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Cuba


Fidel Castro, el Comandante Playboy PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Lunes, 08 de Julio de 2019 00:08

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Por CARLOS ALBERTO MONTANER.- 

Decía Bob Hope, en tono profesoral, que en la vida todo había que comenzarlo por el principio. Hacía una breve pausa y seguía, risueño: “menos Playboy que se comienza por el medio”. Y tenía razón: el centerfold de la revista solía traer una señora estupenda provocativamente desvestida. Era una publicación “para adultos”. Fidel Castro estaba entre sus lectores, pero lo más importante es que se dejó entrevistar varias veces por el magazine. Sabía, intuitivamente, que la manera más rápida de llegarle al ciudadano norteamericano era a bordo del papel couché de esa revista.

Abel Sierra Madero ha investigado el romance de Fidel Castro con Playboy  y el de todas las revistas para adultos con Fidel Castro, con la revolución y con los cubanos y, especialmente, con las cubanas. El título de su libro es el que tomo prestado para este artículo. Resulta realmente increíble lo que ha encontrado y coleccionado. El libro está lleno de reproducciones de las primeras páginas de los magazines. No en balde Sierra es historiador, graduado en Cuba, y ha estudiado un doctorado en literatura en una buena universidad de New York.

En el epílogo, Sierra Madero cuenta su historia y la de su familia. Eran de origen muy humilde. Su abuela era lavandera y su abuelo cortaba caña. Creyeron en la revolución y se beneficiaron de ella. Escalaron socialmente. Su madre estudió ruso en la URSS. Pero Abel nació en 1976. Era de un par de generaciones posteriores al fenómeno revolucionario. Sus abuelos vivieron y murieron deslumbrados por Castro. Para Abel, cuando llegó la edad de efectuar juicios políticos, especialmente tras el desmoronamiento de la Unión Soviética y el fin del comunismo europeo, el Comandante era el ComaAndante. Un tipo latoso, indiferente a la realidad, que hablaba incesantemente cosas sin sentido. No veía la historia a través de los mitos. Cuando pudo, escapó de Cuba.

El libro que Abel ha escrito es sorprendente. Nada supe de las fantasías sexuales de esas publicaciones con mis compatriotas, incluidas las fantasías sadomasoquistas, entreveradas con historias reales muy conocidas, como la de Marita Lorenz, la alemanita de 18 años a la que Fidel, supuestamente, violó, embarazó y luego obligó a abortar contra su voluntad.

¿Qué hay de cierto sobre la hipersexualidad de Fidel Castro? Creo que no es verdad. Me parece que tiene razón Juan Reinaldo Sánchez, el jefe de los escoltas del Comandante (La vida oculta de Fidel Castro), citado por Sierra, cuando lo presentó como un tipo normalillo, incluso tímido, aunque poseía decenas de casas espectaculares, regadas por toda la Isla, en las que recibía a sus esporádicas amantes, mientras mantenía a su santa esposa, Dalia Soto del Valle, lejos del radar de los cubanos, quienes conocieron de su existencia tras llevar 25 años de casados y tener cuatro hijos en común.

La atmósfera de sensualidad de la Isla acaso comenzó con la primera campaña publicitaria en la que se mezclaron el producto que se quería vender (los tabacos) y el sexo. En el siglo XIX se contaba que unas tabaqueras voluptuosas torcían los puros sobre sus muslos sudorosos en medio del clima ardiente de Cuba. Aunque no fuera cierto, los muy puritanos estadounidenses se quemaban de deseos y adquirían los tabacos para cerrar los ojos y soñar mientras fumaban, hasta que Bill Clinton mezcló la realidad con la fantasía y utilizó un puro como un extraordinario juguete sexual. (Nunca un habano fue más famoso).

Pese a esas revistas de dimes y diretes no creo que la sociedad cubana fuera especialmente sensual. Lo he escrito otras veces: Cuba, antes de la revolución, era una sociedad formada en la pacata tradición hispano-católica en la que copular –como dicen los vascos- “era más un milagro que un pecado”.

Había, por supuesto, prostíbulos, pero esa costumbre, también española, italiana y francesa, estaba relacionada con la santidad de las mujeres honorables. Como también había unos discretos gángsters que explotaban los ocho casinos de juego que existían en La Habana y compartían sus “beneficios” con el corrupto Fulgencio Batista.

