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Con Díaz-Canel ni cambios democráticos, ni estados transicionales PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Viernes, 06 de Abril de 2018 07:31

Por el Doctor Alberto Roteta Dorado.-

Cuba no solo necesita un cambio de presidente, sino un cambio de sistema social dejando a un lado para siempre todo vestigio de comunismo, y eso no lo hará Miguel Díaz-Canel.


Con Díaz-Canel ni cambios democráticos, ni estados transicionales.

Por el Doctor Alberto Roteta Dorado.

 

Santa Cruz de Tenerife. España.- Miguel Díaz-Canel Bermúdez, o quien pueda ser el sucesor – y esto no es en modo alguno imprecisión en la información, sino evitar en cierta medida, y hasta donde es posible, el exceso de especulación ante el marcado secretismo del régimen cubano respecto al verdadero sucesor de Raúl Castro dentro de unos días–, está entrenado para garantizar un estado de perpetuidad política, algo que resulta patente si analizamos su actitud al extremo conservadora que sigue los cánones de la tradición castrista.

De ahí – y como podrán inferir mis lectores– que no crea en estados de transición previos a la restauración democrática en la isla como ya han previsto algunos comentaristas, y lejos de esta posibilidad transicional, lo que considero una verdadera idea estrafalaria si consideramos el estado de recrudecimiento de la persecución actual por parte de los sicarios del régimen, así como esa tendencia hacia todo lo que tenga que ver con ciertos conceptos de reafirmación de ideas tradicionales y de demostraciones de cierta perdurabilidad forzada ante el reconocimiento – aunque no una aceptación– del crítico estado decadente de la dictadura comunista cubana, creo que las cosas permanecerán igual bajo el nuevo mandato.

Pero retomando a Díaz-Canel como única referencia de una sucesión que, cual traspaso de poderes dinásticos en breve tendrá lugar en la isla, detengámonos en el porqué de mi hipótesis acerca de la imposibilidad del establecimiento de una situación transicional que de modo inevitable pueda conducir a la democracia.

Sus limitaciones expresivas – que no necesariamente tienen que estar asociadas a las intelectuales– permiten percibir los estigmas tan sui generis del llamado hombre-nuevo tan promocionado por el Che Guevara, algo que fue conseguido mediante un adoctrinamiento que de manera sutil, pero mantenida y perfeccionada a través de varias décadas condujo a la producción de hombres en serie, esto es, el surgimiento secuencial de individuos cuasi iguales en su comportamiento. Lo que ahora – tal vez con un poco de imaginación a lo Steven Spielberg– pudiéramos llamar hombres clones, a cuya estirpe pertenece el futuro presidente de Cuba, al igual que la mayoría de los directivos de la comitiva comunista del régimen.

La utilización de una verborrea socialista importada de la “emblemática” Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, y un tanto adaptada al contexto cubano, ha sido el estandarte pseudointelectual predominante durante casi seis décadas de castrismo, algo así como un juego de sentencias, consignas y lemas que convirtieron el lenguaje de Cuba en algo fuera de todo contexto toda vez que solo es aplicado y comprendido en aquellos lejanos dominios caribeños.

Recordemos que los legendarios personajes de la revolución cubana – los llamados líderes históricos de la generación fundadora– no se destacaron en el ámbito intelectual, exceptuando algunas aisladas figuras como Carlos Rafael Rodríguez, quien independientemente de estar o no de acuerdo con sus posiciones políticas y su percepción social del fenómeno cubano, sin duda tenía una preparación académica que le permitió incursionar con profundidad en los más polémicos temas de su tiempo – muy distante de los años más decadentes del régimen, aunque si los más sanguinarios–, o de Osvaldo Dorticós Torrado, el manipulado presidente que tuvo que poner fin a su existencia, y en menor medida Armando Hart sobreviviente a los antes citados.

No obstante, la mayoría han sido demasiado “primitivistas” y los posibles títulos universitarios que muchos ostentan ya podéis imaginar de la forma en que fueron adquiridos. Téngase en cuenta que en Cuba la integralidad y la integración revolucionaria siempre estuvieron por encima de la capacidad intelectual y de las habilidades del educando en su desempeño (Dentro de la revolución, todo).

Díaz-Canel, graduado de ingeniería electrónica por la Universidad Central Martha Abreu, en la antigua provincia de Las Villas, y con incursiones transitorias en el profesorado universitario cubano –ya se sabe también como son algunos de los “profesores” de las “universidades” cubanas– no es pues la excepción del fenómeno de la pseudo-intelectualidad predominante en la Cuba de hombres nuevos con estrechos perfiles y comunión de rasgos.

En fin, el futuro presidente de Cuba al parecer carece de esas virtudes que muy bien estableció en el pasado el filósofo Platón cuando se refirió en La República a la necesidad de que aquellos que tomaran las riendas de un país fueran versados en filosofía, sin duda, por el aquello de que filosofar – con conocimiento de causa– puede conducirlos a dilucidar con claridad los problemas de las naciones bajo su mando y a la toma de decisiones justas y precisas.

Como contrapartida y como elemento defensivo para suplir sus limitaciones intelectuales, que han de ser las mismas de todos los hombres-nuevos que masivamente proliferaron en la Cuba castrista, utilizará mecanismos compensatorios entre los que el extremismo acérrimo, la rectitud sin límites y la más severa imposición jugará un papel determinante durante su posible mandato.

Aquellos que esperan cambios para Cuba por el hecho de que Díaz-Canel sea el primer dirigente cubano nacido después de la revolución que escaló peldaños que le permitieron alcanzar el puesto de primer vicepresidente, y muy posiblemente en breve el de presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, y por el hecho de apartarse generacionalmente de las espectrales sombras que aún perduran de los fundadores del socialismo cubano, tendrán que conformarse solo con un cambio de imagen, imagen que ya dejó de ser fresca toda vez que el futuro presidente envejeció prematuramente tal vez por la influencia de longevidad extrema de los que le han rodeado y acompañado en su calvario (fue su determinación y también su destino).

Pero como ya he dicho antes, Cuba no solo necesita un cambio de presidente, sino un cambio de sistema social dejando a un lado para siempre todo vestigio de comunismo, y eso no lo hará Miguel Díaz-Canel, no solo porque al parecer no tiene “lo que tenía que tener” como diría un poeta comunista cubano, sino porque como parte del proyecto de hombre-nuevo ha sido entrenado para resistirse al cambio y para intentar perpetuar un pasado acabado en el contexto de un agónico presente.

Su obsoleta retórica – por lo demás carente de estilo y de clase– se basa en la reiteración de frases que por más de cincuenta años han convertido en verdaderos mantras y que se basan en invocar los imaginarios logros de la revolución, los conceptos de “verdadera democracia”, la condición invencible de Fidel Castro, o cualquier otro precepto de las teorías del absurdo que reinan en el “genial” comunismo cubano.

De ahí que la esperada perestroika cubana con la llegada al poder del actual primer vicepresidente sea una utopía, por cuanto no hay Gorbachov en Cuba, al menos en la cúpula del Comité Central del partido único reconocido como oficial, ni creo que en la isla se pueda repetir la historia de Ecuador con Lenín Moreno, el actual presidente que una vez que tomó el poder hizo cambiar el curso de los designios de su patria y la apartó definitivamente de las garras del socialismo.

Así las cosas, lejos de producirse cambios, de posibilidades de apertura, de aproximaciones a la democracia en su sentido verdadero, o de renovaciones necesarias, una dura etapa se aproxima, en la cual, podrá haber de todo excepto ese necesario cambio radical que tanto necesita la nación cubana.

 

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