegir al presidente del país de manera democrática y no a través de una complicada simulación preconcebida de modo premeditado, la legalidad del pluripartidismo, así como la plena libertad de los medios de comunicación y no en manos del partido único como órganos oficiales de sus fechorías, entre otras tantos aspectos que, en última instancia, son los que hablan a favor de la instauración de una democracia , independientemente que en lo económico se restablezca la propiedad privada sobre los medios de producción.

Así las cosas, los cambios constitucionales – como todo lo que hasta el presente ha estado haciendo el régimen  cubano– no son más que modificaciones mínimas que solo van a operar desde una apariencia de apertura democrática tan solo creíble en el seno de los que se creen comunistas, los que seguirán extrayendo al corrupto sistema todo lo posible para su satisfacción personal con el término comunismo o sin él, igual da.

En Cuba no habrá cambios toda vez que no es una nueva Constitución lo que se necesita, sino un nuevo sistema sociopolítico que sea capaz de renovarla en todo sentido y apartarla definitivamente del socialismo.

Última actualización el Martes, 14 de Agosto de 2018 05:19
 
El naufragio de la nación cubana: Sobre una fracturada identidad PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Lunes, 22 de Octubre de 2018 15:20

Una calle de La Habana republicana. (CC)

Por VICENTE ECHERRI.-

La destrucción -y la transformación- de la nación cubana se ha convertido no sólo en un lugar común, sino en una perenne lamentación entre los nuestros. Los que vivimos en el exilio apenas si tenemos otro tema, sobre todo los que se identifican con el llamado «exilio histórico», si bien muchos de nosotros llegamos veinte años después. La identidad cubana a que nos aferramos, con la que solemos identificarnos, no es, por supuesto, el país que dejamos atrás hacia fines de la década de los 70; ni siquiera, en otros casos, diez o quince años antes de esa fecha; sino la república que antecedió al castrismo y que este congeló en la memoria y los anhelos de más de una generación, al tiempo que hacía entrar a toda una sociedad en la intemporalidad totalitaria.

Paradójicamente, esa congelación que tiene lugar, sobre todo, en nuestras mentes, en nuestras conciencias, contrasta con una radical transformación de lo esencial cubano —o lo que por tal tenemos— que no se detiene en la supresión de las libertades fundamentales, ni en la destrucción de toda economía, privada y pública, ni en la agresión al medio ambiente; sino que, ávido de reescribir la historia y suplantar el pasado, en un sociedad huérfana de sus naturales clases rectoras, el Estado induce, por malicia o por carencia, el envilecimiento colectivo de las costumbres ciudadanas, la plebeyez como norma del comercio social, el latrocinio como compensación natural y la prostitución como aspiración redentora. Impotentes y horrorizados, muchos de nosotros hemos asistido a este naufragio, cuyas secuelas, tal como una resaca, llegan también hasta esta orilla para alterar —si no para contaminar— nuestro entendimiento de lo cubano.

Ávido por reescribir la historia el Estado induce, por malicia o por carencia, el envilecimiento colectivo de las costumbres ciudadanas

 

Por amor y por tozudez nuestros, existe otra Cuba de este lado del mar: comunidad enquistada en el tiempo de la nostalgia, incapaz de renunciar ni al más insignificante de los recuerdos que atesora y que considera inseparables de la identidad nacional que queremos ver restituida en el territorio al que le es connatural, como si este medio siglo hubiese sido nada más que un mal sueño. Queremos, porque entre ellos me incluyo, que nos retornen el país que perdimos —¿quién?, no sabemos bien si la Divina Providencia o “los americanos” que, por momentos, pueden llegar a confundirse— y que se nos permita, en un acto de amor y disciplina, devolverles a los cubanos de allá (y a algunos de los que llegan) los modales perdidos, el auténtico patriotismo, la moral que parecen haber escurrido en algún sumidero, la voluntad de participar activamente en la vida política de su país, el decoro, en fin, que es ingrediente esencial de las sociedades robustas y prósperas.