Incluso, cuando las revistas estadounidenses de la entrepierna dibujaban a una Cuba lujuriosa, la policía política cubana había inventado un delito, la dolcevita, por el que castigaba a los “revolucionarios” que realizaban “fiestas de perchero” (para colgar las ropas cuando se desnudaban).

Más aún: en los primeros años de la revolución a estos idiotas les dio por cerrar las “posadas” o moteles furtivos en los que las parejas se daban cita. Un buen amigo, que había conquistado a una señora casada con un hombre feroz, se disponía a hacer el amor en una de esas posadas, cuando escuchó a un dirigente revolucionario que gritaba desde un megáfono en las afueras del motel: “compañeros, la revolución no puede tolerar estas inmoralidades. Salgan inmediatamente de las habitaciones y váyanse. No serán detenidos”.

Como mi amigo le temía al marido de la dama en cuestión, hizo una memorable canallada. Le dijo que no quería exponerse y que ambos saldrían solos. Ella lo miró con desprecio, se vistió y se marchó para siempre. Él espero unos minutos y se aventuró a salir. Lo esperaban numerosos vecinos con ánimo de divertirse. Le gritaron mil cosas, pero la palabra que más le hirió fue la que corearon incesantemente: “paje .., paje .., paje…

Mi amigo nunca más pudo contactar a la señora casada. Creo que se suscribió a Playboy.Ahí debió leer las entrevistas que le hicieron a Fidel Castro.


CUBANET

Última actualización el Sábado, 13 de Julio de 2019 20:51
 
Noticias de la frontera: unas sí y otras no (¿por qué las muertes de inmigrantes cubanos no "cuentan"?) PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Sábado, 06 de Julio de 2019 13:44

Resultado de imagen para La muerte de Oscar y Valeria

Por ANDRÉS REYNALDO.- 

La foto del salvadoreño Oscar Martínez y su hija Valeria, de apenas 23 meses, ahogados en el Río Bravo, se ha convertido en la ilustración obligada de la crisis migratoria en la frontera sur de EEUU.

Dolor, desesperación. Estemos o no a favor de acoger indiscriminadamente a los inmigrantes, la tragedia sobrepasa sus contradictorias interpretaciones. En particular, conmueve a todos los que hemos sido parias en busca de la caridad de otros países. Para algunos cubanos suscita igualmente la reflexión sobre nuestro interminable éxodo, su particular tratamiento en la prensa y las incongruencias de nuestra excepcionalidad migratoria.

Días antes de que Oscar y Valeria se echaran a andar hacia la frontera, vimos las imágenes de más de una decena de cubanos ahogados en abril por una crecida del río Darién. Sin ánimo de caer en la pedestre, mezquina comparación numérica, se impone la pregunta: ¿por qué esos muertos no cuentan en la buena conciencia del mundo? ¿Por qué, ni siquiera, cuentan como espectáculo?

A pesar de las fotos, los testimonios y el manifiesto celo de las autoridades locales por ocultar los hechos, allí no estuvieron las cámaras de Univisión, Telemundo ni CNN, con sus elegantes y compungidos presentadores. Allí no llegó el batallón de activistas con sus camisetas del Che, sus consignas humanistas y sus botellitas de Evian. Salvo para unos pocos medios relacionados con el tema cubano, allí no hubo noticia. Los ahogados del Darién murieron al margen del prime time.

La ideología divide el discurso migratorio en EEUU. Anticastristas, antisandinistas y ahora los antichavistas no somos cause célèbre para la mayoría de los medios. Cuando ya es imposible soslayar el tema, reporteros y editores se sienten obligados a presentar los más exquisitos contrastes, el menor matiz de un pero; lassuavizadoras aristas, como se le dice a los ángulos noticiosos en la metatranca del periodismo castrista. A diferencia de chilenos, argentinos, centroamericanos y mexicanos, se nos juzga como fugitivos del paraíso.

En el caso cubano, la Ley de Ajuste nos concede un extraordinario privilegio. A la vez, nos define como una inmigración anticomunista. Se trata, en la práctica, de una automática garantía para el menos exigente de los procesos de asilo. Las puertas de este gran país se nos abrieron en virtud de una consideración política de excepcional importancia durante la Guerra Fría: la brutal conversión de una nación americana en un satélite soviético. A 90 millas.

