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Deporte en tiempos de pandemia PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Sábado, 19 de Septiembre de 2020 23:41

Deportistas muestran su apoyo al movimiento Black Lives Mater.

Por FRANCISCO ALMAGRO DOMÍNGUEZ.-

Un amigo cercano me cuenta su desencanto con el deporte. Vive en Miami y había seguido a los Marlins y al Heat durante años. Ahora que los equipos de la Capital del Sol regresan a planos estelares, mi amigo los ve ocasionalmente, con disgusto. Pregunté si se trataba del coronavirus, y esa modalidad de competencia sin público en las gradas, atletas enmascarados, encerrados en una "burbuja" —excepto los peloteros. Dijo que no. El asunto es otro, más complicado, y nada tiene que ver con el músculo. Son las ideas, la política y los sentimientos metidos en las canchas y los diamantes de juego.

La plaga no puede soslayarse. La emoción de ver un partido de beisbol o básquet, lo que se vive y se comparte, la ansiedad por el próximo tanto, la algarabía por el nocaut, el jonrón o el gol no puede sustituirse por exclamaciones grabadas y cabezas de cartón sobre los asientos. El público es parte del espectáculo.

Le dije haber visto una curiosa imagen. La foto de 1918 es en el Grant Field durante un partido de futbol americano. Todos los aficionados llevaban mascarillas puestas. Afuera, la llamada Gripe Española había matado medio millón de norteamericanos. Al igual que hace 102 años, la protección individual y la separación entre personas son las mejores iniciativas para evadir la muerte. La aconsejable suspensión de aglomeraciones hizo que se suspendieran los Juegos Olímpicos de Tokio-2020, varios maratones, cambiar la fecha de la Copa Davis y del Roland Garros. La Copa América 2020 también decidió posponerse por el Covid-19.

Pero la decepción del amigo con el deporte comenzó mucho antes, cuando algunos futbolistas afroamericanos se negaron a estar de pie durante el himno nacional. Parecía algo personal. No lo era. Era el inicio de todo un movimiento contra los valores más sagrados de la actividad deportiva, ese remedo del sangriento circo romano transformado en pacifica confrontación de talentos y sacrificios en la modernidad. La historia muestra con suma elocuencia que politizar el deporte es agredir la reconciliación y la paz entre seres humanos.

Como cubanos sabemos bien lo que sucede cuando el deporte se usa con fines políticos; cómo los políticos afianzan sus ambiciones dictatoriales. La absurda y facistoide idea de separar el deporte en "esclavo" —prerrevolucionario— y "libre" —revolucionario— no solo es imposible, una chifladura. Es una agresión al deporte mismo, y como tal, debería ser condenado en los términos más fuertes en todos los foros deportivos. Es asombroso que en pleno siglo XXI se permita la práctica de invisibilizar, desaparecer deportistas y récords por ideas religiosas, políticas o de género.

Del mismo modo, resulta chocante que las camisetas de los atletas multimillonarios lleven letreros políticos como Black Lives Matter. Es comprensible la protesta. Está avalada por la Primera Enmienda de la constitución norteamericana. Pero lo que comenzó con un arrodillamiento mientras las notas del himno nacional se escuchaban, ha llegado al punto de abandonar los terrenos de juego sin importar la afición sintonizada, blanca, negra, amarilla o de cualquier otro color. Aquí lo políticamente correcto se solapa sobre la deportivamente incorrecto.

Las democracias son frágiles a la hora de establecer estancos, límites claros entre deporte y política. Es el precio de las libertades. Además del derecho individual de cada atleta a decir o propagar lo que piensa, los sindicatos de jugadores protegen esos derechos y no en pocas ocasiones ponen el espectáculo en riesgo como sucedió con la huelga de peloteros de las Grandes Ligas en 1994. Si un grupo de atletas cuenta con apoyo sindical, puede poner de rodillas a los dueños, incluso llevarlos a juicio si tienen argumentos sólidos.

Los dueños, por su parte, como todo propietario buscan el profit. Los llamados patrocinadores pagan los anuncios en las camisetas, los implementos, la radio, la televisión y la internet. Sin patrocinadores, los dueños y los deportistas no existirían. Es por eso que las grandes cadenas de alimentos, ropa, electrónicos y automóviles están donando a movimientos como Black Lives Matter. Estar en la línea política del momento garantiza el mínimo boicot. Es todo un sistema cuya circularidad radica en los dividendos, sin descartar el deporte como diversión, esparcimiento, inspiración.

Los fanáticos son el último escalón del sistema deportivo profesional. Sin dudas, el más importante. Son quienes pagan por ver, usar la ropa deportiva, consumir lo que los atletas anuncian. De continuar la tal vez premeditada intromisión de la ideología en la esfera del músculo, los seguidores de algunos deportistas terminarán por rechazarlos, y como mi amigo, y en uso también de su libertad individual, no pagar por verlos ni sintonizarlos.

Los cubanos sabemos cómo termina, penosamente, todo. En los lugares donde deporte y política son una misma cosa los atletas son soldados ideológicos. Son convocados al terreno de juego para demostrar superioridad, no solo deportiva. La derrota de esos atletas-soldados es un golpe demoledor para quienes los patrocinan, los que emplean todos los recursos, humanos y materiales, para humillar, no ganarle, al otro. El deporte así contaminado no es deporte, y tarde o temprano, fracasa. La razón es sencilla y nunca evidente: en silencio, millones de almas desean que sus representantes pierdan porque esto sería un símbolo de la derrota del sistema, del patrocinador. Y no hay peor plaga para un atleta, diría un brujo criollo, que el mal de ojo, la mala vibra de tu propia gente.

DIARIO DE CUBA

Última actualización el Viernes, 25 de Septiembre de 2020 20:57
 

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