Pero lo cierto es que la gran mayoría de los cubanos se pervierte, conforme a nuestros criterios y, al mismo tiempo, nosotros carecemos de los instrumentos políticos indispensables para intentar siquiera revertir ese proceso de perversión. Cuba se ha ido transformando en otra cosa sin que nosotros hayamos podido hacer nada, o nada que realmente pueda tener un efecto real. Además, el tiempo (el de nuestra congelación y el de la destrucción de nuestro país y su nación, uno y el mismo) obra en contra nuestra. A la vuelta de diez, de veinte años (que han de pasar más rápidamente de lo que quisiéramos) aquellos que conserven nuestra visión de Cuba serán muchos menos que hoy, en tanto los que hayan incorporado los rasgos del envilecimiento habrán aumentado en varios millones. En esa carrera contra el tiempo, las solas cifras nos llevan la contraria. Si pasa otra generación a la espera de que Cuba reingrese en el tiempo real de la historia, no quedará casi nadie para contar el espejismo de nuestra aspiración.

A la vuelta de diez, de veinte años aquellos que conserven nuestra visión de Cuba serán muchos menos que hoy, en tanto los que hayan incorporado los rasgos del envilecimiento habrán aumentado en varios millones

 

¿Se ha perdido, pues, Cuba? ¿Es el castrismo -no el régimen comunista que ya ha probado ser un fiasco universal, sino sus secuelas sociales y morales- irreversible? ¿Es iluso acaso pretender -y hasta poner algún esfuerzo en ello, como hemos hecho, cada cual con los medios y talentos a su alcance- restaurar la nación (quiero decir, cuerpo de instituciones, tradiciones, costumbres, conductas, etc.) que alguna vez tuvimos?

Dándole cabida al pesimismo, me atrevo a responder afirmativamente a estas preguntas. La devastación totalitaria deja al pueblo de Cuba sin cimientos y sin dechados  y, en consecuencia, fácil presa de la dominación. Los que no transigen, los que se acuerdan de como eran las cosas, emigran en su gran mayoría, y esa emigración acelera la pobreza y la enajenación de los que se quedan. A ellos les toca la áspera realidad de la miseria instituida, el vasallaje y el canallesco escepticismo que éste genera. A nosotros, una serie de sueños de lo que fue nuestro país, de lo que pudo llegar a ser, de lo que aún quisiéramos que fuese. Pocas veces la realidad de dos segmentos de la misma nación ha sido tan distinta.

En sus orígenes, Cuba también fue un sueño, un sueño de un grupo de aristócratas y de intelectuales que les eran afines, cuyo bienestar, en la mayoría de los casos, también llevaba el estigma del trabajo esclavo. Habían leído, habían viajado, aspiraban a que la plantación en la que vivían fuera una sociedad más eficaz y educada —en el principio, ni siquiera mucho más justa e independiente. El poder colonial cerró todas las avenidas al criollo rico y culto que se sintió paria en su propia tierra, y la nación cubana fue surgiendo como entidad distinta, separada de España, y esa separación acabaría pagándose con mucha sangre.

La devastación totalitaria deja al pueblo de Cuba sin cimientos y sin dechados y, en consecuencia, fácil presa de la dominación

 

La definición de Cuba es una quimera europea, ciertamente un sueño de blancos distinguidos que popularizan esa idea, que la venden, que la propagan, que la predican, que terminan por imponerla. El resto de la población son obreros manuales, campesinos, tenderos españoles —o sus hijos— y esclavos. A mediados del siglo XIX, la población negra, si sólo contamos los esclavos, casi iguala a la blanca y, sumada a la población negra libre, es mayor que la blanca. Aunque el mestizaje no es tan obvio como en la actualidad, ya existe en las fronteras de estas comunidades. Cuba es rica, es verdad, pero su riqueza se ha hecho sobre el sudor y la sangre y las espaldas de centenares de miles de esclavos. Los que sueñan a Cuba aspiran a la perfección de una república europea en medio de una plantación caribeña. No los culpo, yo también he soñado siempre con lo mismo. Las guerras de independencia, que sirvieron de crisol para fundir muchos prejuicios y acelerar la democracia, sirvieron también para consagrar las instituciones salidas del ideal patricio de la nación: una camisa de fuerza —para decirlo con una metáfora— que se le impuso a los negros esclavos y a los tenderos españoles; un ideal con el cual había que vivir, con instituciones forjadas por una clase a la que era menester imitar.