Todavía podemos justificarnos por el propio carácter totalitario del castrismo, que aún hoy, en su irreparable decrepitud, en su punto de mayor debilidad, cierra los espacios sociales, jurídicos, culturales y económicos imposibles de cerrar por las más férreas dictaduras de derecha. Sin embargo, no tenemos defensa legal ni moral ante la banalización de ese privilegio. De la víctima también se espera coherencia. Ningún argumento ofrece amparo cuando nos presentamos como perseguidos políticos para solicitar libertad y nos vestimos de inmigrantes económicos para visitar la opresión. Así, hacemos del privilegio una estafa.

La muerte de Oscar y Valeria ha sido escandalosamente manipulada por la prensa para criticar las políticas inmigratorias del presidente Donald Trump. Contra Trump, ya sabemos, todo vale. Hasta la paz de los muertos. Fue Hillary Clinton quien dijo durante su campaña presidencial que traer a un niño en brazos no debía tomarse como un derecho de asilo. ¿Recordamos que la Administración del presidente Barack Obama sigue invicta en su récord de deportaciones?

Como era de esperar, la reacción del presidente de El Salvador, Nayib Bukele, no recibió ni mucha ni buena prensa. Bukele, que asumió la tragedia como un asunto de Estado, tuvo la decencia de reconocer la incapacidad de su país para ofrecer bienestar y oportunidades a los suyos. "Me siento culpable", dijo. Una rara admisión desde el poder en tierras asoladas por la corrupción, la violencia y la ignorancia autóctonas.

Tiempos difíciles estos en que la primera plana del periódico y el horario estelar de las noticias eluden el reconocimiento de lo obvio.

DIARIO DE CUBA

Última actualización el Martes, 09 de Julio de 2019 04:56
 
500 AÑOS DE LA HABANA 'La Habana como un guion apocalíptico' PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Viernes, 05 de Julio de 2019 09:46

Por JORGE PERÉ SERSA.- 

Situemos que La Habana es una serie de HBO. Una que comienza a mediados del pasado siglo, recrea el esplendor de una ciudad, y luego adopta un giro inesperado. A partir de ahí, La Habana, entrará en un raro eclipse, en una suerte de reformatorio que la conducirá a otra vida.

Asistimos, entonces, a una ciudad que se evapora. El atractivo visual de inicio se va deformando. La gente se convierte en espectros. En eternos caminantes que se reúnen a repetir consignas. Parece un remake de Resident Evil o de The Walking Dead. Pero es todo lo contrario: esas historias son una parodia de lo que en realidad ocurrió en La Habana.

La Habana como un guion apocalíptico.

Hay una ciudad fantasma. Una ciudad dentro de otra ciudad. La historia de un antes y un después. El presente aplastando el pasado. Surgiendo a la ruina del antes. Dos ciudades en un mismo cuerpo decrépito: una es el trauma físico y la otra es la pobreza espiritual. Hay dos ciudades que se contradicen. La Habana es esa contradicción. Es esa negación perpetua. El imaginario de dos ciudades irreconciliables, en plena disputa.

El viajero se expone a una idea, a una portada de la ciudad. Ya sea folclórica o exclusiva ejerce sobre el mismo un poder muy fuerte. Lo imanta. No importa donde se hospede el viajero: la ciudad, al cabo, es la misma. La contradicción permanece bajo distintos matices. De un balcón moderno a un caserío improvisado. De una casona colonial a un volumen macizo que recuerda a otra ciudad. De una reliquia del 52 a un SUV de Mercedes Benz. La Habana se trata de esa experiencia discontinua.

Siento nostalgia de esa ciudad que no viví jamás. Rabia de todo lo que me fue negado. Lástima de una ciudad que envejeció tan pronto. Con todo a medio hacer. En medio de la ruina, supongo que no tuvo otra opción. La ciudad moderna que fue, se distiende ahora de una manera ecléctica. Sin atisbos de un presente afortunado.

La ciudad de cinco siglos que se torna más vieja y vencida que Roma. Una ciudad derrotada por la conspiración, que no por el tiempo. Ciudad apocalíptica que sobrevive como un experimento histórico.

