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Contra las disculpas del miedo PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Sábado, 02 de Noviembre de 2019 11:18

Virgilio Piñera y José Lezama Lima.

Por ANDRÉS REYNALDO.- 

Como otros jóvenes con inquietudes intelectuales en La Habana Vieja de los años 60 y 70, conocí a José Lezama Lima y a Virgilio Piñera. Las diferencias de edad,  prestigio y talento no nos permitían siquiera ser sus discípulos. Más bien veníamos a ser los casuales oyentes de sus charlas cuando llegaban a tomar el té, un té con sabor a cloro, en el portal del restaurante El Patio, en la Plaza de la Catedral.

Ninguno hablaba de política. Jamás. Recuerdo una tarde de septiembre de 1973, a pocos días del derrocamiento de Salvador Allende, en que Virgilio aseguró no estar ni al tanto de la victoria de la Unidad Popular en Chile.

Espiados, ninguneados, humillados, vestidos con los gastados trajes y los recapados zapatos que les quedaban de 20 años atrás, aquellos dos grandes escritores sufrían su importancia en cauteloso silencio. Aparte de cualquier explícita lección literaria ofrecían una tácita lección cívica: se puede vivir con miedo sin perder la decencia. Sin pecar de sinrazón, que es el más grosero pecado de un intelectual.

Ya en el exilio, al calor de la amistad con Eloísa, la hermana de Lezama, sabría lo que no estaba a la vista en aquellas tertulias de media tarde. En su casita de la calle Trocadero, había días en que Lezama agonizaba de asma en espera de unos paquetes de medicinas enviados desde España o EEUU y cuyos cuños de entrada acusaban una deliberada retención en la Isla. A veces, para dar fe del ubicuo poder de la dictadura, la entrega no ocurría por mano del cartero (¡ah, todavía solía pasar el cartero!) sino del "compañero" de la Seguridad. Por citar una anécdota.

Además de lo debido a su obra, Virgilio quedaría en los anales literarios y políticos de Cuba por su lacónica intervención durante la reunión de Fidel con los intelectuales en la Biblioteca Nacional, en 1961. "Yo tengo miedo", dijo, con desamparada ingenuidad. Breve y elemental, la frase debía servir de exergo a cualquier historia cubana luego de 1959.

Amigos comunes que eran invitados a jugar cartas en su casa de Guanabo, comentan que en ocasiones su corrosivo humor se desataba contra las mediocridades castristas en las artes y las letras. De inmediato, según cuentan, lo fulminaba la paranoia, el desencanto, la nostalgia por su época en Buenos Aires, cuando se codeaba con Bioy Casares, Gombrowicz, Mujica Láinez…

Ambos murieron sin que los dejaran salir del país. La atención que sus respectivas muertes recabó de la prensa y el oficialismo explica la mezquindad de la dictadura. No fue un quinquenio gris. Es más de medio siglo de totalitarismo rojo o, en su larga perspectiva, verde olivo. Podemos suponer lo diferente que hubiera sido el cantar de haber bajado la cabeza, de haber "participado del proceso", como Cintio Vitier, Eliseo Diego, Antón Arrufat y otros. Pero estaban hecho de mejor pasta. Tan discreta como inclaudicable, la suya fue la resistencia del antihéroe.

Por supuesto, no se puede establecer un manual del perfecto resistente. Pero ambos casos implican una norma, al menos para los intelectuales. (Sin mencionar a los que sí fueron a dar a la cárcel por su abierta oposición o simplemente por esa inercia de la injusticia que caracteriza al castrismo.) En este punto, aquellos que no nos rebelamos, aquellos que fingimos o que por un tiempo creímos de buena fe, estamos invitados al humilde ejercicio de admitir el coraje y el dolor implícitos en la rebelión de los otros. Aunque sea por un prurito de salud mental.

Visto de este modo, el hecho de que ayer tuvimos miedo en Cuba no nos exonera de la participación forzada por las circunstancias o abrazada con credulidad. Tampoco nos compromete a exonerar la participación de los que se quedaron. Cada cual que sea responsable de su miedo. Eso, pienso yo, contribuye a despejar el camino de la razón.

DIARIO DE CUBA

Última actualización el Sábado, 09 de Noviembre de 2019 20:15
 

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