El castrismo dinamita ese contrato social, expolia la riqueza que brindan los fueros de la autoridad, demoniza el pasado, satiriza los paradigmas, usurpa los poderes públicos, adultera las tradiciones. El ciudadano, carente de estos referentes de identificación, de estos parámetros tradicionales, se convierte en rebaño. Los que no consienten son ejecutados o presos, o se marchan al exilio o se consumen en el silencio de su exilio interior. Las nuevas generaciones crecen desprovistas de asideros, de auténticos modelos, de rigurosos arquetipos de superación. Se impone el disimulo, la lealtad ostentosa y caricaturesca a un régimen espurio para la obtención de prebendas que, en la mayoría de los casos, son ridículas, tanto o más que las piedras de abalorios con que los españoles alguna vez compraron el oro de los indios. La degradación del pueblo es universal. La condición material y moral de los cubanos sujetos al castrismo se pude resumir en una sola palabra: miserable.

La condición material y moral de los cubanos sujetos al castrismo se pude resumir en una sola palabra: miserable

 

Vale la pena preguntarse, ¿son estos hombres y mujeres arrebañados, cuya manera de hablar en ocasiones no reconocemos, parte esencial y prominente del pueblo de Cuba? ¿Son, estos descendientes de esclavos y estos descendientes de tenderos a quienes han explotado y estafado por medio siglo en nombre de un proyecto enloquecido, nuestros compatriotas? ¿Son hermanos nuestros estos millones de individuos envilecidos por la gestión totalitaria que, privados de arquetipos, se hunden en la amoralidad y el escepticismo?

Yo, que siempre he creído y aún creo en la validez del ideal nacional que nos legaran nuestros grandes hombres del siglo XIX, no dudo en contestar que sí. Por mucho que no podamos reconocernos en sus voces, en sus gestos, en sus conductas, en su falta de fe en la nación, son ellos nuestra carne y nuestra sangre, parte de ese pueblo al que pertenecemos agónicamente como una extensión de nuestro ser y sin el cual nos sentiríamos muy disminuidos. Ellos, los cubanos de la otra orilla —tanto como muchos que van llegando a ésta en medio del continuo naufragio— han sido desfigurados por la acción de la historia, pero aun así nos son íntimos y entrañables, como parte substancial de una entidad que nos abarca y nos excede, que nos arraiga y nos explica.

El futuro de nuestro querido país no tiene que ser exactamente como lo hemos soñado en este ya largo exilio. Tal vez las formas consagradas cuya ausencia tanto hemos deplorado nunca más se restauren. Las tradiciones se alteran con nuevos ingredientes, de la misma manera que los idiomas se transforman y las costumbres evolucionan. La catástrofe ocurrida en Cuba, responsable de tanta muerte y cárcel y exilio y envilecimiento, no es algo que podamos borrar como una pesadilla para empezar de nuevo.

Tenemos delante de nosotros el duro trago de la reformulación de lo cubano, lo cual, desde luego, no es tarea exclusiva de nosotros, los de esta orilla, erigidos en depositarios absolutos de una tradición invariable y dispuestos a imponerla desde el podio de alguna fabulosa magistratura, sino de toda suerte de voces y de individuos, con pluralidad de aportaciones y visiones, de principios y de objetivos, de aspiraciones y de avenimientos.

El futuro de nuestro querido país no tiene que ser exactamente como lo hemos soñado en este ya largo exilio

 

Las transformaciones que un pueblo puede sufrir -a veces para mal- en la historia de su desarrollo no son susceptibles de ser ignoradas: ni el legista, ni el político, ni el filósofo ni el historiador pueden permitirse ese lujo. ¡Ojalá ciertos hechos no hubiesen sucedido!, pero, como bien sabemos, la historia no es lo que pudo haber sido, sino lo que fue, y sus consecuencias son palpables. Si comparamos lo ocurrido en la historia reciente de Cuba con sucesos históricos más drásticos, podemos encontrar incluso algún fundamento para el optimismo.