Poner a un lado los vicios de escriba, y adentrarme en el intercambio de pesares que se da entre La Habana y los habaneros.

Narrar esta ciudad desde hoy. Plasmar su biografía apócrifa. Tomármela en serio.

DIARIO DE CUBA

Última actualización el Domingo, 14 de Julio de 2019 22:09
 
La nueva Ley Electoral, anestesia política PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Miércoles, 26 de Junio de 2019 03:58

Por ROBERTO ÁLVAREZ QUIÑONES.- 

En la Roma antigua las personas estaban subdivididas en tresgrandes grupos o clases sociales: los patricios, ricos propietarios de tierra con todos los privilegios y derechos civiles de la época;  los plebeyos, sin privilegios pero libres; y los esclavos o "instrumentos parlantes", como los llamaba Marco Terencio Varrón. En torno al emperador y a los senadores patricios giraba, en forma discriminatoria,  el poder en la sociedad romana. Era evidente la inmadurez de la civilización.

Dos mil años después, en la Cuba castrista hay un primitivismo social muy similar. Hay también tres capas sociales: el patriciado que conforman los militantes del Partido Comunista (PCC), que son los ciudadanos de primera clase; los plebeyos o ciudadanos de segunda clase, sin privilegios ni derecho a elegir al número uno del país y al Buró Político; y los "gusanos" (el epíteto que empleaba Hitler contra los judíos) y opositores políticos, invalidados para ocupar cargos públicos, y por tanto, ciudadanos de tercera clase.

Por eso la nueva Ley Electoral, cuyo proyecto fue publicado el 20 de junio, es una farsa. No servirá para elegir a la máxima instancia del poder político y estatal, que según la Constitución ostentan la cúpula dirigente del PCC y su jefe, que siempre se reeligen descaradamente a sí mismos, y punto.

El 92,2% de los cubanos adultos no cuenta

Porque técnicamente el derecho a "elegir" a esa elite todopoderosa que controla al Estado y el Gobierno no lo tiene la ciudadanía, sino solo el patriciado criollo, los militantes del PCC que pueden acudir a los congresos partidistas. No importa que la membresía total del PCC sea minúscula.

Actualmente hay en Cuba 8,9 millones de adultos (mayores de 16 años, según la ley) de acuerdo con datos oficiales, y el PCC tiene 700.000 militantes que representan solo el 7,8% de esa población con derecho al voto. Y es esa minoría la que elige a los delegados a los congresos del PCC, en los que se conforma el Buró Político  y se "elige" al primer secretario. Los otros 8,2 millones de cubanos adultos no comunistas, 92,2% del total, no cuentan.

La nueva Ley Electoral se supone que debiera ser el instrumento legal constitucional para que se cumpla en Cuba el derecho al sufragio universal que tiene todo pueblo de elegir a sus gobernantes, como postulaba ya en 1762, en el El Contrato Social,  Jean-Jacques Rousseau, uno de los artífices teóricos de la democracia moderna y precursor de la Revolución Francesa.

Exclusión de la plebe

Nada de eso. Este proyecto de ley, que será aprobado  sin chistar por los dúctiles diputados castristas (nunca ha habido un voto en contra de algo decidido "arriba"),  solo consolidará el monopolio del PCC en la vida nacional, y validará la existencia de ciudadanos de segunda y tercera clase al excluirlos por motivos políticos para  ser electos a cargos públicos, y rechazar la  voluntad popular de que el presidente de la República sea elegido directamente en la urnas entre varios candidatos.

No hay en Cuba un solo jefe estatal, gubernamental, político, militar, cultural, o de departamento o sección, o responsable de algo importante, que no sea un patricio militante del PCC.

Lo peor es que esta ley sepulta las esperanzas de cualquier intento reformista. Descarta la posibilidad de cambios que pudiesen conducir a una transición no estalinista, ni militarista, cuando el factor biológico saque del poder a Raúl Castro y los restantes "históricos". Lo único novedoso es puramente formal: el número de diputados se reducirá de 605 a 474 para que quepan en el Capitolio, que hollarán a partir de ahora.

Y vale recordar que desde 1948, cuando fue elegido en las urnas Carlos Prío Socarrás como presidente de la República, los cubanos jamás han podido elegir democráticamente a ningún otro jefe de Estado. Hace ya 71 años, un bochornoso récord que lastra la historia del país.