Pensemos, por ejemplo, en la conquista española de América y lo que significó su impacto en las culturas indígenas, las más adelantadas, porque las del Caribe resultaron simplemente abolidas. ¿Qué profundo trauma no deben haber vivido sacerdotes, príncipes y poetas del mundo incaico y azteca ante ese choque que destruyó sus templos y sus códigos, avasalló sus lenguas, suprimió sus dioses y sus estamentos jerárquicos y hasta cambió sus nombres? Yo estoy seguro de que hubo muchos miembros de esas culturas que vivieron y murieron soñando con el regreso de los viejos cultos y con la restitución de sus costumbres ancestrales, de una cosmovisión que ya nunca más habría de ser.

Asimismo, en la Inglaterra isabelina, ¿cuántos no habría que esperaron desde un largo exilio, o desde una medrosa clandestinidad, el retorno de lo que suponían era la fe verdadera, la devolución de los monasterios y de las abadías, la celebración del culto legítimo sujeto al romano pontífice, la vuelta de ese mundo, en fin, que la frustración y la cólera de Enrique VIII habían deshecho? Pero en Inglaterra no habría de nuevo monasterios hasta 300 años después, y la misa romana jamás habría de volver a celebrarse en las antiguas catedrales del reino. Así de radicales y definitivos pueden ser ciertos cambios.

Las transformaciones que un pueblo puede sufrir, a veces para mal, en la historia de su desarrollo no son susceptibles de ser ignoradas

 

La revolución francesa -que tan exaltada y venerada ha sido por el republicanismo militante- quiso hacer nuevas todas las cosas y, en ánimo de cambiar, cambió no sólo la configuración del Estado, sino hasta el nombre de los meses del año y la duración de las semanas y, por supuesto, el himno nacional y la bandera y la división política del país y otras mil cosas. Francia ya no volvería a ser la misma ni tampoco el resto de Europa y por tanto del mundo, gracias a ese engendro de la revolución que fue Bonaparte y no obstante los quince años de restauración borbónica que siguieron a su derrocamiento. ¡Cuántos, cuántos —pensemos— vivieron y murieron en la Francia del siglo XIX y hasta en la del XX, soñando con el regreso del Ancien Régime, esperando que la odiosa escarapela que representaba a los descamisados y a los regicidas fuese arriada de una vez y por todas, y que de nuevo campearan los lises que habían distinguido a los reyes franceses desde la alta Edad Media! Hay muy pocos hoy que se acuerden de que Francia tuvo alguna vez otra bandera.

Afortunadamente para nosotros, y pese al drástico proceso de transformación y deterioro que ha tenido lugar en nuestro país en los últimos cincuenta y tantos años, los símbolos visibles que nos identifican no se han visto alterados: el nombre oficial del Estado no ha cambiado, ni la bandera, ni el escudo ni el himno. Esto no es mucho, ciertamente, pero es algo, un terreno de entendimiento común desde el cual partir. Tampoco han rechazado los que mandan en Cuba el lugar y la palabra de los próceres fundadores, sobre todo el de José Martí, si bien han manipulado su doctrina y lo han querido hacer cómplice de la infamia. El discurso de Martí sobre Cuba y su visión política -profundamente democrática- pueden servir todavía para tender un puente -precario, pero puente al fin- entre estas dos orillas de nuestra fracturada identidad nacional.

No hay lugar, es verdad, para el desbordado optimismo ni para las visiones triunfalistas que alguna vez nos animaran. Cuba no nos estará esperando, en algún momento de un futuro improbable, como un material dócil sobre el cual imprimir la visión de nuestra sociedad, más perfecta e idealizada, además, de lo que jamás fuera; para realizar el viejo sueño de despertar a la bella durmiente y encontrar que todo se reanima a su alrededor. Eso no es posible. Eso nunca, en la historia, ha sido posible.