No es más de lo mismo, es un retroceso

Ni siquiera esta nueva ley es más de lo mismo, como afirman algunos, sino un retroceso, por el hecho de que verá la luz casi terminándose la segunda década del siglo XXI, y no en 1982,  o en 1992, cuando se promulgaron las dos leyes electorales castristas  anteriores, en tiempos del "socialismo real",  o inmediatamente posteriores a su desaparición.

Bastante ha cambiado el mundo occidental —donde emergió la democracia moderna y está enclavada geográfica y culturalmente Cuba—. Hoy, de 49 países en Europa y 35 en América solo hay dos dictaduras formalmente hablando, la castrista y la chavista, que conforman el viejo proyecto castroguevarista de Cubazuela.

Antes de ser confeccionada, muchas voces hicieron propuestas a la Ley Electoral, dirigidas a "desestalinizar" al Estado cubano. Propusieron adecentar y desideologizar el sistema político, abrir vías democráticas para los reclamos de la ciudadanía y permitir la competencia entre candidatos, con acceso a los medios para explicar sus programas.

Dentro de las propias filas del PCC llovieron las propuestas de que el presidente de la República sea elegido directamente en las urnas y poner así fin al sistema de elección indirecta actual, en el que al jefe del Estado lo designa a dedo el primer Secretario del PCC (el dictador).

No solo no fue aceptada ninguna de esas propuestas, sino que muchos de los proponentes fueron despedidos de sus centros de trabajo, hostigados en mítines de repudio, metidos en la cárcel o golpeados físicamente.

La soberanía de un país, como insistía Rousseau, radica en el pueblo, que elige y legitima mediante su voto a los gobernantes que estarán a su servicio. Es lo que el pensador franco-suizo llamaba "soberanía popular" o "autoridad soberana".  Pero en Cuba, país en el que la propaganda castrista asegura que el poder lo ostentan "las masas populares", no existe esa soberanía popular. El máximo poder político y gubernamental no emana de la voluntad del pueblo.

¿De qué vale  el voto  de los ciudadanos llanos si ellos no pueden elegir al Buró Político ni al primer secretario, los mandamases de la nación?

Los diputados no eligen a nadie

La propaganda castrista insiste en que en Cuba  hay una democracia popular  superior a la "burguesa" porque, sin la existencia de partidos políticos, los ciudadanos eligen libremente en sus barrios a sus representantes locales en el Poder Popular y los diputados a la Asamblea Nacional, que luego eligen al Consejo de Estado y al presidente del país.

Doblemente falso. En primer lugar, los candidatos a delegados en cada circunscripción de los 168 municipios de la Isla son todos "patricios" militantes comunistas seleccionados por el PCC en sus localidades. Los votantes no tienen cómo elegir a alguien que no sea comunista, y mucho menos a opositores políticos. Encima, todos los aspirantes a diputados nacionales van como candidatos únicos. O sea, cada candidato es instalado por el PCC en la Asamblea Nacional antes de que se celebren las elecciones.

En segundo  lugar, ya "electos", los diputados tampoco eligen al presidente de la República, ni al Consejo de Estado, ni al presidente del Parlamento. De eso se encargan el dictador y el grupo de militares que lo aúpan en el poder. La misión de cada diputado es aprobar y aplaudir con entusiasmo lo que decidan el monarca y su camarilla.

¿Para qué sirve entonces esta nueva Ley Electoral?

Es una ficción jurídica, pura anestesia política. Al final, toda esta maniobra decorativa resulta ser un chiste de mal gusto.

DIARIO DE CUBA

Última actualización el Martes, 02 de Julio de 2019 04:14
 
Michelle Bachelet y la experiencia sentimental PDF Imprimir E-mail
Escrito por Indicado en la materia   
Martes, 25 de Junio de 2019 03:54

Michelle Bachelet en la rueda de prensa para comentar su informe sobre Venezuela. (UNHumanRights)

Por ALBERTO BARRERA TYSZKA.-

Un vecino me escribe indignado. Mientras leo su correo puedo percibir, debajo de las esdrújulas y detrás de los acentos, sus jadeos entrecortados, el ruido de la rabia instalado en su respiración. Él esperaba que Michelle Bachelet le metiera –por lo menos- un dedo en el ojo a alguien, a cualquiera, aunque fuera a un ex ministro, a adulador de turno, a un oficial de la guardia presidencial. Y no lo decía metafóricamente. Esperaba algo contundente.