Cuba no nos estará esperando, en algún momento de un futuro improbable, como un material dócil sobre el cual imprimir la visión de nuestra sociedad

 

Sin embargo, esa realidad tampoco nos deja sin tarea. Hay una obra que hacer aún, creo yo, frente a esta devastación que nos aflige. Nosotros conservamos nuestra visión. Hemos tenido tiempo de meditar en las debilidades, políticas y sociales, que nos llevaron, como pueblo, hasta este punto de desfiguración. Aún nos queda un atisbo de entusiasmo y de entrega, aún somos depositarios de unos saberes cívicos que los nuestros de allá —porque son parte nuestra y dolor nuestro— tal vez hayan olvidado, forzados por las durezas de su vida; o casi seguramente reinventado en medio de sus atroces circunstancias. Entre unos y otros tenemos que volver a reformular a Cuba cuando esta pesadilla termine, e incluso antes de que termine, desde el momento mismo en que pensamos salvar este abismo, con las contribuciones de todos y las voces de todos. Decía sabiamente Martí: “de los derechos y opiniones de sus hijos todos esta hecho un pueblo, y no de los derechos y opiniones de una clase sola de sus hijos”. ¡Cuán difícil es renunciar, frente al terrible desarraigo, al asidero de nuestra verdad, de nuestras soluciones, de nuestra arrogante suficiencia, para adquirir la generosidad y la humildad que siempre impone el empeño común!

14 Y MEDIO

Última actualización el Domingo, 28 de Octubre de 2018 07:22
 
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Sábado, 03 de Diciembre de 2016 13:00

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Por Jorge Hernández Fonseca.- 

Comandante:

Que clase’problema le ha busca’o a Raúl muriéndose precisamente ahora, cuando Trump ganó la presidencia de loj’estados Unidos. Ni se imaginan el 20 de Mayo que les va a caer encima. Dicen las malas lenguas que es todo lo contrario, que de’sa manera Raúl está con las manos libres pa’negociar con el imperialismo. Yo ya ni sé que es mejor pa’la isla.


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Jorge Hernández Fonseca

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Sent: Viernes, 2 de Diciembre de 2016

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Comandante:

Que clase’problema le ha busca’o a Raúl muriéndose precisamente ahora, cuando Trump ganó la presidencia de loj’estados Unidos. Ni se imaginan el 20 de Mayo que les va a caer encima. Dicen las malas lenguas que es todo lo contrario, que de’sa manera Raúl está con las manos libres pa’negociar con el imperialismo. Yo ya ni sé que es mejor pa’la isla.

Dicen por ahí que la discusión suya con San Pedro fue de ampanga cuando lo mandó pal infierno y que no le importó la cartica de recomendación que le llevó de Francisco, “otro que bien baila” le habría dicho San Pedro, comenzando el altercado. Ahí vinieron a la puerta del cielo tos los cubanos que Ud. había mandado a fusilar y ahí se acabó el pleito.

Por acá el comemierda de Raúl, como siempre, la caga a cada rato. Mandó a poner la urna con sus despojos en edificio del ejército y orientó a la plebe a adorar un retrato suyo de cuando el Morro era de tablas. Después, mandó de avión pa’Santiago la urna con los restos reales y está paseando por la provincias una urna de mentiritas. Eso no se hace!

Me dijeron también que Lenin, Stalin y Pol Pot, se juntaron a Pinochet, Somoza, Trujillo pa’recibirlo como Ud. merece en el Quinto Infierno y que eso fue tremendo! Me dijeron también que como no había llegado la pipa de cerveza, tuvieron que tomar chispa’e tren. Desde allí imagino vio la fiestaza de los cubanos de Miami celebrando. Eso fue tremendo!

Por la TV vimos a su viuda y sus herederos llorando a moco tendido. Lo hacían mucho más porque sin Ud. Raúl los va a multiplicar por cero, que por la pérdida que significa su desaparición, que no cabe dudas los alivia de soportarlo con sus sandeces del día a día. Esté vigilante por allá con la venganza de Ochoa y Abrahantes, que se la quieren cobrar!

Ahora Comandante, mucho cuidado con la Mafia de Miami y Donald Trump, porque se dice por ahí que no es lo mismo “morirse de viejo en su cama de punto cero dejándole el negocio cubano a Raúl, burlándose de Miami y el imperialismo” que “el imperialismo poner en su punto a Raúl multiplicándolo por cero, para dejarle el negocio cubano a Miami”. Mucho cuidado con eso, porque el orden de los factores sí altera el producto!

Su admirador

Ciudadano de Segunda

Última actualización el Jueves, 08 de Diciembre de 2016 11:40
 
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