Había imaginado una escena donde la alta comisionada para los Derechos Humanos de la ONU se paraba ante las cámaras y, sin sonreír, le decía a todos los venezolanos que Tarek Williams Saab es un farsante, un sicario al servicio de los poderosos y –además- un pésimo poeta. En el fondo de sus sueños, existía la imagen vaporosa donde esta señora chilena agarraba por las greñas a Cilia Flores y la llevaba a rastras desde el patio hasta la puerta del Palacio de Miraflores: ¡pa´fuera! No podía tolerar la foto de la chilena, con media sonrisa de circunstancia atrapada sobre los labios, junto a Maduro o junto al General Padrino López "¿Acaso no sabe que son unos torturadores, que son unos asesinos?", se preguntaba con genuina exasperación.

Uno de los elementos esenciales de la antipolítica es el dominio del afecto sobre las formas. Así se construye el clima ideal para el desarrollo del populismo

Uno de los elementos esenciales de la antipolítica es el dominio del afecto sobre las formas. Así se construye el clima ideal para el desarrollo del populismo. La experiencia sentimental se impone sobre cualquier protocolo, sobre cualquier ceremonia, saboteando incluso la idea de que el acuerdo y las negociaciones son un vínculo fundamental para la vida en común. Hugo Chávez destruyó la institucionalidad del país basándose en sentimientos. Lo único importante era lo que los ciudadanos sintieran por él. Todo lo demás quedó fuera del debate. La emoción sustituyó al discernimiento.

Este proceso ha ido variando, complejizándose y agudizándose con los años. Y en él estamos todos envueltos y revueltos. Las distintas diatribas que, con respecto a la visita de Michelle Bachelet, se han dado esta semana entre diferentes ciudadanos de oposición a veces parecen un enjambre de estridencia sentimental. La antipolítica puede llegar a ser un melodrama absurdo, sin contención.

En el fondo, no importa qué siente Michelle Bachelet. No importa si se conmovió o no, si lloró o si solo se le aguaron los ojos, si sus corazón es sincero y se inclina hacia el sufrimiento de las grandes mayorías del país. Tampoco importa lo que sintamos cada uno de nosotros. No importan las sospechas entrañables ni las devociones íntimas. Necesitamos desafectivizar la política, llevarla de regreso al territorio del razonamiento.

Hay otra forma de ver los hechos

Esta semana vino al país una funcionaria de alto nivel, a cargo del tema de Derechos Humanos en la más importante organización internacional del planeta. Pudo reunirse con las víctimas de agresiones, escuchó distintos testimonios. Habló con el liderazgo opositor, con la iglesia, con representantes de ONGs que trabajan en la defensa de derechos humanos en todo el país. Pero además consiguió acuerdos importantes que comprometen al gobierno con respecto a la situación carcelaria y a los presos políticos.

Puso en evidencia el tema de la tortura, exigió datos claros sobre la situación sanitaria... Logró, además, que el gobierno de Nicolás Maduro acepte que dos representantes de la oficina de Derechos Humanos de la ONU permanezcan en el país y monitoreen de forma permanente todo lo que ocurre.

No tumbó al Gobierno, ciertamente. Tampoco vino a hacerlo. Tenía una labor que cumplir, según los requerimientos y exigencias de su misión y de su cargo. Eso es acción política

No importa que esta alta funcionaria sea chilena, no importa que se llame Michelle Bachelet. No importa su historia personal, su vida privada, su experiencia sentimental. Una Alta Comisionada de la ONU estuvo aquí y formalmente dejó constancia de que hay profundas violaciones a los derechos humanos y un alarmante deterioro humanitario en el país.

No tumbó al Gobierno, ciertamente. Tampoco vino a hacerlo. Tenía una labor que cumplir, según los requerimientos y exigencias de su misión y de su cargo. Eso es acción política. Y quizás nunca sabremos lo que realmente sintió, lo que en verdad siente en su interior. Vino a trabajar no a emocionarse.

14 Y MEDIO

Última actualización el Miércoles, 03 de Julio de 2019 04:25
 
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